
Estamos viviendo tiempos proféticos. Las señales anunciadas en la Palabra de Dios se cumplen delante de nuestros ojos, y el llamado del Señor sigue siendo el mismo: volver a la senda antigua, al primer amor, a la santidad, a la obediencia y a una comunión genuina con Él.
No es tiempo de distraernos con lo pasajero. Es tiempo de velar, de mantener nuestras lámparas encendidas y de cuidar el aceite de nuestra vida espiritual.
Como las vírgenes prudentes de Mateo 25, debemos entender que hay algo que nadie puede prestarnos ni negociar por nosotros: una relación viva con Cristo.
Mi aceite no lo negocio con nadie.
Mi comunión con Dios, mi santidad, mi intimidad en oración y mi fidelidad a Su Palabra no tienen precio.
Que cada día podamos decir con firmeza: Señor, conserva mi lámpara encendida hasta el día de tu venida.
«Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.» (Mateo 25:13).
¡Cristo viene! Preparémonos y ayudemos a otros a prepararse también



