
¿Cuándo fue la última vez que recibiste amor sin condiciones ni reservas?
Mi hijo de seis años me recordó recientemente lo importante que es este tipo de amor. Una mañana, cuando salíamos de casa, mi hijo me dijo tímidamente: «Papi, te quiero porque… porque… te quiero». Luego me abrazó y nos subimos al automóvil.
Las palabras de mi hijo me sorprendieron. En nuestra familia, nos animamos mutuamente con frases como «Me encanta lo valiente que eres» o «Me encanta lo especial que me haces sentir» cuando salimos por la mañana. Por eso me costó saber si en ese momento a mi hijo no se le ocurría nada que decir, si solo estaba listo para tomar su mochila e ir a la escuela, o si realmente sentía algo profundo. Pero durante los cuarenta minutos que duró mi trayecto al trabajo, seguí dando vueltas a sus palabras.
Te quiero porque te quiero. Así es como nuestro Dios nos ama también.
El amor de Yahvé
Mis pensamientos esta mañana se dirigieron a Deuteronomio 7. En este capítulo, los israelitas acamparon en las llanuras de Moab, anticipando su entrada en la tierra prometida. Los años de peregrinaje por el desierto habían terminado por fin, y Moisés quería que recordaran lo lejos que Yahvé los había llevado. El amor de Dios por ellos es asombroso: «El SEÑOR no puso Su amor en ustedes ni los escogió por ser ustedes más numerosos que otro pueblo, pues eran el más pequeño de todos los pueblos; más porque el SEÑOR los amó y guardó el juramento que hizo a sus padres, el SEÑOR los sacó con mano fuerte y los redimió de casa de servidumbre, de la mano de Faraón, rey de Egipto» (vv. 7-8).
Peter Craigie dice que el amor que Yahvé siente por Israel es misterioso. Es un amor peculiar y especial. Moisés deja en claro que la base de ese amor no se encuentra en el tamaño o la fuerza de los israelitas. Nada intrínseco a Israel fundamenta el amor de Dios. Más bien, el Señor les profesa Su amor simplemente porque los ama. Más aún, Moisés fundamenta el amor de Yahvé en el pacto que hizo con los patriarcas. El Señor cumple Su juramento colmando a Israel de amor y bendiciones.
Israel no es impresionante, sus cuarenta años en el desierto son prueba de ello. ¿Cómo podía Yahvé seguir amándolos con tanta persistencia? Cuando nosotros somos pecadores y poco impresionantes como Israel, ¿por qué Él nos ama a nosotros con tanta persistencia?
Es Su naturaleza
Para responder a esa pregunta, debemos reflexionar sobre el carácter y la naturaleza de Dios. La Biblia nos dice que Dios es amor (1 Jn 4:8). Las tres personas de la Trinidad —el Padre, el Hijo y el Espíritu— se han amado entre sí desde antes de que el mundo existiera (Jn 17:24). Dios no puede no amarse a sí mismo. No es un ególatra, sino que, como argumenta John Piper, es simplemente el único Ser del universo digno de Su propio afecto.
Moisés fundamenta el amor de Yahvé en el pacto que hizo con los patriarcas. El Señor cumple Su juramento colmando a Israel de amor y bendiciones
Dios es amor, y le encanta extendernos Su amor. El amor del Dios trino se desborda en nuestras vidas cuando Él crea, habla y salva. Recibimos este amor de Él, y Él nos llama a extenderlo a los demás.
Michael Reeves dice: «En la Trinidad, Dios es el amor detrás de todo amor, la vida detrás de toda vida, la música detrás de toda música, la belleza detrás de toda belleza y el gozo detrás de todo gozo». Estamos cautivados por el amor y la belleza de la Trinidad. Pero, lamentablemente, al igual que Israel, seguimos tratando de demostrar que somos dignos del amor de Dios.
No porque seamos impresionantes
En una época narcisista, nuestra inclinación natural es enorgullecernos. Difundimos la mejor versión de nosotros mismos en las redes sociales y damos demasiada importancia a nuestros talentos y éxitos. Como los pavorreales, mostramos nuestras plumas para que todos las vean.
No estoy seguro de qué es lo que te parece impresionante. Para algunos, es la cantidad de educación o experiencia laboral que tienes. Puede ser hacerse un nombre a través de la influencia, la fama y el poder. En una cultura consumista, el dinero y las posesiones ocupan los primeros puestos de la lista: las casas, los coches, los juguetes y los viajes nos hacen ver muy bien.
En el día a día, las personas que nos rodean suelen querernos por nuestro éxito y nuestros talentos. Nos elogian por ellos. Pero ¿te amará más el Señor si tu carrera despega y tu cuenta bancaria crece? ¿Está Su amor ligado al estado de tu matrimonio o al comportamiento y los logros de tus hijos?
El mensaje de Moisés nos da la respuesta: No. El amor de Yahvé no depende de factores externos. Él simplemente te ama porque te ama, y punto. No son tus cualidades impresionantes las que atraen Su mirada. Isaías declara las palabras de Dios: «Pero a éste miraré: / Al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante Mi palabra» (Is 66:2). Tu yo idealizado no impresiona a Dios, pero tu humildad y tu fe atraen Su atención. Aunque es natural que te apoyes en tu fuerza mientras vives la vida cristiana, en realidad, la debilidad es el camino.
El amor tiene un fundamento firme en Dios
No estamos en las llanuras de Moab esperando entrar en Canaán, pero anhelamos constantemente el amor y el favor del Señor. Nuestras almas lo necesitan desesperadamente. Afortunadamente, el amor que necesitamos tiene un fundamento firme en el carácter de Dios y en la elección de Su pueblo para Sí mismo.
Tu yo idealizado no impresiona a Dios, pero tu humildad y tu fe atraen Su atención
Las palabras de mi hijo me sacudieron esa mañana. Me recordaron el gran amor que tenemos en la Trinidad. El Padre nos ama al elegirnos: «Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos» (1 Jn 3:1). El Hijo nos ama con el mismo amor que recibió del Padre. Jesús les dijo a Sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así también Yo los he amado; permanezcan en Mi amor» (Jn 15:9). Además, «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado» (Ro 5:5).
El amor de Dios no depende de mi comportamiento ni de mi fuerza, sino que fluye de Su naturaleza, del amor que Él tenía en Sí mismo antes de la creación del mundo. En la plenitud de los tiempos, el Padre derramó Su amor enviando a Su Hijo para salvarnos (Jn 3:16; Gá 4:4-5). Gracias a la obra consumada de Jesús a nuestro favor, podemos permanecer en ese amor por toda la eternidad.
Me había acostumbrado a que mi hijo me admirara por mi fuerza: «Te quiero, papá, porque eres fuerte» eran las palabras que inconscientemente quería oír, pero necesitaba escuchar un mensaje diferente de mi hijo… y de mi Dios.
Soy amado simplemente porque Dios es amor y, querido cristiano, dondequiera que estés hoy, tú también lo eres.



