
Todos hemos sentido ese «nudo en la garganta», una clase de emoción que nace de tus entrañas por algo que ves o que te dicen y se vuelca en lágrimas. Llorar es parte de nuestra humanidad.
Desde una perspectiva fisiológica, el llanto tiene muchas funciones que nos hacen bien. Llorar libera estrés, te humaniza, te hace más empático a las emociones de otros. Un artículo que leí hace un tiempo concluía que «si lloráramos más, seríamos mejores seres humanos».
¡Qué frase tan interesante! Aunque se refiere a los beneficios fisiológicos, me hace pensar en las palabras del Señor Jesús en el sermón del monte: «Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados» (Mt 5:4).
Según nuestro Rey, el que llora es más feliz. Para los cristianos, hay una felicidad extraordinaria que viene a través de una clase particular de llanto.
Doblemente feliz
Dios quiere que Sus hijos sean felices en Él. Quiere que nuestra vida esté caracterizada por una clase de felicidad única. La palabra «bienaventurado» quiere decir doblemente feliz. Es una clase de alegría que rompe todas las definiciones de alegría humana.
Dios provee de una felicidad inexplicable, incomparable, imposible de fabricar. Es felicidad de lo alto que nunca se acaba, nunca se agota. Solo los ciudadanos del reino de Dios han hallado la fuente de la eterna felicidad.
Cualquier ídolo que levantemos en nuestro corazón, aún si son cosas buenas, nos llevará inevitablemente a la decepción, al dolor y al llanto
Jesús está diciendo que Sus ciudadanos son reconocidos por vivir muy felizmente. Dios es su fuente de alegría espiritual y, por lo tanto, viven firmes y seguros en todos sus caminos (Fil 4:4-6). Esto no quiere decir que nos alegremos de todo. Pero sí que podemos tener gozo a pesar de todo.
¿Y cómo Dios nos trae tanta felicidad? Puede sonar extraño, pero de acuerdo con la segunda bienaventuranza, llorar nos hace doblemente felices. ¿Cómo es esto posible?
Lágrimas sin esperanza
Debemos recordar primero que vivimos en un mundo que llora, y llora mucho. Según datos de la UNAM, quince de cada cien mexicanos padecen depresión, y hay proyecciones que predicen que llegará un momento en que un cuarto de la población mundial padecerá algún trastorno mental. El dolor humano es real, no lo podemos esconder.
Debemos examinar la razón por la que tanta gente sufre. En algunos casos, las personas sufren por los deseos de su corazón. Dime cuáles son los ídolos de tu corazón y te daré la causa de tu depresión y tu tristeza. Por ejemplo, si tu ídolo es la salud, estar bien, no sufrir o no enfermarte, cuando el doctor te diga que tienes diabetes, te deprimirás y llorarás. Si tu ídolo son tus hijos, cuando se vayan de casa decaerás emocionalmente.
Cualquier ídolo que levantemos en nuestro corazón, aún si son cosas buenas de la vida, nos llevará inevitablemente a la decepción, al dolor y al llanto. Desde luego, este no es un llanto como el que Jesús enseña en las bienaventuranzas, sino que es egocéntrico y pecaminoso.
En otras ocasiones, el mundo llora porque no sabe cómo enfrentar las circunstancias de la vida. Vivimos en un mundo caído, afectado por el pecado. Por lo tanto, hay peligros, accidentes y catástrofes que producen una absoluta desesperanza en las personas sin Cristo.
Debido a que somos salvos, lloramos por nuestra pobreza espiritual
Un ejemplo común es la muerte de los seres queridos, la cual puede traer depresión, tristeza absoluta, negras tormentas que oscurecen los días de quienes los extrañan. Por eso, Pablo escribe, «Pero no queremos, hermanos, que ignoren acerca de los que duermen, para que no se entristezcan como lo hacen los demás que no tienen esperanza» (1 Ts 4:13, énfasis añadido). Como ves, hay una diferencia en cómo enfrentan la vida los que están en Cristo y los que no. Los creyentes tenemos esperanza y promesas, pero los incrédulos no y por eso lloran sin consuelo.
En pocas palabras, hay varias razones por las que el mundo llora, pero es un llanto sin esperanza, que de ninguna manera produce felicidad. Pero no pasa así con los ciudadanos del reino de Dios, quienes también lloran, pero sus lágrimas desembocan en una vida de felicidad plena, extraordinaria y permanente.
Lágrimas llenas de consuelo. Los ciudadanos del reino tenemos que ser intencionales en «llorar». Después de todo, lo que caracteriza a los hijos del Rey es que lloran continuamente. ¿Pero por qué lloran los hijos del Rey a diferencia del mundo? ¿Qué les causa tanto dolor?
Los ciudadanos lloran principalmente por ver la pobreza absoluta de sus corazones (Mt 5:3). Los hijos de Dios lloramos por el pecado que aún permanece en nuestras vidas. Es desesperante y frustrante ver que el pecado aún es parte de nuestra naturaleza caída, y nos lamentamos cada vez que no actuamos como hijos de Dios. Por eso lloramos.
Jesús no está hablando solo de lágrimas literales, aunque por supuesto que las incluye. No es que las «lágrimas» sean el ingrediente secreto, como si el acto fisiológico de derramar lágrimas fuese suficiente. La idea de «llorar» transmite una disposición de todo el ser a lamentarse, a dolerse genuina y profundamente por el pecado que aún existe y habita en nosotros. ¡Lloramos porque nos damos cuenta de que somos mendigos espirituales! No tenemos nada qué ofrecer a nuestro Dios, estamos en total bancarrota espiritual.
No estoy diciendo que Dios no perdonó nuestros pecados. Claro que lo hizo, somos justificados y perdonados gracias a la obra de Jesús, cuando nos acercamos a Él en arrepentimiento y fe. Pero eso no quiere decir que, una vez salvos, nos volvamos indiferentes a nuestra condición. Todo lo opuesto. Debido a que somos salvos, lloramos por nuestra pobreza espiritual. Vemos lo mucho que nos falta, lo tanto que aún caemos, la debilidad de nuestro corazón ante las tentaciones malignas. Lloramos cada mañana y cada noche a través de la confesión de pecados.
¡Oh, cuánto necesitamos llorar más! No para convertirnos en personas grises y cabizbajas, sino conscientes de la seriedad del pecado
El cristiano no puede hacer su vida «normal» sin llorar y arrepentirse por su pecado. Sería como acostarse a dormir sabiendo que hay cucarachas en la cama. En cambio, al conocer su pecado, el cristiano llora, se lamenta, lo confiesa y se aparta. Clama por misericordia, ruega por clemencia, pide por pureza de corazón y hace todo lo que tenga que hacer para luchar contra su pecado. ¡Oh, cuánto necesitamos llorar más! No hablo de convertirnos en personas grises y cabizbajas, sino conscientes de la seriedad del pecado y lo absurdo que es ignorarlo.
A esto nos llama también Santiago: «Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes. Limpien sus manos, pecadores; y ustedes de doble ánimo, purifiquen sus corazones. Aflíjanse, laméntense y lloren. Que su risa se convierta en lamento y su gozo en tristeza» (Stg 4:8-9). Esta es la clase de vida que Dios pide de nosotros. Que no seamos indiferentes a nuestro pecado. No hay nada peor que la indiferencia. Nos convierte en seres fríos e insensibles hacia el mal.
Un consuelo excelente
Ahora bien, Jesús no llama a Sus discípulos a simplemente «llorar por llorar» ni a vivir en una culpa permanente. En cambio, el llanto sincero que viene del arrepentimiento genuino abre la puerta a la consolación que tanto buscamos cuando pecamos. Amigo, cuando nuestras faltas son muchas, Su gracia es mayor. El Padre espera pacientemente por el arrepentimiento de Sus hijos, y una vez que llegamos a Su abrazo, disfrutamos de toda la felicidad del mundo.
El llanto de la segunda bienaventuranza no trae desesperanza, sino paz por la reconciliación con Dios y agradecimiento por el perdón que recibimos (2 Co 7:10). Lo que caracteriza a un ciudadano del reino no es que nunca peca, sino que, cuando peca, cae de rodillas, sinceramente quebrantado, con lágrimas rodando de sus ojos, admitiendo su culpa. Pero también llora al recibir amor en lugar de juicio, abrazo en lugar de rechazo. Por eso los cristianos tenemos confianza para llorar en la presencia de nuestro Padre.
Lloramos porque nos duele pecar contra alguien que nos ama tanto, pero también porque solo Dios nos puede dar profunda consolación y eso nos anima a odiar más nuestro pecado. Y al volver a sentirnos amados y plenos en Él, somos bienaventurados. Recibimos Su consolación. Esa clase de consuelo es la que nos hace doblemente felices. La verdadera felicidad solamente viene a través de la consolación que Dios da a los que se duelen y se arrepienten de su pecado.
Un día ya no tendremos que ser consolados porque el pecado será cosa del pasado
Quienes no lloren con arrepentimiento no recibirán Su consuelo. Piensa en eso por un momento. ¿Te imaginas el peso de vivir así? ¿Te imaginas pecar, pero nunca sentirte plenamente consolado? Esa persona se sentirá con culpa permanente, deseando regresar al pasado y cambiar lo que hizo. Batallará contra su pecado sin encontrar victoria, condenada a una vida llena de remordimiento, pero vacía de consolación.
Amigo, no tiene que ser así. Dios ofrece una vida plena y feliz, llena de consuelo y perdón. Vivamos agradecidos al Rey por Su gran amor con que nos amó. Vivamos cultivando esta clase de lágrimas que limpian nuestro corazón, nos hacen sensibles al pecado y nos ayudan a repudiarlo de inmediato. Lágrimas que nos animan a correr en arrepentimiento a Cristo cada día.
Él enjugará toda lágrima
¿Te puedo recordar una última verdad fundamental? Es bueno que los cristianos lloremos por nuestro pecado, pero no será así para siempre. Vendrá un día en el que todas las lágrimas serán limpiadas por nuestro Rey en persona: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap 21:4).
Un día ya no tendremos que ser consolados porque el pecado será cosa del pasado. Nuestra naturaleza será perfeccionada y disfrutaremos de cuerpos nuevos por dentro y por fuera. Limpios de toda marca del pecado y, mejor todavía, libres de lágrimas por el dolor de nuestra condición caída.
Pero mientras tanto, no lo olvides. Los ciudadanos del reino son inmensamente felices porque, cada vez que pecan y lloran profundamente, sus lágrimas son transformadas en gozo por el consuelo y la gracia del Rey.
Gracias, Dios, porque consuelas con el evangelio a Tus hijos cuando pecan, en lugar de condenarlos. ¡Gracias, Rey, por Tu paciencia y misericordia en mi vida!
fuente: Josue Ortiz



