
Muchos crecimos escuchando que “todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia” (Isaías 64:6). Y es verdad: nadie es salvo por obras. Pero surge una pregunta importante: ¿cómo ve Dios nuestras obras ahora que estamos en Cristo?
La Biblia muestra que hay un cambio profundo. Ya no estamos en la carne, sino en el Espíritu. Ya no somos enemigos, sino hijos adoptivos. Y como hijos, nuestras obras cuando nacen del amor y la fe— no son rechazadas, sino agradables a Dios.
El apóstol Pablo describe la generosidad de los creyentes como “fragante aroma, sacrificio aceptable, agradable a Dios” (Filipenses 4:18). Y Hebreos 13:16 confirma que Dios se agrada de hacer el bien y compartir con otros. Es decir, Dios sí se deleita con las obras de sus hijos.
¿Cómo es posible, si aún somos imperfectos?
La respuesta está en nuestra unión con Cristo. Somos “aceptos en el Amado” (Efesios 1:6). Dios no sólo nos acepta a nosotros, sino también nuestras obras, porque están cubiertas por la justicia de Jesús. Cuando el Padre ve nuestras acciones sinceras, percibe en ellas el aroma de Su Hijo.
Dios no es un Padre que desprecia los esfuerzos sinceros de sus hijos. No busca perfección en nosotros —porque ya fue cumplida en Cristo—, sino un corazón rendido y genuino. Como buen Padre, se deleita en lo que hacemos por amor.
Por eso, no vivamos pensando que todo lo que hacemos es inútil ante Dios. Si estamos en Cristo, nuestras obras no son trapos de inmundicia, sino ofrendas fragantes que agradan Su corazón.
Fuente: Adaptado de un artículo de Justin Dillehay publicado en The Gospel Coalition (7 de abril de 2026).



