
No todo lo que avanza rápido viene de Dios.
A veces, en medio de tanta prisa, ruido y ansiedad por alcanzar cosas, el alma se desgasta y el corazón se enfría.
No podemos manchar la corona que Dios nos ha dado por correr detrás de lo pasajero.
La corona espiritual se cuida en obediencia, en humildad, en santidad y permaneciendo en Su presencia.
El mundo nos empuja a competir, a aparentar y a vivir acelerados;
pero el Espíritu Santo nos llama a caminar con discernimiento, paz y propósito eterno.
Vale más avanzar despacio tomados de la mano de Dios,
que llegar rápido a lugares donde Su presencia no está.



