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La Palabra de Jesús. Sanidad y Vida Eterna

El hombre que Jesús hace esta pregunta llevaba 38 años enfermo, imposibilitado para llegar por sí mismo al agua de sanidad. Este hombre reconocía su incapacidad, su estado de soledad e impotencia. Pero Alguien, un desconocido para él, le pregunta: ¿quieres ser sano? Este paralítico no pensaba en el deseo de ser sano, sino en la muy difícil posibilidad de llegar a conseguirlo. Por eso le da a conocer a Jesús su lamen­table situación para alcanzar esa sanidad, que corroboraron 38 años de espera. Lo que menos pensaba este hombre es que se encontraba ante el autor de la vida, porque “todo fue creado por medio de Él y para Él…y todas las cosas en Él subsisten” (Colosenses 1:16). Así no es extraño que Jesús le diga:

“Levántate, toma tu lecho, y anda” (v. 8).

A veces el hombre se pasa años y años buscando sanidad de sus males (o dicho en tér­minos bíblicos salvación), y día tras día sigue en el mismo quebrantamiento de siem­pre. Hasta que un día, alguien pasa a su lado, y le dice:

¿Quieres ser sano? Cree en el Señor Jesús. Y la vida de esa persona, harta de buscar remedios en todas partes, de pronto, se siente llena de paz, de luz y de vida. Tiene la sensación de haber nacido de nuevo. Un nuevo amanecer hay en su turbada existencia. Así también este paralítico a la palabra de Jesús, “fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo” (v. 9).

No pensemos que la Palabra de Jesús tiene menos poder en nosotros hoy, que en el paralítico de Betesda; ya que:

“el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasa­rán” (Mateo 24:35).

Jesús hoy te dice: Cree en Mí, toma tu cruz, y sígueme. Porque creer en Jesús es sanidad de vida eterna para nosotros.

El paralítico una vez sanado, tomó su lecho, por mandato de Jesús, para que no se le olvidase que sobre ese lecho había estado 38 años. Jesús después de darnos vida nos manda que llevemos la cruz de cada día, para que jamás olvidemos que el mismo Jesús estuvo en esa cruz por nosotros hasta la muerte.

No vamos a merecer nada con la cruz de cada día, como el paralítico no merecía la sanidad por llevar el lecho, pues ya había sido sanado por Jesús. Así nosotros somos sanados (salvados) por la muerte de Cristo en Su Cruz.

“El castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).

Por lo cual las tribulaciones de cada día (la cruz) no tienen para nosotros otro signifi­cado que purificar nuestra fe, al recordar los sufrimientos salvíficos de Cristo en su muerte de Cruz por nosotros.

Cuando los fariseos vieron a ese hombre llevando su lecho, le reprochan tal actitud, porque era día de reposo. Más este hombre se apoya por completo en Aquel, que le había dicho:

Levántate, toma tu lecho y anda” (v. 11). Y así responde, “el que me sanó, Él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda” (v. 11).

Para este hombre la Palabra de su Sanador estaba por encima de cualquier apreciación personal o religiosa de otras personas. Jamás pueden estas personas, desde su anqui­losada religiosidad, anular el poder salvífico de la Palabra de Dios, confirmada por Su Hijo Jesucristo en todos aquellos a los que Él quiere darles vida eterna, depositando en sus corazones la fe necesaria, para que le acepten como su único y perfecto Salvador.

Si uno no quiere creer en Cristo, aun la misma Palabra de Dios, le vale como excusa para afianzar su estúpida incredulidad. Estos judíos formados en las Escrituras no entendían el profundo significado del día de reposo, sólo conocían la letra de esa Palabra, pero “la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6). Estas palabras salieron de la boca de uno de los fariseos más preclaros de todos los tiempos, el após­tol Pablo. Pero a pesar de esta contundente sentencia sigue habiendo muchos, que sólo se acercan a Dios por la letra de Su Palabra, la cual manipulan a su antojo, en pro de su propia muerte, y de aquellos que se deleitan en sus manipulaciones.

Jesús a este hombre le dice:

“Mira has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (v. 14).

Aquellos que hemos tenido la gran dicha de haber sido sanados por creer la Palabra de Dios; y hemos visto en nosotros mismos esos efectos maravillosos de su poder, debemos permanecer fieles a esta Palabra, dejando a un lado de una vez por todas a los manipuladores de esa Palabra, porque cuando les hicimos caso, ningún bien nos han traído, sino muerte. Si hemos sido sanados, no pequemos más, dudando del poder salvífico de Su Palabra en la fe de Jesucristo.

“Mi Padre hasta ahora trabaja, y Yo trabajo” (v. 17).
Esta es la razón del éxito de su Palabra, el mismo Padre y Su Hijo Jesucristo obran por medio de Su Palabra. Esto es algo que deja fuera de juego, a los que simplemen­te se quedan con la letra de la Palabra, como les pasaba a los fariseos, que “procura­ban matar a Jesús” (v. 16), porque no conocían de la Palabra más que la letra.

Pero Jesús les mostraba el verdadero poder de Dios en Su Palabra, y esto era inacep­table para ellos, porque eso significaba que Dios era “Su propio Padre, y Él era igual a Dios” (v. 18).

Hoy han aparecido grupos que niegan que Jesucristo es el Hijo de Dios, y Jesús dice:

“El que no honra al Hijo, no honra al Padre” (v. 23).

¿Por qué, pues, se llaman testi­gos de Jehová, si niegan a Dios en Su Hijo Jesucristo? Son testigos de mentira, no de la verdad, que es Cristo. Si no honran al Hijo, no pueden honrar al Padre.

Otros añaden una nueva revelación, haciendo del nombre de Jesucristo un simple camuflaje para vender su sórdido error.

¿Por qué se llaman iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días, si niegan lo que Jesucristo nos reveló del Padre, sustituyéndolo por una falsa revelación nacida del hombre de mentira? No son de Jesucristo, porque “no perseveran en la doctrina de Cristo, no tienen a Dios” (2 Juan :9v); por tanto no son santos, están puestos para jui­cio en el último día.

Otros de antiguo dan más importancia a sus definiciones papales o de iglesia, que a la Palabra de Dios y de Su Hijo Jesucristo. ¿Por qué, pues, se llama una, santa, cató­lica, apostólica y romana, si no permanece en la Palabra del único Santo, ni es fiel a la doctrina de los apóstoles? Roma no permanece fiel a la Palabra de Dios, su nom­bre auténtico es infidelidad, Madre de las rameras, la ciudad que se asienta sobre siete montes (Apocalipsis 17).

Todos estos trabajan para su humana organización, pero no admiten, hoy y ahora, el obrar del Padre y del Hijo.

Todos estos no se pueden maravillar de las obras que el Padre muestra por medio de la fe en Su Hijo, porque han sustituido la obra del Padre en Su Hijo, por métodos de religión humana.

Qué tremendo error dejar la obra de Dios, en la que Dios muestra su amor al Hijo (v. 20), obrando el Padre en aquellos que creen en Su Hijo. Así vemos que el Padre obra y el Hijo obra igualmente, en los que creen.

“Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán” (v. 25).
Esta es la gran obra de Dios por medio de Su Hijo Jesucristo, ahora es:

“cuando a los que estábamos muertos en delitos y pecados nos dio vida juntamente con Cristo… por medio de la fe” (Efesios 2).

Este, ahora es, se actualiza para todo hombre o mujer que quiera ser sanado por Jesucristo, y ver así como el Padre y el Hijo obran en el creyente, hoy y ahora. Los judíos, que nos muestra este capítulo cinco, no se pudieron maravillar de estas obras de Dios, porque no oyeron la Palabra de Jesús, y no creyeron al Padre que hablaba en el Hijo, por eso siguieron en su condenación, no pasaron de la muerte a la vida. Estos hombres perdieron su “ahora”, no seas tan insensato que desprecies tu oportunidad de “ahora”; porque aún es tiempo de que los muertos (en delitos y pecados) oigan la voz del Hijo de Dios. Más ese oír es para vida, como fue para el paralítico sanidad, el oír la voz de Jesús.

Con toda contundencia Jesús dice:

“El que oye mi Palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (v. 24).

¿Cómo van a creer en Dios y en Su Hijo, cuando no se le presenta la verdadera Palabra de Jesucristo, y lo que oyen son fórmulas o consideraciones de hombres, que ocultan la Palabra de Dios?

Pero los que hacen están privando a los oyentes de la vida eterna. Tan gran­de responsabilidad nos tiene que hacer firmemente fieles a la Palabra de Dios; y a la vez contundentes en refutar con amor a los que tergiversan la sana doctrina de Jesucristo.

Si ponemos tanto empeño en mantener esta vida física perecedera, ¿cuál no debe ser nuestro empeño en guardarnos para vida eterna? ¿y si tanto esfuerzo parece hacer la humanidad, para tratar de conservar vidas humanas, cuál no debe ser nuestro celo por llevar la pura Palabra de Dios; para que oigan la voz del Hijo de Dios, y creyendo ten­gan vida eterna?

El Señor Jesús nos dice que, este “ahora”, es el tiempo de pasar de muerte a vida por la fe en El. Pero también nos habla de otra “hora”.

“No os maravilléis de esto; porque vendrá “hora” cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz” (v. 28).
Jesús anuncia cosas maravillosas que pasarán al final de los tiempos, la “hora” que el Padre tiene señalada. Los muertos de los sepulcros o de cualquier lugar que se encuentren (o nos encontremos) oirán su voz. Si ya era maravilloso, lo que Jesús decía a las gentes, de que el que creyese en Él tendría vida eterna, cuánto más, si los mis­mos que están en los sepulcros han de resucitar.

Esta es una de las verdades que, tal vez, los llamados creyentes tengan más diluida en su modernismo consumista. Pero no por eso deja de ser menos cierta, y a la vez maravillosa, capaz de eclipsar todo lo alucinante de nuestro mundo actual. En el rostro de los hijos de Dios se nota esa certeza de resurrección de vida, capaz de suscitar en los otros el interrogante, ¿qué saben éstos, para que sus rostros reflejan esa seguridad?

Sí, esa es la seguridad de las promesas de Jesucristo, “el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a Sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:21). Pero sólo alcanzarán esta resurrección de vida, aquellos que ahora vivan por el Espíritu y en el Espíritu mediante la fe.

La garantía de esta resurrección es Cristo mismo. Porque él mismo murió y resucitó para que todos aquellos, que creen en Él vivan por Él, y un día sean manifestados con Él; cuando Él se manifieste en gloria como el Juez de vivos y muertos.

¿Quién, pues, acusará a los que creen en Cristo, si Cristo mismo los justificó con su muerte de Cruz?

¿Quién les va a condenar, si Cristo los da por inocentes llevándolos en Su propia san­gre?

Los que vivimos “AHORA” en Cristo, seremos en aquella “HORA” manifestados con Él en gloria.

 

Fuente:
Elsie Vega

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