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Compasión sin restricción

La historia del leproso que vino delante de Jesús pidiendo misericordia, la encontramos en los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Cada evangelista aporta detalles interesantes de este milagro.

Hoy quiero tomar esta historia como base bíblica para significar algunos detalles, sobre los cuales establecer principios de crecimiento espiritual.MATEO 8-1-

 Los que quieren conquistar a otra persona, corren el riesgo de ser rechazados, pero si no se arriesgan no la conquistan. Los deportistas corren el riesgo de lesionarse, pero si no se arriesgan ni ganan medallas ni ganan olimpiadas. Los empresarios o negociantes corren el riesgo de que la empresa o el negocio fracase, pero los que no se arriesgan no triunfan.MATEO 8-1-

El leproso se arriesgó al venir a Jesús, a pesar de que las leyes sanitarias entre los judíos, los excluían de todo contacto con las personas. Según la ley de Moisés, tenía que vivir aislado, separado de su familia y de la sociedad, porque eran declarados inmundo de acuerdo con la gravedad de la enfermedad. (Levítico 13:46).

Jamás se le hubiera ocurrido a este leproso acercarse a un escriba o a un rabino ortodoxo. Lo hubieran alejado a pedradas. Además, nunca se había oído decir que hubieran sanado a algún enfermo. Pero Jesús era diferente.

Al acercarse a Jesús, corría el riesgo de que lo rechazaran, tanto Jesús como la multitud que le seguía. Pero, si no se arriesgaba, perdía la única oportunidad de ser sano y de reincorporarse a su familia y a la sociedad. Así que, venciendo el miedo y el temor a ser rechazado, se acercó a Jesús que era el único que podía resolver su problema.

La experiencia de este hombre me anima a enseñar, que nadie tiene por qué sentirse tan desahuciado, atribulado o angustiado, que no pueda venir a Jesucristo para que lo limpie y lo restaure.

La Biblia dice que el propio Jesucristo declaró: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28).

No he conocido a nadie que haya puesto a Jesucristo como el eje de su vida, que haya fracasado, o que haya arriesgado todo por Cristo, que haya quedado en vergüenza. Con Cristo somos más que vencedores (ganadores). (Romanos8:37). Los que se arriesgan con Cristo triunfan.

LOS QUE SE HUMILLAN NO SON RECHAZADOS.
Marcos dice: “rogándole; e hincada la rodilla”. (Marcos 1:40). Lucas dice: “se postró con el rostro en tierra y le rogó” (Lucas 5:12). Cualquiera de las tres descripciones encontrada en los evangelios, nos hablan de reverencia.MATEO 2-8-

En este caso, el leproso no sólo dio a Jesús un saludo reverente, sino que al postrarse hincado de rodillas, con su rostro en tierra, para suplicarle un milagro, demostró públicamente su respeto, aprecio y veneración a Jesucristo.

Tal vez nunca le dijo a nadie su opinión acerca de Cristo. Los evangelios no dicen lo que el leproso pensaba de Jesús. Pero sus acciones demuestran que reconocía el poder de Jesús para sanar cualquier enfermedad, incluyendo la lepra.

Es que cuando nos encontramos cara a cara con Jesucristo, nos encontramos ante el amor y el poder del Dios Todopoderoso, y lo menos que podemos hacer, es postrarnos ante su presencia y adorarle.[1]

Todos los días le pido al Señor que nos libre de ser parte de una generación de cristianos, que les cueste trabajo humillarse ante su presencia. Es una necesidad espiritual innegable. Debemos postrarnos ante el Señor para buscar su presencia y adorarle. Sea de rodillas, de pie, acostado o en cualquier otra posición corporal.

La humillación es un antídoto contra el orgullo humano; es un golpe mortal contra la tendencia humana de creerse que no necesita de Dios para nada. Por eso como cristianos, debemos buscar la humildad y reconocer que todo lo que tenemos y somos proviene de Dios. “Todo se lo debo a él. Mi vida, mi sustento. Mi fuerza, mi esperanza. Mi casa, mi familia. Todo se lo debo a él.” (Marcos Yaroide).

La Biblia dice que Dios le dijo al rey Salomón: “si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” (2 Crónicas 7:14).

Alguien dijo una gran verdad “la humillación es el camino de la exaltación”. (Salmos 138:6; Proverbios 11:2).

LOS QUE CONFÍAN RECIBEN RESPUESTA.
Señor, si quieres, puedes limpiarme” (Mateo 8:2)

Este leproso que ni su nombre tenemos, estaba convencido de que si Jesús quería, lo podía sanar de la lepra. Creía en el poder de Jesucristo, pero no tenía la seguridad de que Cristo quisiera usar ese poder a su favor. [2] Es por lo que le dice al Señor: “Si quieres, puedes limpiarme.”

Notemos que este hombre ni demandó ni exigió a Jesús su curación. Ni mucho menos le dio órdenes a Jesús para que hiciera un milagro de sanidad. Prefirió abandonarse a la misericordia y a la voluntad de Jesús, que es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:1–2). [3]

Pero tristemente hoy encontramos a un montón de gente equivocada, que piensan que Jesús está a su servicio, y que el Espíritu Santo está sujeto a sus órdenes, porque como se han auto titulado apóstoles, evangelistas o profetas, creen que tienen el derecho y la autoridad de darle órdenes al Señor. (Leer Isaías 40:14).

El leproso confiaba plenamente en que Jesús tenía todo el poder para sanarlo. [4] Su fe era genuina, legítima y auténtica. Y la expresó en estas dos palabras: “Si quieres”. Es decir, “Señor, yo creo que puedes sanarme. Lo que no sé, es si lo quieras hacer.” Esto es muy diferente a que alguien simplemente cree, que Dios hará algo. [5]

Recuerdan el padre del muchacho endemoniado que le dijo a Jesús: “si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos.” (Marcos 9:22b).

Pero Jesús le hace ver a este padre, que no se trataba de una cuestión de Su capacidad de sanar, sino de su capacidad de creer que ÉL podía hacerlo.

¿Cómo que “si puedes”? (le dijo Jesús al padre). Para quien cree, todo es posible. Al instante, el padre del muchacho exclamó: ¡Creo! ¡Ayúdame en mi incredulidad!” (Marcos 9:23-24 RVC).

La Biblia me enseña que “Sin fe uno no puede agradar a Dios. El que quiera acercarse a Dios debe creer que existe y que premia a los que sinceramente lo buscan.” (Hebreos 11:6 NTBAD). Hay dos elementos esenciales en la fe que agrada a Dios: hay que creer que Dios existe y que Él es un Dios personal que cumple con sus promesas. [6]

LA COMPASIÓN DE CRISTO AL ALCANCE DE TODOS.
Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio.” (Mateo 8:3)

La Ley de Moisés establecía que nadie se le podía acercar a un leproso menos de dos metros; pero Jesús, no sólo permitió que se le acercara, Él extendió su mano y tocó al leproso, mostrando su autoridad sobre la ley.

Los médicos de entonces habrían dicho que Jesús estaba corriendo un riesgo de sufrir una infección horrible; pero Jesús extendió la mano y le tocó, mostrando su poder sobre la enfermedad.

Jesús no necesitaba tocar al leproso para sanarlo. Él pudo haber dicho una palabra y la lepra habría desaparecido, como hizo con el siervo del centurión (Mateo 8:5-13). Pero Jesús al tocarlo, se identificó con la impureza del leproso para limpiarlo.

Y desde el punto de vista espiritual, la acción de Jesús de tocar al leproso ilustra perfectamente, la experiencia que tiene el pecador cuando es tocado por la gracia de Dios. Venimos a Cristo sucios y manchados con la vergüenza del pecado, pero somos limpios por su sangre. (Romanos 3:23).

Teníamos cosas en nuestras vidas que nos hacían sentir intocables e irremediables. Pero la Biblia asegura que Jesucristo en la cruz, se identificó con nuestra impureza, y asumió la vergüenza y la suciedad de nuestros pecados para limpiarnos.

Él dio su vida para liberarnos de toda clase de pecado, para limpiarnos y para hacernos su propio pueblo, totalmente comprometidos a hacer buenas acciones.” (Tito 2:14 NTV).

Los judíos suponían que si la lepra venía directamente de la mano de Dios, entonces sólo Dios era quien podía limpiar al leproso. Así que de acuerdo con esta opinión popular, Jesucristo probó que era Dios, al sanar a muchos leprosos. Incluso fue una evidencia para Juan el Bautista, de que Jesús era el Mesías. (Mateo 11:5). [7]

Notemos este contraste. La respuesta de Jesús a la petición del leproso fue: “Quiero, sé limpio” y quedó sano instantáneamente. Pero la respuesta de Jesús a la petición de Pablo fue: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” (2 Corintios 12:9). El Señor le aseguró a Pablo su gracia, es decir, su cuidado providencial, para el oportuno socorro.

La respuesta de Dios siempre refleja la sabiduría de Él, y no la nuestra. A nosotros nos toca hacerle saber en oración nuestras peticiones (Filipenses 4:6-7), pero no nos toca decirle cómo o en qué manera Él nos las conteste. Porque el Señor sabe lo que le dará más gloria y lo que nos hará más bien. El Señor que es capaz de sanar, también sabe cuándo y cómo hacerlo.

¿Por qué no permitió Jesús que el leproso sanado divulgara Su fama? (Mateo 8:4). Porque la publicidad podría desviar la atención de la gente, y hacer que en vez de venir a escuchar su mensaje, sólo vinieran buscando sanidad física y no del alma. Su propósito al venir a la tierra no era ni la fama ni la popularidad, ni tampoco la insurrección política (Juan 6:15), sino el discipulado y, esencialmente, el vino a ofrendar su vida en la cruz por los pecadores. [8]

CONCLUSIÓN
Jesucristo sigue al alcance de todos los que quieren acercarse a él. Él sigue disponible. Sigue siendo la puerta de escape.

Jesucristo sigue mostrando su compasión. Nadie tiene por qué sentirse incurable del cuerpo o imperdonable del alma mientras exista Jesucristo. La ley de su amor lo llena todo.

Jesucristo sigue al alcance de todos aquellos que le dicen “Señor, si quieres puedes limpiarme”. “Señor, si quieres puedes usarme”. Recordemos que son: “Los que se arriesgan triunfan. Los que se humillan reciben respuesta. Los que confían reciben lo que piden”

Fuente:
PASTOR DAVID N. ZAMORA

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