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La esperanza del cielo

“La esperanza del cielo” basado en Apocalipsis 21:1-8. ¿Qué frágiles somos, no es cierto? Pero Dios no lo es. A Él nada lo toma por sorpresa, nada se escapa de Sus planes, y lo que me da consuelo: Él no permite que pase nada que no sea para Su gloria y nuestro bien.

Apocalipsis no debe darnos miedo; Apocalipsis no es un libro de terror. Apocalipsis es un libro que termina diciendo “Felices para siempre”. Apocalipsis se escribió para un grupo de iglesias que estaban siendo perseguidas, con el propósito de que esas iglesias tengan esperanza.

Este libro lo escribió “El anciano Juan”, “el discípulo amado” de nuestro Señor Jesús y el más joven de los apóstoles. Juan había experimentado ya la muerte de sus colaboradores cercanos. Cuando él escribió Apocalipsis, dice la tradición de la Iglesia que él había sido lanzado en aceite hirviendo y sobrevivió milagrosamente, y que por eso lo enviaron a Patmos. Es dee allí que él escribe Apocalipsis, no para asustar, sino para confortar.

El deseo de Juan, el deseo de Dios para con este libro, es que tú y yo, al leerlo, salgamos con un mayor deseo de Dios, un mayor agradecimiento por el evangelio, una mayor dependencia del Espíritu, un mayor anhelo por el cielo, y una mayor esperanza para el día a día.

Yo creo firmemente que los cristianos vivimos vidas más rutinarias porque no estamos emocionados por lo que nos espera en la eternidad. Y creo que una razón importante para eso es porque no hablamos suficiente del cielo.

Dios me salvó a los 12 años, por lo que yo era un joven cristiano con muchas preguntas. Pero había una que tenía por meses y no me atrevía a hacer. Un día decidí acercarme a mi hermano que era creyente y preguntarle, “Si en el cielo vamos a estar adorando todo el tiempo, ¿uno no se va a aburrir allá?”

Lo que usualmente llega a nuestra cabeza son cosas como angelitos rosados, un coro celestial que canta, nubes y tal vez pajaritos, arpa y pianos… Amado hermano, si esa es la esperanza que tenemos, no vamos a poder soportar el calabazo en que vivimos.

Pero ahí viene Apocalipsis y nos cambia la foto: nos muestra una realidad infinitamente mejor que lo que podemos soñar. “Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe.” (Apocalipsis 21:1) Nota qué tan diferente es lo que nos dice la Biblia de lo que usualmente creemos.

Verás, la idea de nuestra cultura es que uno se muere y el alma de los cristianos sube y el de los pecadores baja, ¿cierto?  Pero eso no es lo que tenemos aquí. Vemos que esta nueva realidad, porque la primera realidad ya pasó, desciende del cielo. No es el hombre subiendo, es Dios bajando. Esto es totalmente sorprendente, y a la vez no es algo nuevo; pues de manera similar como en Jesús, Dios descendió a los hombres para llevarnos a Él.

Ahora, nota, ¿qué desciende del cielo? Una Ciudad Santa. Apocalipsis es el final de la historia que empezó en Génesis; son como las dos caras del libro. Nota que Génesis empezó con un lugar majestuoso, donde todo era bueno y había completa paz: un jardín, el Jardín. La historia de la Biblia es una de progreso y avance: pasamos de un hermoso jardín a una una ciudad santa, una ciudad que tiene la gloria de Dios.

El apóstol Juan nos está dejando ver que al final de la historia los creyentes vamos a morar en un lugar mejor que donde estuvieron Adán y Eva. Nos vamos a vivir a la ciudad santa que va a descender del cielo a una nueva tierra y el pasaje nos dice que Dios mismo habitará entre nosotros.

Quisiera llamarles la atención a la realidad de que el primer habitante de la ciudad ya nos dijo más o menos cómo son las cosas. La Palabra dice que Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20). El Jesús resucitado es la primicia de lo que nosotros seremos en la eternidad. Él es el primero y más importante habitante de la Santa Ciudad y ese Jesús tenía un cuerpo glorificado.

Eso nos apunta a esta realidad: en el cielo tendremos relaciones unos con otros. Así como era posible reconocer a Jesús en Su cuerpo glorificado (Juan 20:16), nosotros tendremos un cuerpo como el de Él (1 Corintios 15:49-53), nos reconoceremos unos a otros, y no solo eso, también reconoceremos a los santos que ya han muerto.

Para mí es increíble pensar que me voy a sentar a hablar con Charles Spurgeon, Jonathan Edwards, Agustín, y con muchos de mis hermanos de quienes podré aprender por la eternidad, algunos de los cuales ya han dormido. Todo el que ha perdido a alguien en Cristo puede pensar en esto y tener esperanza.

Lo más asombroso es que en la eternidad voy a poder ver a mi esposa de frente, y la voy a amar más de lo que la amo hoy, pero yo voy a amar a cualquier otro cristiano igual como la amo a ella (Mateo 22:30). Ese nivel de intimidad tendrá cada cristiano con cada cristiano: mayor que la intimidad, que la conexión, que el amor que un esposo tiene con su esposa hoy. Qué paraíso.

¿Qué más hay en una ciudad? Hay trabajo. Tal vez te sorprenda que va a haber trabajo en el cielo, pero no hay ninguna razón para pensar que no. Cuando Dios creó el Jardín del Edén, era un lugar perfecto donde todas las cosas funcionaban para el bien de Adán y Eva, y los animales se sometían a ellos, y las frutas eran increíblemente buenas, y no había pecado. Allí Dios ordenó al hombre trabajar al ejercer domino sobre la tierra y nombrar los animales.

Lo que sucedió en Génesis 3 es que el pecado corrompió e hizo más difícil el trabajo. Pero el trabajo no es una consecuencia de la caída: es parte del diseño de Dios, quien esta hora todavía trabaja (Juan 5:17).

El trabajo que haremos en el cielo no será como el de ahora, donde la tierra nos da problemas. Más bien será un trabajo que disfrutemos, que seremos perfectamente capaces de hacerlo bien, sin pesar ni dolor ni quejas. Un trabajo que entenderemos y que resultará excelente.

También habrá comida y bebida y risas y compartir y música. Los mejores chistes que nunca se hayan dicho se dirán allá; chistes sanos sin ningún tipo de pecado. La mejor comida que jamás haya existido (Marcos 14:25; Apocalipsis 22:1-3). Al tener cuerpos glorificados, las mejores competencias de deporte se harán allá, sin importar quién “gane”, y nadie va a perder. Tendremos una naturaleza sin pecado. Podremos ver y tocar los leones y las ballenas y los canguros y las avestruces, todas al servicio del Hijo del Hombre y sus hermanos.

En el cielo va a estar todo lo que toda la vida hemos deseado pero nunca podemos alcanzar. 

Un último detalle, el más importante de todos: lo que hace al cielo el cielo es que Dios va a estar ahí. Él será la luz que ilumine; Él será quien nos diga qué trabajos haremos; Él estará en nuestras reuniones, y será el centro de nuestras conversaciones. Dios será la razón de nuestra alabanza y nuestro gozo.

Dios mismo habitará en medio nuestro; la misma presencia de Dios estará ahí. Ese sentimiento que lo más que hemos captado son sombras, que uno quisiera que durara para siempre y a lo más dura un par de horas… ese sentimiento lo tendremos por siempre. Eso que nuestras almas más anhelan, el sentimiento más profundo de cercanía y de intimidad, de plenitud y de paz, de sabiduría y de gloria…

Tendremos toda la eternidad para aprender de Él, y después de mil años de aprendizaje, apenas estaremos en el principio de la uña del meñique del conocimiento de Dios y seguiremos con todas las ganas del universo de seguir aprendiendo. No para tener más conocimiento, sino para poder apreciar cada vez más y mejor lo increíble de Su sacrificio en la cruz (Apocalipsis 5:9-14).

Entonces, ¿qué vamos a hacer en el cielo? Lo mismo que le pregunté a mi hermano: adorar a Dios. Pero recuerda que adorar no es solo levantar las manos: al hablar, al reír, al leer, al vivir. Eso es lo que haremos por la eternidad: adorar a Dios con todo lo que somos y con todo lo que hagamos, con todo lo que pensemos, con todo lo que anhelemos. Dios por fin y para siempre será NUESTRO TODO.

Eso, mi hermano, debe darte esperanza. Eso debe transformar la manera en que ves tu vida hoy. Eso debe transformar la manera que vives tu vida hoy. Podemos decir que tenemos por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son dignas de ser comparadas con la gloria que en nosotros se ha de revelar. Tenemos por cierto que las mayores bendiciones del tiempo presente no son dignas de ser comparadas con lo que Dios tiene preparado para los que le amamos.

¿Dime si eso no te da deseo de vivir un día más? ¿Sabiendo que cada día estamos más cerca, mucho más cerca, de la venida de nuestro Señor Jesús? Hoy está más cerca le cielo que ayer.

¡Ven Señor Jesús!

Fuente:
Jairo Namnún

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