
Vivir en el cristal de Cristo es permitir que su luz penetre hasta lo más profundo de nuestro ser. No se trata solamente de cambiar hábitos, conductas o actitudes externas; se trata de permitir que Cristo transforme nuestro interior.
Cuando su presencia ocupa el corazón, comienza a cambiar nuestra manera de pensar, de hablar, de actuar y aun de tomar decisiones. Su verdad confronta lo que necesita ser corregido, su amor sana lo que está herido y su paz nos enseña a caminar sin depender de las circunstancias.
Vivir en Cristo también significa reflejar. Que quienes nos rodean puedan ver, a través de nuestra manera de vivir, algo de su amor, su verdad, su misericordia y su paz.
La transformación que Cristo produce no es una apariencia exterior. Es una obra que comienza dentro y termina manifestándose en nuestra manera de vivir.
Hoy pregúntate:
¿Estoy permitiendo que Cristo transforme verdaderamente mi interior, o solamente estoy cambiando lo que los demás pueden ver?
Que Cristo no sea solamente lo que mostramos, sino Aquel en quien verdaderamente vivimos.



