
En tiempos donde abundan las opiniones, las discusiones y los debates públicos, es necesario recordar que el Reino de Dios no se establece por la fuerza de nuestras palabras, sino por el poder de Su presencia.
Mientras muchos dedican sus energías a señalar errores, responder ataques o defender posiciones en las redes sociales, hay hombres y mujeres de Dios que continúan realizando una labor silenciosa pero poderosa: llevar consuelo al afligido, esperanza al desesperado y oración al necesitado.
Recientemente visitamos una institución pública donde varias personas nos esperaban con gran necesidad emocional y espiritual. No llevamos cámaras, micrófonos ni publicidad. No hubo fotografías ni transmisiones en vivo. Solamente llevamos una palabra de fe, una oración sincera y la disposición de escuchar.
Y una vez más comprobamos que cuando el amor de Dios es compartido con sencillez, Su presencia se manifiesta. Los corazones reciben paz, las cargas se alivian y la esperanza vuelve a florecer.
La Iglesia de Cristo ha sido llamada a edificar, no a destruir; a restaurar, no a dividir. El mundo ya tiene suficiente ruido. Lo que necesita son creyentes que reflejen el carácter de Cristo, llevando Su luz a los lugares donde reina la oscuridad y Su paz donde abundan la ansiedad y el temor.
Quizás hoy la pregunta no sea por qué otros se están hiriendo con sus palabras, sino cómo nosotros podemos seguir siendo instrumentos de reconciliación en medio de tanto ruido.
Al final, no serán los aplausos ni la visibilidad los que darán fruto eterno, sino la obediencia, la humildad y el amor con que servimos a los demás.
Que Dios nos ayude a ser una voz de esperanza, una mano extendida para el necesitado y un reflejo vivo de Su paz.
Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.Mateo 5-9-