Solemne advertencia

Solemne advertencia

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Pastor Luis Reyes

Expertos han dicho que esta es la época cuando la muerte ha tenido más popularidad en la historia de la humanidad, porque la Era de la Información le ha dado una gran cobertura. Pero, también tiene que ver con más de 7,700 millones de personas que habitan el planeta.

En sus migraciones, guerras, sediciones, accidentes, enfermedades mortales, como dice la Organización Mundial de la Salud (OMS), que son más de 4,000 las identificadas y saliendo nuevas cada día. También, fenómenos naturales, que mucha gente muere por esas razones.

Además, las muertes producidas por el narcotráfico, negocios ilegales, delincuencia común, acciones policiales de uso excesivo de la fuerza contra personas indefensas, entre otras.

Actualmente, la pandemia sanitaria producida por el COVID ha traído a las naciones de la tierra una constante estadística de fallecimientos, de tal manera que la población mundial en cada región se ha ido acostumbrando a la muerte de conocidos y desconocidos, pero también de familiares, que es cuando se siente el mayor dolor por el sentido de pérdida sensible que conlleva profunda tristeza y luto, con el agravante de que los que mueren por el coronavirus el protocolo sanitario vigente impide que sean despedidos por seres queridos hasta su última morada y esto claro aumenta el dolor de los vivos por no haber podido concluir ese ciclo de pesar.

Es como si viviéramos un tiempo donde la frecuencia acelerada de la muerte de personas nos dejara sin la reacción que teníamos antes de la pandemia.

Vi imágenes de una sala de hospital en España donde las enfermeras ponían una Tablet frente a los enfermos de COVID en condición de gravedad y les decían que se despidieran de su familia porque iban a morir. Triste noticia, es algo difícil de asimilar, tanto para el enfermo como para su familia. El manejo simplista de algo tan serio como la muerte, evidentemente que desconcierta, pero debe ser manejado.

Algo que nos llama entonces la atención es la mirada bíblica de la muerte, porque en el Cántico del Tiempo de Eclesiastés capítulo 3 versos 1-8 se mencionan 28 tiempos. Dos tienen que ver con Dios en la vida del hombre, “tiempo de nacer y tiempo de morir” (Eclesiastés 3:2), los cuales están fuera del dominio natural del hombre.

Los otros 26 tiempos están vinculados a la voluntad y las circunstancias en la vida del hombre, reconociendo claro que es Dios el provisor del tiempo, el dueño del tiempo y también de la vida que Él le ha otorgado al hombre en la tierra como un regalo precioso.

Salomón dice: “No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte y no valen armas en tal guerra, ni la impiedad librará al que la posee” (Eclesiastés 8:8).

Los filósofos estoicos de la antigua Grecia decían que la muerte producía una liberación del alma humana de donde ella estaba presa en el cuerpo, es decir, cuando una persona moría, al alma salir de la persona, el alma quedaba libre y se purificaba de toda ambición y de las bajas pasiones. Ellos decían que esto era motivo de gran dicha y felicidad, por esta razón la celebraban.

Sin embargo, el Señor Jesús miró la muerte y procedió ante ella con sobriedad, no con fiesta, Él estuvo en una boda y tres funerales expresando su solidaridad con las cuatro familias. Fue conmovido y lloró frente a la tumba de Lázaro (Juan 11:34-35) y resucitó a la hija de Jairo, al hijo de la vuida de Naín y a Lázaro. Dijo en Getsemaní; “Mi alma está muy triste hasta la muerte, quedaos aquí y velad conmigo” (Mateo 26:38). Y reitera: “Padre mío, si es posible, pasa de mí esta copa, pero no sea como yo quiero sino como tú” (Mateo 26:39).

Es decir, la copa a la que aludió el Señor Jesús es a la muerte de cruz por el pecado de la humanidad, Le dice al Padre: “Si es posible, quita de mí la muerte, pero no se haga mi voluntad sino la tuya.

Él mismo sabía que no era posible quitarla, eso Él lo sabía porque esa fue Su misión, a eso fue que Él vino, a morir por el pecado, las enfermedades y los males de la humanidad. El Señor Jesús procedió ante la muerte con solemnidad, con sobriedad, con tristeza, como dice: “Mi alma está triste hasta la muerte”. De manera que aquí tenemos nosotros un buen ejemplo, de vida cristiana, de cómo se debe enfrentar la muerte.

Por otro lado, Salomón dice: “Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete, porque aquello es el fin de todos los hombres” (Ecles. 7:2). De manera que en la casa del banquete por causa del vino viene el desvarío, el hombre se vuelve errático, insensato, habla palabras que tocan la imprudencia. Mientras que en la casa del luto, dice Salomón: “Se enmienda el corazón”. El hombre todo lo que escucha lo pone en el corazón porque sabe que es el fin, que es algo que lo confronta, de eso no cabe duda.

Ahora, cuando nosotros hablamos de ese triunfo que Cristo tuvo sobre sobre satanás, la muerte, el pecado, y las obras de las tinieblas, el apóstol Pablo dice a la iglesia de Corinto, “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, fue sepultado y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3-4). Y reitera, “Mas ahora, Cristo ha resucitado de los muertos, primicia de los que durmieron es hecho” (1 Corintios 15:20).

En tanto, cuando escribe a los romanos dice: “Acerca de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David, según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de Santidad por la resurrección de entre los muertos” (Romanos 1:3-4).

Es una proclamación evidente de la resurrección, lo que significa que el Señor Jesús venció a satanás, el pecado, la muerte, la condenación eterna. En este sentido, el apóstol Pablo habla de este triunfo en la cruz, cuando escribe a la iglesia de Colosas, “Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz (Colosenses 2:14-15).

Es la obra de redención, fue a la cruz a morir por todo lo que nosotros en cada generación hemos hecho mal, Él llevó nuestros pecados, nuestras enfermedades, y todos los males producidos por la caída. Pero, la verdad es que fue sepultado y resucitó al tercer día para darnos esa victoria sobre la muerte, para que no tenga imperio sobre nosotros y que no tengamos ningún temor, eso es claro si le tenemos a Él en el corazón.

Una cosa es tener temor a la muerte y otra es tener temor a morir, porque la muerte es presentada en el libro de Job como una entidad espiritual, es un principado del mundo de la oscuridad, y en cuanto a morir es la separación del alma y del espíritu del cuerpo. Atravesar el velo del mundo visible al mundo invisible.

El alma y el espíritu son distinguibles, pero indivisibles, donde va el alma va el espíritu y viceversa. Significa entonces que hay dos maneras de morir.

En los días bíblicos había 300 formas de morir, hoy día existen de 5 a 7 mil, pero en la condición espiritual solo existen dos maneras. La número 1- habiendo aceptado a Cristo como Salvador y Señor, y No. 2- Sin Cristo en el corazón.

Todo el que ha sido lavado con la sangre perfecta del Señor Jesús, al morir su espíritu y su alma van a la presencia del Señor en el Paraíso de Lucas 23:43 y 2 Corintios 12:1-4. Es el cielo cristiano, en espera de la resurrección el día del arrebatamiento de la iglesia (1 Tesalonicenses 4:16-17).

Lo que significa que el cristiano no debe tener temor a la muerte bajo ninguna circunstancia, porque ha sido limpio de sus pecados, y su corazón y conciencia están delante de Dios como la blanca lana y la blanca nieve (Isaías 1:18).

Está bajo pacto con el Dios de los cielos, en Cristo Jesús, y su nombre está escrito en el libro que hay allá, habrá de decir presente en aquel día. El apóstol Pablo dice: “Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21). Y reitera: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya, por el poder por el cual puede también sujetar asimismo todas las cosas (Filipenses 3:20-21).

En cuanto a los pecadores el escritor a los hebreos tiene también una sentencia solemne “Y de la manera que está establecido a los hombres que mueran una sola vez y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).
El invento satánico de la reencarnación no cabe aquí, todo ser humano que pasa por este mundo nace y muere físicamente una sola vez y luego el juicio de condenación para los pecadores, que al morir sin Cristo han pasado de este mundo cargando con todos los pecados que practicaron en sus vidas, ofendiendo la Santidad de Dios.

Lo que significa que delante de Dios, si mueren en pecado, no tienen escapatoria. Quienes toman la muerte con tal simplicidad, viviendo en pecado, no saben a qué se exponen. Tristemente a la condenación eterna, alejados del amor de Dios, en el lago de fuego eternamente.

Sin embargo, todo el que está vivo tiene la oportunidad de aceptar a Cristo como Salvador personal, tiene la oportunidad de someterse a Su Señorío.

¿Por qué no te refugias en Él?
¿Por qué no acudes a Él, ya que derramó su sangre perfecta y purísima por ti en la cruz, y resucitó para librarnos del poder de satanás y de la condenación eterna? Jesús dijo: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Y también dijo “Venid a mí los que estáis trabajados y cargados que yo os haré descansar” (Mateo 11:28)

Busca ese descanso, esa seguridad en Cristo, Su presencia en este mundo y, sobre todo, el don inigualable de la vida eterna.

Mi llamado para ti es que abras tu corazón, cambie de caminar, y en vez de atemorizarte por la muerte, mejor regocíjate y llénate de contentamiento y de agradecimiento en tu corazón, por lo que Cristo hizo en la cruz y al resucitar al tercer día en tu beneficio. Mejor abre tu corazón al poder de la vida que te da Cristo y que el Espíritu Santo ministre tu corazón en este momento, recíbele, cambiará tu vida, producirá bendición amplia, te dará una nueva razón para vivir y una nueva perspectiva a tu vida en este mundo.

En cuanto a los cristianos sigamos siendo fieles al Señor y no tengamos temor a la muerte, porque como Él resucitó, así también tenemos promesas, si nos llega ese día antes de Su regreso, pues sabemos que en el día del arrebatamiento de la iglesia Él nos levantará y nos dará el cuerpo de gloria. Vamos a seguir teniendo fe, vamos a seguir confiando, vamos a seguir amándole, y exaltando Su Persona y Su Nombre.
Gracia y Paz de Dios.

Fuente:

Pastor Luis Reyes

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