
Hablo con muchas mujeres. Mujeres solteras y casadas. Mujeres que trabajan a tiempo completo y mujeres que lo hacen a tiempo parcial. Mujeres que trabajan todo el tiempo en sus casas. Mujeres embarazadas y mujeres que desearían estarlo. Mujeres que están criando a sus hijos y mujeres cuyos hijos ya se han ido de casa. Mujeres que cuidan de padres mayores y mujeres que están de luto por la pérdida de sus padres. Mujeres que gozan de estabilidad económica y mujeres que no.
A pesar de sus diversas circunstancias, casi todas tienen algo en común: están agotadas. Agotadas física, emocional o espiritualmente.
Somos una generación de mujeres agotadas, a pesar de contar con más trucos y comodidades que nunca. Quizás estamos agotadas porque tenemos tantos recursos. La abundancia de oportunidades genera mayores expectativas hacia nosotras mismas y hacia los demás. La idea de que podemos hacerlo todo, serlo todo y tenerlo todo parece lo suficientemente creíble como para que nos agotemos tratando de estar a la altura de un estándar imposible.
Necesitamos reconsiderar nuestro enfoque ante las exigencias de la vida a la luz de la Palabra de Dios. Quizás, en tu cansancio, has buscado consuelo en los Salmos o sabiduría en Proverbios. Pero ¿has considerado la enseñanza de Pablo sobre la armadura de Dios en Efesios 6:10-18? En estos versículos, él nos ayuda a comprender la verdadera naturaleza de nuestras luchas y la verdadera fuente de nuestra fuerza. A continuación, presento tres verdades que pueden ayudarnos a encontrar descanso.
Estamos involucradas en una batalla espiritual
Probablemente no te sorprenda la idea de que estamos en una batalla. «¿Cuál?», piensas. ¿La batalla con el niño de dos años por usar el inodoro o la batalla con el adolescente por el tiempo frente a la pantalla? ¿La batalla con la compañía de seguros que no quiere cubrir la terapia que necesitas o la batalla con tu padre anciano que no quiere dejar de conducir? ¿La batalla contra la soledad y la ansiedad o la batalla contra las hormonas y el envejecimiento?
Todas estas son dificultades reales a las que nos enfrentamos a diario y que no debemos minimizar ni pasar por alto. Pero Pablo explica en Efesios 6:11-12 que la verdadera batalla que libramos es espiritual. Nuestras dificultades cotidianas son manifestaciones de nuestra lucha más profunda contra el mundo, la carne y el diablo (2:2-3).
Nuestro mundo está caído, quebrantado y contaminado por el pecado, por lo que algunas de nuestras luchas son consecuencia de vivir en un mundo que no funciona como debería y en una cultura que ha rechazado a Dios. También somos personas caídas, por lo que algunas de nuestras luchas son consecuencia del pecado que habita en nosotras. Y tenemos un enemigo caído, el diablo, que de manera invisible pero activa obra contra el pueblo de Dios, por lo que algunas de nuestras luchas son consecuencia de sus artimañas. Debemos entender la verdadera naturaleza de nuestra batalla porque determina la forma en que luchamos y por qué luchamos.
Necesitamos fuerza más que soluciones
Cuando el agotamiento nos alcanza, a menudo damos por sentado que simplemente no hemos encontrado el horario adecuado para nuestras familias, la dieta y la rutina de ejercicio apropiadas para nuestros cuerpos o el trabajo ideal que nos haga sentir que es un llamado en lugar de un trabajo.
Nuestras luchas diarias son manifestaciones de nuestra lucha más profunda contra el mundo, la carne y el diablo
Puede que haya cambios prácticos que podamos hacer para aligerar nuestra carga, pero no resolverán nuestra lucha espiritual. Nos estamos agotando al tratar de arreglar lo que está fuera de nosotros, cuando la paz y el descanso que anhelamos provienen de la fuerza y la presencia de Dios en nuestro interior.
Cuando se trata de la batalla espiritual, Pablo no nos dice que busquemos soluciones creativas; nos dice: «Fortalézcanse en el Señor y en el poder de Su fuerza» (Ef 6:10). Hasta que Jesús regrese, el pecado y todos sus efectos persistirán en este mundo. No podemos arreglar todos nuestros problemas, pero tampoco tenemos por qué dejarnos abrumar por ellos. Podemos atravesarlos con fe y esperanza en Cristo.
Podemos tener gozo en medio de los problemas. Podemos tener paz en medio del caos. Podemos obedecer en medio de la tentación. Puede que nuestras circunstancias no cambien, pero por el poder y la fuerza de Dios que actúan en nosotros, podemos mantenernos firmes. Buscar la fuerza espiritual en lugar de poner nuestra esperanza en soluciones materiales dirige nuestro enfoque hacia Cristo, permitiéndonos descansar en Él.
Tenemos la armadura de Dios
La idea de que la fuerza de Dios obra en nosotros desde el interior es alentadora, pero también puede parecer abstracta. Creemos que Dios es poderoso y da fuerza a Su pueblo, pero no tenemos muy claro cómo se aplica eso en la vida cotidiana. Ahí es donde entra en juego la armadura de Dios. A pesar de lo que pueda sugerir nuestra experiencia en la iglesia, la armadura de Dios no es solo para la escuelita bíblica de vacaciones ni para los retiros de hombres. También es para las mujeres.
La armadura de Dios no es solo para la escuelita bíblica de vacaciones ni para los retiros de hombres. También es para las mujeres
La metáfora de la armadura de batalla (vv. 13-17) nos ayuda a entender cómo las bendiciones espirituales que tenemos en Cristo nos brindan ayuda práctica y protección en nuestras luchas diarias. La salvación no es solo una promesa del cielo para la eternidad; es un yelmo que puede proteger nuestras mentes ahora. La justicia no se refiere solo a nuestra posición legal ante Dios; es una coraza que protege nuestros corazones. La Palabra de Dios no es solo una historia del plan redentor de Dios; es una espada que podemos usar para combatir las tentaciones de Satanás.
Tenemos bendiciones y beneficios increíbles en Cristo, y Pablo utiliza la metáfora de la armadura para mostrarnos cómo ponerlos en práctica en nuestras luchas espirituales. Encontraremos ayuda al considerar cada parte y cómo Pablo nos dice que la usemos.
La armadura de Dios no es un truco espiritual que resolverá nuestros problemas. Incluso si «[tomamos] toda la armadura de Dios» (v. 13), tal como nos exhorta Pablo, seguiremos enfrentándonos a muchas de las mismas luchas. Pero Pablo explica en Romanos 5:3-4: «La tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza». Por la gracia de Dios, nuestras luchas no tienen por qué abrumarnos con agotamiento, sino que pueden edificarse con esperanza.



