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La fe

La fe, en definitiva, es una forma de acordarnos del futuro que Dios ha establecido.

Uno a veces va leyendo la Biblia según el plan, o el momento. Pasas por los versículos y los observas con atención y meditas en ellos con tranquilidad. Pero algunos pasajes, de repente un día, te pegan una descarga sin saber bien por qué. Al pasar hace poco por Hebreos 11 me di cuenta de que me producía un alivio inesperado, y volví a releerlo una y otra vez los días siguientes, para entender bien por qué ocurría. He pasado por aquí decenas de veces, pero sus palabras, vivas, me hablan ahora directamente al momento de fe que estoy pasando. De repente Hebreos 11 me trajo a la mente el regusto de otro de mis grandes versículos: “En vez de zarzas, crecerán cipreses; mirtos, en lugar de ortigas. Esto le dará renombre al Señor; será una señal que durará para siempre” (55:13). Me fijé en un detalle: en cómo lo que todavía no es será una señal de la gloria de Dios, y en el juego de tiempos verbales que se trasluce aquí. En hebreo clásico no existe un tiempo verbal de futuro, sino que se utiliza un presente continuo. Por contexto, es fácil presumir que se trata de un futuro a la hora de traducir a nuestra lengua, que sí tiene flexión verbal, pero es importante saber que, en realidad, la afirmación de futuro se está haciendo en un presente que no ha dejado de ser, y que nosotros lo leemos en el pasado que hace milenios. Presente, pasado y futuro se mezclan para decirnos: “Acuérdate de lo que va a ser”. No “Acuérdate de las promesas”, porque las promesas están ancladas en el tiempo humano, pero este “Acuérdate de lo que va a ser” habla del tiempo de Dios, de su eternidad, que se nos contagia al permanecer en él, como decía Jesús en Juan 15 de manera un poco críptica. Nosotros no podemos acordarnos del futuro, pero Dios lo hace constantemente, y la fe, en definitiva, es una forma de acordarnos del futuro que Dios ha establecido, de empezar a caminar desde el presente en ese futuro que nosotros, por nuestras limitaciones temporales, aún no vemos, pero que existe sin lugar a duda.

Y Hebreos 11 es una explicación detallada de cómo funciona esta fe. Caso a caso va explicando cómo muchos que se relacionaron en tiempos antiguos con Dios se enfrentaron a la misma duda de fe: cómo trasladar al presente una realidad espiritual que aún no se ve. E, incluso, dice el autor de Hebreos, muchos de ellos no solo no llegaron a ver esas promesas en vida, sino que sufrieron por seguir el camino que dirigía a lo prometido. Dice: “Por la fe Abraham… obedeció y salió sin saber a dónde iba” (Heb 11:8), ¡y no pasó nada!, es decir, no fue terrible, no se equivocó, no lo hizo mal, no fue un irresponsable, ni un idealista, ni se montó el cuento de la lechera en su cabeza… o cualquier otra cosa de la que se nos pueda acusar hoy por tener esa fe y ponerla en práctica; y esa fe le fue contada como justicia, como explica Pablo en Romanos 4:3. Ser justo delante de Dios incluye tener esa clase de fe a la que no le importa no ver con claridad lo que viene ni tener controlado en términos humanos el presente y el futuro. Ser justo delante de Dios implica que, aunque no tengamos aún muestras tangibles de la resurrección y de la vida eterna en nuestra mano, no debemos dejar de creer que es cierto. Quizá a algunos les suene un poco obvio, pero pensad que por aquí andamos varias generaciones crecidas en el materialismo y el consumismo más devotos. Nos cuesta creer en lo que no podemos tocar.

Y qué gran alivio es que Hebreos 11 nos quite la razón, que el Espíritu Santo que vive y crece dentro de nosotros no deje de impulsarnos en ese camino de la fe, de ver en lo espiritual lo que aún no se ve en lo físico, de caminar, vivir, actuar y pensar como si lo que todavía no es ya fuera. De dar por hecho que Cristo volverá, que nos encontraremos con él en la resurrección, que ha vencido a la muerte de una vez para todas. Aunque no lo podamos ver ni tocar. Sigue siendo verdad. Y hacemos bien en creerlo.

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