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Tesoros Inmarcesibles

Mi esposa y yo visitamos en el extranjero una casa maravillosa. Nunca antes habíamos visto una casa de familia así. No solo la edificación, majestuosa y con un diseño espectacular, sino los muebles, la decoración, los jardines y todas las facilidades proporcionan un lugar especial para vivir de una manera ideal.

Sus dueños, una familia evangélica a quienes conocemos y amamos profundamente, no por ostentación sino para mostrarnos cuánto Dios les había bendecido, nos enseñaron toda la residencia y explicaron cómo habían especificado sus preferencias durante su construcción. Ellos se ocuparon de cada detalle a fin de lograr la casa de sus sueños. ¡Y ciertamente lo lograron! Seguramente quienes pasan por el vecindario dónde está esa residencia reconocen que sus ocupantes son personas muy afortunadas, a quienes nada les falta y están realmente disfrutando de la vida. Nadie puede imaginar el inmenso dolor que les impide disfrutar a plenitud todo lo que tienen.

Después de una noche muy especial visitandolos, al despedirnos, alguien de la familia hizo alusión, debido a que mi esposa y yo regresamos en pocos días a Cuba, a que no sería fácil enfrentar las carencias y dificultades de nuestra vida en Cuba después de estar viajando por el extranjero varios meses.

El dueño de la casa, cuando escuchó ese comentario, comentó emocionado:

— ¡Qué va! Ellos allí tienen a sus hijos y su ministerio.

Al escuchar sus palabras vi que sus ojos estaban húmedos. Lo cierto es que nuestros queridos amigos habían perdido, unos meses atrás, a su hijo mayor, con solo veinticinco años, tras una rápida, dolorosa y terrible enfermedad.

Alguien podrá argumentar que ellos están en mejores condiciones que nadie para afrontar una pérdida así, lo cual es cierto… en parte. Pérdidas de ese tipo no son sustituibles, y ante golpes tan desgarradores las cosas materiales pierden todo su valor. Tras un dolor semejante, las personas tienden a decir: ¿De qué me vale tener todo esto? Nuestros amigos han encontrado la fuerza no en sus posesiones, sino en su fe. Ellos entregarían gustosos todo lo que tienen si con ello pudieran devolverle la vida a su hijo.

Entonces, ¿Qué vale más? Enfoquémonos en los verdaderos tesoros que tenemos a nuestro alrededor y todo en la vida tendrá más sentido. Descubrirás que eres más feliz de lo que piensas. Recapacita en los verdaderos tesoros que posees, aquellos que son inmateriales, pero que llenan tu vida de satisfacción.

Tendemos a sobrevalorar nuestras carencias cuando nos enfocamos en lo material. Enfoquémonos en nuestros tesoros espirituales y la paz de Dios llenará nuestro corazón en cualquier circunstancia.

¡Dios les bendiga!

Fuente:
Alberto González Muñoz

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