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El nacimiento de una nueva Iglesia

El rey Salomón escribió Cantar de los Cantares a una de sus doncellas como un anuncio profético del amor de Cristo hacia su esposa, la Iglesia. Se presume que Salomón era muy enamorado. Esta bella canción amorosa alude a la novia adornada por la gracia del Creador, la Iglesia, enaltecida y ataviada por el amor inconmensurable de su esposo, Cristo. En el Cap. 2:10-14 dice: 0 Mi amado habló, y me dijo: Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. 11 Porque he aquí ha pasado el invierno, Se ha mudado, la lluvia se fue; 12 Se han mostrado las flores en la tierra, El tiempo de la canción ha venido, Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola. 13 La higuera ha echado sus higos, Y las vides en cierne dieron olor; Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. 14 Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; Porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto.

Durante este tiempo se celebra la Navidad o Natividad, el nacimiento del Señor. Se habla del “espíritu de la navidad”, que, tal como es entendido y celebrado, induce a las personas a entregarse a los placeres, pasiones y deseos de este mundo, a través del desenfreno y el desorden de vida. Es un espíritu falso, inmundo, porque, en nombre de una falsa alegría, se convierte en una combinación de compras compulsivas, comida en exceso, bebida descontrolada, bonche, y algarabía propias de este mundo terrenal en que vivimos. La pregunta es, ¿qué celebramos, cual es el verdadero motivo?

Mensaje profético para este tiempo
El mensaje profético durante este tiempo que celebramos está relacionado con el nacimiento de una nueva iglesia que Dios quiere formar en esta generación. Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. Esa amada es la Iglesia de Cristo. Dios nos llama hoy a levantarnos con una visión diferente, bajo el estándar de los primeros cristianos: el amor. Donde quiera que ellos se movían su estandarte era amor. La unidad en un solo cuerpo era su distintivo. Estando junto a Jesús, la gente decía: Míralos como se aman, en referencia a sus discípulos. La nueva Iglesia que Dios quiere que nazca es aquella en que, por igual, los hombres puedan decir: Míralos como se aman, sin divisiones, sin celos, ni envidias, revanchas, pleitos ni contiendas. No una Iglesia donde cada quien crea que tiene en sus manos un pequeño reino, o se crea la única poseedora de la presencia de Dios, la única con revelación posible, llena de orgullo y vanagloria. Nada nuevo hay bajo el sol. Dios busca una iglesia que reconozca que todo conocimiento, sabiduría y revelación viene de Dios, y es a Él a quien debemos dar gloria por siempre.

Levántate, oh iglesia, hermosa mía, y ven. Levántate con una visión que no sea de números, de tamaño de miembros, de almacenes de almas muertas. Levántate con una visión diferente. El llamado es a vestirse de hermosura, por una vivencia autentica del cristianismo. Con vivencia y no con palabras, con testimonio y no con prédicas sonoras. Hoy hay muchos púlpitos llenos de palabra y no de testimonio de vida. El internet está lleno de mensajes preciosos que no se viven. Se sube a los púlpitos como si fueran presentaciones artísticas, donde domina la apariencia, el maquillaje, el vestido, la iluminación y la escenografía. Se exalta la figura, la persona del ministro, rindiendo culto a la personalidad, y no predicamos a Cristo, y a éste crucificado. Se sustituye a Jesús por la “honra” a la persona, y ni siquiera se quiere hablar de él, se oculta, no se quiere mencionar su nombre, porque es tema “religioso”. No se quiere hablar de la cruz, de cómo levantarse con esfuerzo y sacrificio, para cambiar su vida, sino de temas de autoayuda, de cómo conquistar el mundo para sí mismo. No puede ser que esto sea lo único de lo que se hable. El evangelio es poder de Dios para salvación y su propósito es dar a conocer a Jesucristo. No es para que los hombres aprendan como ser más ricos en la tierra, ni cómo desarrollar su potencial al máximo para su propio provecho; es para nuestra salvación y no para nuestra perdición. De nada vale conquistar el mundo entero si nos perdemos a nosotros mismos. ¿De qué nos sirve conquistar naciones, predicar al mundo entero, y llegar a los lugares más remotos, si al final, lo que hagamos, Dios no lo reciba, y sean obras muertas?

Fuente:
Pastor Juan Betances

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