
El Salmo 45 nos permite contemplar la majestad del Rey y la belleza de su Novia. Jesucristo, nuestro Rey y Esposo, viene por una Iglesia que ha sido llamada a permanecer firme en la fe, avivar el don de Dios y vivir en santidad, amor y adoración.
La Novia no espera con temor, sino con esperanza y gozo. Espera con el corazón encendido, mirando al Rey y reconociendo que su verdadera esperanza no está en este mundo, sino en la promesa de Aquel que viene.
Por eso, este es tiempo de volver al altar, de recuperar la profundidad de la adoración y de cuidar nuestra comunión con Dios. No se trata solamente de hablar de Cristo, sino de vivir para Él. Que nuestra fe no sea una costumbre, sino una relación viva con nuestro Rey; que nuestra alabanza no dependa de las circunstancias, sino que brote de un corazón agradecido por la salvación recibida.
Al acercarnos al final de este año 2026, demos gracias por lo que Dios ha hecho, por lo que está haciendo y también por aquello que todavía esperamos ver cumplido. Sus propósitos permanecen firmes, aun cuando no podamos ver todo el camino.
La Iglesia necesita recordar que forma parte de una historia mucho más grande: la historia de un Rey que viene por Su Novia. Una Novia llamada a mantenerse despierta, fiel y preparada, con sus ojos puestos en Jesucristo.
Que el Espíritu Santo avive nuevamente en nosotros el fuego de la fe, la esperanza y la adoración. Que nuestras vidas sean testimonio de Su gracia y que, mientras esperamos, podamos decir con un corazón lleno de gozo:
¡Ven, Señor Jesús! El Rey de Gloria viene por Su Novia



