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Permanecer en Su Amor La Evidencia de una Vida Transformada

El amor de Dios no es una emoción pasajera ni una experiencia momentánea. Es la esencia misma de Su naturaleza y la fuerza que sostiene, transforma y dirige la vida de todo aquel que permanece en Cristo.

Ese amor fue revelado plenamente en Jesucristo, quien entregó Su vida voluntariamente en la cruz para reconciliar a la humanidad con el Padre. No fue un amor basado en palabras, sino en obediencia, sacrificio y entrega absoluta.

Cuando recibimos a Cristo, Él deposita en nuestro corazón una semilla viva que está llamada a crecer cada día. Esa semilla produce el fruto del Espíritu, renueva nuestro carácter y nos capacita para amar como Él ama, perdonar como Él perdona y servir como Él sirvió.

Sin embargo, esa semilla necesita permanecer unida a la Fuente. No basta con haber conocido el amor de Dios; estamos llamados a vivir diariamente en Él. Permanecer en Su amor significa obedecer Su Palabra, confiar en Sus caminos aún cuando no los entendamos y permitir que Su presencia gobierne nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras decisiones.

En un mundo donde el amor muchas veces se ha vuelto interés, conveniencia o apariencia, el Señor sigue buscando hombres y mujeres que reflejen Su amor eterno con una vida santa, humilde y llena de misericordia.

Cuando permanecemos en Cristo, Su luz comienza a disipar toda oscuridad. Su paz reemplaza el temor. Su verdad vence el engaño. Su esperanza fortalece al cansado. Entonces nuestra vida deja de ser simplemente una existencia y se convierte en un testimonio vivo de la gracia de Dios para quienes nos rodean.

Hoy el Espíritu Santo nos recuerda que el mayor privilegio del creyente no es solamente hablar del amor de Dios, sino permanecer en Él hasta que ese amor sea visible en cada fruto que damos.

«Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.»
Juan 15-9-10.

Fuente:
TPD

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