Articulos

El misterio del hombre espiritual

En el hebreo de los judíos, la palabra comunión, en su etimología original, es “sod” que significa intimidad, secreto, compañía. En griego, es “koinonia”  que quiere decir sociedad, participación, o interacción (social), o beneficio (pecuniario); es ayuda, cooperación, compañerismo, contribución, dispensación.

Creados con propósito
Todo el que tiene un mínimo de fe en la existencia de Dios quisiera tener una relación estrecha y cercana con el Creador. Hay un deseo intenso en el corazón del hombre de satisfacer su ser interior, lo que lo hace buscar y perseguir, por las diferentes vías posibles a su manera de ver, dar respuesta a esas necesidades de su interior, de disfrutar de lo bello, de gozar del placer de lo bueno, ansias de encontrar seguridad, protección y afecto en su vida, y que esto permanezca, sea duradero. La razón fundamental es que Dios puso en nuestro ser un anhelo de eternidad, para que lo busquemos, lo encontremos, lo conozcamos y podamos alcanzarle, y capacidad de disfrutar de todo lo bello y bueno de sus atributos.

En sus orígenes, Dios nos creó a su imagen y semejanza, en comunión perfecta con él y para que esa comunión fuera completa. Le dio al hombre autoridad para que dominara y se enseñoreara de todo lo creado. Su intención original al crearnos era tener intimidad, compañerismo, compañía con nosotros; y puso todo en nuestras manos para que lo disfrutáramos en abundancia. Para eso, diseñó un lugar secreto con ese propósito, donde colocó al hombre, llamado Edén. Allí el hombre podía disfrutar a plenitud de esa compañía y compañerismo de Dios. Todo estaba a sus manos, siempre que le obedeciera. No había limites en su hábitat para el disfrute y placer de todo lo dulce, precioso y bueno de la creación.

El pecado del hombre nos separó de Dios desde el principio. Perdimos la comunión con Dios y fuimos destinados a muerte, como paga por el pecado del primer hombre. La muerte vino como consecuencia de la desobediencia y rebeldía de Adán. Dios estableció, además, una sentencia de que el hombre tendría que obtener su sustento en la vida con trabajo, con esfuerzo, con su propio sudor. Ya no habría el disfrute de la prosperidad del lugar secreto, sino que su eterna juventud se vería marchitada por el fruto de su trabajo.

Ante tal situación, por la gracia y el amor de Dios Padre, nos envió su unigénito Hijo al mundo, para que fuéramos salvos por medio de él. (Cfr. Jn. 3:16) Dios estableció un tiempo donde restauraría todas las cosas y lo dio a conocer, al manifestarse al mundo, haciendo morada en la tierra por sí mismo, naciendo de una mujer virgen, mas no de varón, al cubrir su ser (de la mujer) con la sombra de su Espíritu, haciendo que el ser nacido de ella fuese llamado Hijo del Altísimo.

Propósito de la obra redentora de Jesús  Por medio de Jesucristo, Dios eliminó el acta de los decretos que nos era contraria y exhibió en la cruz el pacto de amor eterno con la humanidad, para que todos le conozcan, y para abrir los ojos de los ciegos, y ser luz de los que estaban en oscuridad y sombra de muerte.

Por la fe en su nombre, nos hacemos socios de Dios, y esa sociedad nos da acceso a una interacción, donde podemos disfrutar de nuestra condición de hijos, por la gracia depositada en el Hijo de Dios, en el Amado. Ahora la “koinonia” (comunión) con Dios es posible nuevamente, porque Jesucristo nos hace participes de la deidad: se convirtió en el mediador único entre Dios y los hombres.

El propósito de la creación del hombre se cumplió en Jesús. El vino a restablecer la naturaleza humana de su condición caída. Por la fe en El, somos nueva criatura, regenerados y transformados conforme al estado original con el que fuimos creados. Nos convertimos en el hombre espiritual, nacido de nuevo por el Espíritu, preparado para crecer a la imagen del varón perfecto, Jesús. El es el postrer Adán, que nos dispensó la gracia capaz de hacernos hombres nuevos, espirituales. Al hacernos participes de su muerte y su resurrección, nos aporta la semilla capaz de hacer crecer nuestra vida conforme a la vida de Dios.

La plenitud de la deidad estaba en Jesús. El nos hace herederos de la naturaleza divina, para que andemos como es digno de él, “ agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el pleno conocimiento de Dios, fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, con toda paciencia y longanimidad; con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Colosenses 1:10-20)

En Jesucristo, somos reconciliados con Dios. La relación del hombre con Dios vuelve y se restablece, y su pacto de paz en la cruz nos devuelve la gracia de la comunión perdida por el pecado.  El propósito de la creación llega a su plenitud y la comunión de Dios Padre con el hombre es perfecta en el Hijo. Por El, somos herederos de la gracia y coherederos, juntamente con él, de la herencia eterna de vida. La comunión es, ahora, perfecta, al participar de la vida eterna que Jesucristo vino a traernos, por la fe en El.

La comunión perfecta es con el Espíritu Por la fe en Jesucristo somos guardados por el poder de Dios para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifiesta en el último tiempo. Hay una herencia reservada en los cielos para nosotros que no se destruirá, no se corromperá, herencia santa, no contaminada y sin mancha. Es una herencia inaccesible, que nadie puede tocar, porque está consagrada por la exaltación de Jesús a lo sumo, como rey de vivos y muertos, por el sacrificio de su propia vida en la cruz.

Por la muerte de Jesús, adquirimos vida. Se siembra corrupción y nace incorrupción. Se siembra muerte y renace la vida. Por su resurrección, tenemos herencia y garantía de vida eterna. Mientras más morimos a nosotros, para que Dios viva en nuestro corazón, mas vivimos. Renunciar a nuestro yo, a nuestro egoísmo, a buscarnos a nosotros mismos, produce vida. Se siembra una semilla del hombre natural que muere,  para crecer como hombre espiritual según Dios. La vida de Dios solo puede fluir a través de nosotros cuando se lo permitimos.

El amor de Dios se revela a nuestras vidas cuando nos vaciamos para que el ser de Dios nos llene. Dios es amor y solo el amor de Dios puede cambiarnos y transformarnos, es el único que puede dar sentido y significado a nuestra vida. Lo demás, es engaño, muerte y destrucción. Para experimentar el amor de Dios hay que tener una relación de comunión con El. Comunión quiere decir compañerismo, amistad, comunicación, cercanía. ¿Cómo podemos tener cercanía con un Dios que no vemos? ¿Cómo relacionarnos con alguien tan grande y poderoso, que nos ha dado la vida, y es el creador del universo y de todo lo que existe?

El salmo 25:14 dice:” La comunión del Señor es con los que le temen y a ellos dará a conocer su pacto”. Lo secreto de Dios, lo oculto que hay en El, se lo da a conocer al que le teme, al que reconoce su grandeza y se hace pequeño delante de su presencia. Quien teme a Dios es aquel que hace lo que le agrada, que cumple sus leyes, que obedece sus disposiciones, sus mandatos, que por nada se atreve a hacer algo que sabe que Dios no permite. Aquellos diskuestos a obedecer y que lo cumplan, a esos Dios dará a conocer su pacto de amor.

El pacto de amor de Dios fue establecido en la cruz. El cuerpo y la sangre de Jesús revelaron el nuevo pacto de Dios con los hombres,  pacto de amor, pacto de paz, pacto eterno. I Co. 10:16 nos habla de que la comunión nuestra es con el cuerpo y la sangre de Cristo y I Jn. 1:3 habla de que nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. En  II Co. 13:13 dice que la gracia nos viene por Jesucristo, el amor del Padre y la comunión es por el Espíritu. La comunión nuestra con Dios es con el Espíritu, porque la comunión del Padre y el Hijo es manifiesta por el Espíritu. “Porque tres son los que dan testimonio en el cielo; el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y los tres son uno” (I Jn. 5:7).

Dios nos creó para que tengamos comunión con El. Nos dio el testimonio de Jesucristo para que nuestra comunión sea verdadera. Y nos dejó su Espíritu para que esa comunión sea perfecta. Esta es la semilla que nace para crecer hasta alcanzar la madurez espiritual. Esta es buena semilla, que crecerá hasta dar buenos frutos, frutos maduros. Para alcanzarlo, Jesucristo nos dejó la promesa del Padre, su Espíritu, el Espíritu Santo. Y nos hizo participes de su resurrección para que la vida que hay en El sea esperanza de vida para todos.

Pastor Juan Betances

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Botón volver arriba