
La iglesia no es un edificio, es el cuerpo de Cristo.
Cuando convertimos los templos en motivo de contienda, hemos perdido el enfoque. Dios no habita en estructuras divididas, sino en corazones rendidos.
No fuimos llamados a competir, sino a amar.
No a imponer, sino a servir.
No a dividir, sino a reflejar a Cristo.
Hoy más que nunca, la iglesia necesita madurez espiritual. Menos orgullo, menos control, menos intereses personales… y más unidad, más humildad y más presencia de Dios.
Porque al final, no prevalece lo que el hombre defiende, sino lo que Dios respalda.
“Vosotros sois el cuerpo de Cristo…” 1 Corintios 12:27



