
Al iniciar un nuevo año, el llamado del Espíritu es claro y santo: no basta con haber sido invitados, es necesario estar preparados. Jesús enseñó que, en el banquete del Reino, el Rey observó a los convidados y halló a uno que no estaba vestido conforme a la ocasión (Mateo 22:11). La invitación era real, pero la vestidura no lo era.
Este tiempo nos confronta con una verdad eterna: Dios demanda santidad para permanecer en Su presencia. Por eso Apocalipsis 3:18 nos exhorta a vestirnos de ropas blancas, vestiduras espirituales que solo Cristo puede proveer, para que no se manifieste la desnudez del alma.
Cambiar nuestras ropas no es un acto externo, sino una decisión espiritual profunda. Implica despojarnos de todo lo que contamina: la tibieza, la apariencia religiosa, las vanidades del alma y toda práctica que no honra al Rey. En su lugar, somos llamados a vestirnos con la vestidura sacerdotal y espiritual, aquella que se forma en la obediencia, en el arrepentimiento genuino y en una vida consagrada a Dios.
Esta vestidura es preciosa porque no se daña, no envejece y no puede ser robada. Es la ropa que glorifica a Dios y que sirve como anticipo de la vestidura eterna que recibiremos en el Reino venidero. Es señal de que vivimos preparados, vigilantes y alineados con el cielo.
Que este nuevo año no nos encuentre solo con nuevos comienzos naturales, sino con ropas espirituales renovadas, corazones limpios y una fe activa. El Rey viene, y Su Iglesia es llamada a estar sin mancha y sin arruga, lista para el encuentro glorioso.
Purifiquemos.
Cambiemos nuestras ropas.
Preparemos nuestro espíritu para el Rey.
Tabernáculo Prensa de Dios