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Una Narrativa Viva. La Biblia a Través de los Ojos de Jesús

Como seguidores de Cristo, estamos llamados a imitarlo en nuestra forma de vivir (Mr 8:34; 1 Co 11:1). Solemos pensar en este mandato en términos de cómo actuamos, hablamos y pensamos. Pero ¿qué hay de cómo leemos la Biblia?

Si Jesucristo es la revelación más completa de Dios, tiene sentido que sea en Él en quien debemos buscar orientación sobre cómo leer la Biblia. No solo debemos tener la misma visión de la Escritura que tenía Jesús, sino que debemos leerla tal y como Él la leía.

Entonces, ¿cómo leía Jesús la Biblia? La leía como un medio para cumplir los dos mandamientos más importantes y como una narración que apunta hacia Él.

Cumpliendo los dos mandamientos más importantes

En Mateo 22, un experto en la ley afiliado con los fariseos le pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más importante de la ley. Jesús responde:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el gran y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (vv. 37-39).

En lugar de dar un solo mandamiento, Jesús da dos, ambos extraídos del Antiguo Testamento. El primero es Deuteronomio 6:5, que formaba parte del Shemá, la confesión central de la piedad judía en el primer siglo. El segundo es Levítico 19:18, que exhorta a Israel a regir sus relaciones mutuas con amor. Pero fíjate en lo que dice Jesús a continuación: «De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas» (v. 40).

Todo lo que hay en la Biblia nos ha sido dado por Dios para que podamos amar a Dios y a nuestro prójimo

Jesús amplía el alcance de la pregunta, pasando del mandamiento más importante de la ley a incluir la totalidad del Antiguo Testamento. El verbo traducido como «dependen» en la NBA tiene el sentido de «colgar». Así como una puerta cuelga de sus bisagras, lo que le permite moverse hacia adelante y hacia atrás y cumplir su propósito, así también estos dos mandamientos son las bisagras sobre las que se mueve todo el Antiguo Testamento para cumplir el propósito de permitir que el pueblo de Dios ame al Señor con toda su vida y ame a su prójimo como a sí mismo.

Considera lo que Jesús está diciendo. Todo lo que hay en la Biblia nos es dado para permitirnos amar a Dios y a nuestro prójimo. No importa si estás leyendo Levítico, Lamentaciones o Lucas. No importa si estás leyendo Josué, Jueces, Job, Jeremías o Juan. No importa si estás leyendo Crónicas, Corintios o Colosenses. Cada pasaje de cada libro nos ha sido dado por Dios para que crezcamos en nuestro amor por Él y por los demás. Así es como Jesús leía la Biblia.

Una narrativa que apunta hacia Él

Para Jesús, las Escrituras no eran simplemente una recopilación de leyes, historias, proverbios y salmos. Él leía la Biblia como una narrativa coherente sobre quién es Dios, quiénes somos nosotros como seres humanos y cuáles son los propósitos del Señor para el mundo. Él hizo la asombrosa afirmación de que todo su contenido, de alguna manera, apunta a él mismo. A pesar de que vemos esto a lo largo de los evangelios, Lucas 24 es posiblemente el ejemplo más claro. La forma en que Jesús leía las Escrituras era una idea tan importante para Lucas que él cuenta dos historias posteriores a la resurrección para ilustrar su punto.

La primera historia se encuentra al final de la aparición de Jesús a los dos discípulos en el camino a Emaús. Sin reconocer a Jesús, estos discípulos le explican los acontecimientos de la semana anterior que culminaron con la crucifixión de Jesús y cuáles habían sido sus expectativas respecto a Él. Sus esperanzas de que Jesús fuera el que redimirá a Israel se habían visto frustradas (Lc 24:21). Sin embargo, explican que Su tumba estaba ahora vacía (vv. 22-24). La respuesta de Jesús debió de resultarles desconcertante: les reprendió por no reconocer que toda la Escritura apunta a Él.

La forma correcta de leer las Escrituras es como una narración que señala quién es Jesús, lo que ha hecho por Su pueblo y el anuncio de esa buena nueva hasta los confines de la tierra

Si esto fuera todo lo que Lucas tuviera que decir sobre el tema, tendríamos mucho material para debatir. Pero Lucas vuelve sobre ello una segunda vez, más adelante en el capítulo. Esta vez, la audiencia de Jesús es toda la congregación de los discípulos. Él les demuestra a Sus seguidores que es el Cristo resucitado, y luego la narración continúa:

Después Jesús les dijo: «Esto es lo que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre Mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos».
Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito, que el Cristo padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día; y que en Su nombre se predicará el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas» (vv. 44–48).

La forma correcta de leer las Escrituras es como una narración que señala quién es Jesús, lo que ha hecho por Su pueblo y el anuncio de esa buena nueva hasta los confines de la tierra. No está diciendo que solo ciertas partes del Antiguo Testamento apunten a Él; está diciendo que todo apunta a Él de alguna manera. En los días del Imperio romano, se decía que todos los caminos conducían a Roma, y de manera similar podemos afirmar que toda la Escritura conduce a Cristo.

Algunos pasajes del Antiguo Testamento se encuentran en autopistas que te llevan directamente a la cruz, como Isaías 53. Otros pasajes se encuentran más alejados, en el campo, y pueden requerir que recorras un camino de tierra, una carretera comarcal, una carretera estatal y, finalmente, una interestatal que te lleve a Cristo.

Si realmente creemos, como lo hizo Jesús, que «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4:4; Dt 8:3), entonces importa cómo leemos la Biblia. Debemos leer la Biblia como lo hizo Jesús: como un medio para cumplir los dos grandes mandamientos de amar a Dios con todo nuestro ser y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y como una narración que apunta a Cristo.

Fuente:
Matthew S. Harmon

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