“YA NO SOY CRISTIANO”

“YA NO SOY CRISTIANO”

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Se trata de un penoso titular que muchos hemos tenido que leer con escalofrío y espanto. Cantantes, predicadores, pastores y escritores reconocidos por su fe cristiana anuncian con desparpajo el abandono de las creencias religiosas que difundieron por años a través de diferentes ministerios cristianos.

Expresan, en su mayoría, que su retirada del cristianismo se debe a que fueron perdiendo la fe, al extremo que las ideas y principios que originalmente los definían como cristianos tenían un pobre impacto en su forma de vivir y actuar. Aseveraciones que confirman con pesadumbre lo que dice la Escritura que: “Sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb 11:6).

Son muchas las interrogantes que generan estas figuras reconocidas cuando anuncian que declinan a sus creencias cristianas. Junto a su confesión negadora, estas mismas personas se han encargado de dejarnos algunas respuestas. Dicen que se sienten bien, tanto, que algunos afirman estar “tranquilos y felices”. Agregan que no se trata de una reacción repentina, sino de un debilitamiento de su fe que fue minando sus creencias y convicciones hasta que se vieron en la necesidad de comunicar que daban por terminada su filiación religiosa.

Han llegado así al final, según ellos expresan, de una experiencia frustratoria y pesada, por lo que decidieron desahogarse y quitarse una etiqueta religiosa de la que ya estaban cansado. Con su renuncia pública, dicen sentirse liberado del tedio insoportable de exhibir y simular unas trasnochadas creencias por las que ya no están dispuestos a vivir.

Para nada quiere esto decir que el evangelio haya perdido su fuerza vital liberadora, de lo que se trata es de personas que han sido indigestada por el consumo de una cultura evangélica insalubre y han sido arrastradas a un estilo de vida religioso ambivalente, a un nuevo y sutil humanismo religioso que oscila entre la confusión y la incertidumbre. Para estas personas el evangelio histórico y bíblico se ha ido difuminado en medio del brillo perecedero de los flashes, del placer, la vanidad, la fama y la riqueza.

Sus carreras no han sido encaminadas a alcanzar el blanco de la soberana vocación en Dios que es en Cristo Jesús (Fil 3:14), sino a lograr el “éxito”, un engañoso premio que se ofrece desde el gusto arbitrario de un público antojadizo y banal, y se entrega en el altar de la idolatría materialista del consumo y el entretenimiento, eje central de un mundo que se ha convertido en la medida de todas las cosas, incluyendo el arte y las actividades religiosas.

Nuestros ministerios tienen diariamente que reinventarse para complacer los gustos de un circo religioso que pide constantemente novedades, mientras más extravagantes y espectaculares mejor. Trabajan sus composiciones para vender. Su horizonte inmediato es el “éxito” y Dios se le extravió entre las cosas perecederas. Se trata de un malestar de nuestra cultura evangélica en el que todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad.

Canciones con letras sin un contenido teológico y sin ninguna esperanza, escritas bajo la inspiración de un espíritu de competencia comercial apuntando hacia la fama y la rentabilidad económica. Letras sin trascendencias ni valores perdurables solo con un barniz religioso reflejo de una piedad simulada. Eso da una ecuación espiritual perfecta, vacío para el compositor, vacío para el que la canta y vacío para que la escucha o la consume.

Estos renegados confesionales se nos van y no dicen para donde. Se marchan por la senda de la soledad y el vacío. El compromiso nuestro es orar y esperar su retorno, no a una cultura religiosa degrada por lo vicios del mundo, sino a un evangelio liberador y poderoso, capaz de confrontar los poderes de las tinieblas y el mismo tiempo mostrar la plenitud de vida y esperanza que Dios nos ha otorgado en Jesucristo nuestro Señor.

Estas deserciones alarmantes no dejan de ser una reacción una “cultura evangélica” defectuosa, a la porosidad mundana y materialista por la que mundo del espectáculo y la industria del entrenamiento se han filtrado en la iglesia hasta distorsionar en gran medida su misión y propósito. Nuestros altares están siendo calados por una sutil idolatría a los dioses del poder, la riqueza, la vanidad y la fama.

Existe y estamos en medio de una verdadera industria de la religión, de un sistema donde se vende y se compra todo, en medio de una especie de culto para la exaltación del ego y del individualismo en el que todo ha sido reducido a sus estándares, dentro de un sistema babilónico que ha hecho de la fe cristiana una mercancía en subasta.

Son muchos los que están perdiendo la perspectiva del compromiso cristiano con la vida y están siendo succionado por el voraz activismo de una industria religiosa que ha desarrollado sus mecanismos propios de producción. Estos creyentes están abandonando su fe como resultado de una iglesia que lo está sacrificando todo a una cultura mercantilista que produce entretenimiento religioso sin compromiso con una espiritualidad cristiana fervorosa desde la que se pueda mostrar una referencia ética de valores bíblicos y teológicos que se corresponda con lo que el Señor nos ha dejado su Palabra.

No nos estamos dando cuenta que hemos creado una cultura post-evangélica que canta y danza alrededor de su propio becerro de oro, manufacturado por su deseo de grandeza y poder y se ha olvidado de glorificar a Dios y vivir para sus propósitos gozándose en Él y exaltando la magnificencia de sus atributos, sobre todo su carácter santo, su amor y su misericordia.

Necesitamos un nuevo discernimiento de la Palara a la luz de los tiempos y de la cultura. De esa forma, en vez de leer, “Ya no soy cristiano”, estaremos escuchando a muchas personas dentro de nuestras iglesias proclamar que están experimentando una renovación, que están despertando a una nueva espiritualidad que le está permitiendo vivir su llamado cristiano con nuevo impulso y en el poder del Espíritu Santo.

Fuente:

Tomás Gómez Bueno

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