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Tu vida Cristocéntrica como fiel testimonio de Su vida

Si Dios me dijera que solo me queda un mensaje más para predicar antes de morir, elegiría este: «Tu vida Cristocéntrica como fiel testimonio de Su vida». No lo escogería porque lo considere más elocuente o profundo que otros mensajes compartidos anteriormente, sino porque creo que, ya sea que provenga de mí o de otra persona, este mensaje contiene la cura para todos los males que aquejan a la Iglesia hoy.

Una afirmación como esta puede parecer ambiciosa, pero cuando hayas terminado de leer entenderás por qué lo digo. La realidad es que no seremos testigos fieles de la causa de Cristo hasta que nuestras vidas sean completamente cristocentricas, es decir, hasta que estén totalmente centradas en Cristo.

Lamentablemente, para la gran mayoría este año comenzó de la misma manera que terminó el anterior. Me refiero a que muchos terminan y comienzan cada año con anhelos insatisfechos, frustraciones no resueltas, incertidumbre sobre el futuro, gozo insuficiente y un propósito de vida que no está muy claro. La gran pregunta es ¿por qué? ¿Por qué muchos hombres y mujeres terminan y comienzan el año con el mismo sentimiento de vacío y añoranza a pesar incluso de sus repetidos triunfos?

Bueno, es que la búsqueda de la felicidad ha estado presente en la humanidad desde que Adán y Eva fueron expulsados del jardín del Edén y es una búsqueda aparentemente insaciable. Y ese sentimiento de que nos falta algo por alcanzar también existe en el corazón de muchos creyentes. Esto es algo muy triste, pero es real y la siguiente ilustración quizás pueda ayudarte a entender mejor lo que queremos comunicar.

Cuando el uso de relojes con manecillas era más común, solíamos escuchar su particular sonido cuando se movían: tic, tic, tic. Si abres el reloj, en su interior encontrarás lo que las hace moverse. Y mi pregunta para ti como creyente es: ¿Qué te hace moverte cada mañana al despertar? ¿Qué te motiva? O como dirían en inglés, what makes you tic? Te voy a dar un adelanto, si después de que Cristo te ha dado la vida eterna, lo que te hace mover cada día es algo terrenal, estás viviendo la vida equivocada.

Sin duda, la búsqueda de la felicidad es tan antigua como la humanidad. Sin embargo, el ser humano no sabe cómo buscarla y muchas veces ni siquiera el cristiano parece encontrarla. Creo que los autores del libro The Cross Before Me han puesto el dedo en la llaga al afirmar que: «La felicidad es la comunión con Dios. Y el camino a esta comunión es el camino de la cruz»1. En otras palabras, el camino para encontrar la felicidad tiene forma de cruz.

Jesús lo dijo de esta manera:
«Llamando Jesús a la multitud y a Sus discípulos, les dijo: “Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí y del evangelio,la salvará”» (Marcos 8:34-35).

Sin cruz no hay cristianismo. Sin cruz no hay redención. Y con la cruz de Cristo, pero sin la nuestra, no somos uno de Sus discípulos.

En Juan 12 se registran palabras aún más explícitas:
«23Jesús les respondió: “Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. 24 En verdad les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto. 25 El que ama su vida la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna. 26 Si alguien me sirve, que me siga; y donde yo estoy, allí también estará Mi servidor; si alguien me sirve, el Padre lo honrará”» (Juan 12:23-26).

Jesús decidió revelar claramente que en el reino de los cielos, el camino a la gloria no es hacia arriba, sino hacia abajo. El grano de trigo tiene que caer en tierra y morir, y luego dar mucho fruto.

La búsqueda de la felicidad, la libertad y la satisfacción del ser humano parece inalcanzable, incluso para muchos de los hijos de Dios, por una razón: todavía nos falta morir a nuestras voluntades; nuestros deseos; nuestros derechos, nuestras metas; nuestros planes; nuestros sueños; nuestros anhelos; nuestra búsqueda de reconocimiento y aplauso por parte de los hombres; y a nuestro sentido de triunfo en la carrera de la vida.

Jesús murió como un perdedor; como un Mesías derrotado; y, para muchos, como un impostor que se hacía pasar por Dios. Y no fue hasta que fue crucificado y sepultado que tres días después salió del sepulcro y dejándolo vacío comenzó Su ascenso a la gloria. Y luego, pero no antes de Su muerte, Dios lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre (Filipenses 2:9-11).

La cruz de Cristo le costó todo, porque tuvo que entregar incluso Su vida. La salvación nos es ofrecida gratuitamente; pero obtenerla nos costará todo (Lucas 14:26).Y Dios nos hace una pregunta hoy: ¿Has muerto como el grano de trigo?

Me temo que la mayoría de los hijos de Dios hicieron profesión de fe pensando en evitar la condenación eterna y nada más. Pero si en el momento de nuestro encuentro con Cristo lo único que teníamos en mente era ser salvos de la condenación, esa es una forma utilitaria de desear a Cristo simplemente para beneficio personal y nada más.

Permíteme explicarte algo acerca de la salvación: fuiste salvo de Dios, por Dios y para Dios. Fuiste salvo de Dios porque fuiste salvo de la ira de Dios. Fuiste salvo por Dios porque fuiste salvo por la obra de Dios en Cristo. Y fuiste salvo para Dios porque fuiste salvo para vivir Su propósito y no el tuyo. Por eso Cristo habló de que antes de tomar una decisión por Él debemos calcular el costo y luego decidir. Seguir a Cristo te va a costar todo y eso implica vivir una vida cristocéntrica.

En Filipenses 1:19-25 quedó plasmado el testimonio de vida de un hombre común y corriente que nos ayuda a entender cómo luce una vida cristocéntrica o la vida de un hombre que ha sido crucificado con Cristo. Este texto bíblico representa la filosofía de vida de Pablo, que fue articulada desde una prisión.En su epístola a los filipenses, Pablo deja claro desde el principio lo satisfecho que estaba incluso tras los barrotes, ya que debido a su encarcelamiento, toda la guardia pretoriana llegó a enterarse de la razón por la cual estaba en prisión: la proclamación del evangelio. Y el versículo 20 registra una de las declaraciones más radicales que jamás haya salido de sus labios, y tiene que ver con que su único deseo en la vida era que Cristo fuera exaltado en su cuerpo, ya sea por vida o por muerte.

Pablo tenía un solo interés: exaltar, proclamar, magnificar y dar a conocer a Cristo en toda Su grandeza y esplendor. En otras palabras, su anhelo era engrandecer la imagen de Cristo ante los hombres sin importar cuánto le costara. Para eso vivió Pablo y ese también debería ser nuestro propósito en la vida. Y Pablo entendió que podía hacerlo mediante su vida, si Dios le concede más tiempo en la tierra, o mediante su muerte.

En otras palabras, a Pablo no le interesaba cómo, dónde o cuándo iba a morir, su interés era que una imagen gigante de Aquel que lo acompañó hasta el momento de su muerte quedara bien grabada en los demás. Con esto, Pablo estaba copiando el modelo de Cristo.

Cuando Jesús murió en la cruz, magnificó al Dios Trino. Él magnificó:
La justicia de Dios que crucificó al Hijo.
El amor de Dios hacia pecadores ingratos.
La gracia inmerecida de Dios hacia personas destituidas.
La misericordia de Dios hacia personas condenadas a un infierno que merecían.
La fidelidad de Dios que había prometido un Mesías Redentor.

Pablo anhelaba hacer esto porque Cristo era su aliento de vida; su motivación para hacer ministerio; su fortaleza para batallar en la vida; la base o el fundamento de todo lo que hacía; el eje sobre el cual giraba toda su vida; su propósito, su meta, su dirección y su visión. Por eso, en Filipenses 1:21, Pablo afirma: «para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia». Cuando Cristo interceptó la vida de Pablo, todas sus ideas, proyectos, agendas, propósitos y planes fueron permanentemente interceptados, cambiados y transformados. Desde ese momento, Pablo pasó a vivir una vida transformada por Cristo; empoderada por Cristo; dirigida por Cristo y consagrada a Cristo.

Cuando vivimos de esa manera, cada momento de nuestra existencia, cada experiencia y cada circunstancia de nuestra vida se evalúa en función de cómo afecta o no afecta la causa de Cristo. Y cada decisión se toma después de ver cómo ese paso que vamos a dar se relaciona con Cristo. Esta forma de pensar, no solo simplifica nuestra vida, sino que la coloca en otro nivel, en otra dimensión y en otra dirección. Así luce una persona con una vida cristocéntrica. Así luce la trayectoria de una vida cruciforme. Así piensa una persona que analiza toda su vida bajo el lente de la cruz.

La cruz de Cristo debe redefinir toda nuestra vida. De hecho, Su cruz invierte y redefine todos los valores de la vida. Bajo la cruz:

Fracasar es tener éxito en las cosas que no importan.
El éxito es vivir el propósito para el cual fuimos creados.
La belleza interna tiene más valor que la externa.
No queremos fama para nuestro nombre; más bien deseamos hacer famoso el nombre de Cristo.
No medimos la riqueza en dólares o euros, sino en términos de bendiciones celestiales.

Hermanos, después de que Cristo dejó Su gloria, después de nacer en un pesebre y morir en una cruz, después de pasar de Señor a siervo… no podemos valorar la vida en términos de prestigio, comodidad, privilegios y derechos. La vida de Jesús mostró cómo luce la buena vida y nos dejó ver cuán pecaminosa y moralmente decadente es la vida que llamamos buena y apetecible. De manera que, la cruz no fue simplemente el instrumento de salvación, sino también el instrumento de redefinición.

La cruz de Cristo redefine toda la vida y Pablo tenía esto en mente cuando afirmó que «si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas» (2 Co. 5:17). Una cosa es tu vida sin Cristo y otra muy distinta es tu vida en Cristo. Hemos sido crucificados con Cristo. Hemos sido llamados a vivir Su vida y no la nuestra. En otras palabras, todas las decisiones que vayamos a tomar y los pasos que vayamos a dar necesitan estar relacionados a la persona de Cristo.

Si la Biblia es cristocéntrica de principio a fin, no puede ser que nuestra vida, comprada a precio de sangre, no sea cristocéntrica. Cada pasaje de las Escrituras guarda alguna relación con Cristo y hasta que no hayamos encontrado cuál es esa relación, no hemos entendido bien el pasaje. De la misma manera, cada decisión en tu vida debe guardar una relación con Cristo. Hasta que encuentres la relación que tus planes guardan con Cristo, estarás tomando decisiones personales que no han sido consultadas con tu Dios y Señor. Si Dios es quien hace sus planes, estará inclinado a bendecirlos. Pero si haces tus planes y luego se los llevas a Dios para que Él los bendiga, estás usando a Dios de manera utilitaria, como si Dios sirviera a tus propósitos y no al revés.

Si Cristo no es quien dirige cada decisión en tu vida, cada vez que das un paso, aquello que te motivó a hacerlo es tu dios funcional, y con ello niegas el señorío de Cristo y te conviertes en un idólatra. ¡No lo hagas! No te conviene tener un ídolo en competencia con el Señor del cielo y la tierra.

«Para mí el vivir es Cristo»
La razón por la que Pablo llegó a decir «para mí el vivir es Cristo» se explica en varias de sus cartas de manera similar. Pero Gálatas 2:20 revela claramente el motivo de esta afirmación:

«Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).

En este solo versículo Pablo explica nuestra unión con Cristo y establece dos grandes verdades:

«Con Cristo he sido crucificado».
«Ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí».

La expresión «Con Cristo he sido crucificado» implica que todos los beneficios posibles que la cruz de Cristo trajo han sido aplicados al creyente.

En la cruz, Cristo pagó la deuda moral que teníamos con Dios. Ya no somos deudores.

En la cruz, Cristo triunfó sobre el pecado, lo que significa que ya no somos esclavos del pecado, aunque todavía luchamos para vencer su influencia sobre nosotros.

En la cruz, Cristo abrió el camino a Dios y gracias a Él tenemos comunión íntima con Dios a pesar de no poseer ningún mérito.

Todo esto se debe a nuestra unión con Cristo. Fuimos crucificados con Cristo (Gál. 2:20); sepultados con Cristo (Ro. 6:4); hemos resucitado con Cristo (Col. 3:1); estamos sentados con Cristo en los lugares celestiales (Ef. 2:6); somos coherederos con Cristo (Ro. 8:17) y nada nos separará del amor de Dios que es en Cristo (Ro. 8:38-39).

En la vida cristiana, ser crucificados con Cristo también implica no volver a mirar atrás porque, como dijo Jesús, nadie que ponga la mano en el arado y mira atrás es digno de seguirlo. Y no volver a mirar atrás implica no volver a disfrutar de nuestra vida anterior; no volver a desearla; no encontrar satisfacción en ella; y no sentirnos atraídos por esa forma de vida anterior.

La segunda verdad establecida en Gálatas 2:20 es que al ser crucificados con Cristo, hemos perdido nuestra vida para ganar otra. Por eso Pablo afirma: «ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí».Entonces, si ya no somos nosotros quienes vivimos, sino Cristo en nosotros, ¿por qué insistimos en hacer nuestra voluntad? ¿Por qué insistimos en tomar decisiones para obtener beneficios terrenales en vez de tomar decisiones que procuren el reino de Dios primero?

Hemos sido crucificados con Cristo y ya no existimos como una entidad separada de Él. De manera que, el vivir la vida que Cristo compró para nosotros es nuestro llamado; nuestro deber; nuestra obligación; nuestra responsabilidad; y nuestro privilegio. Cuando entendemos y abrazamos esta verdad podemos decir con Pablo: «y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí».

Pero si aún no te queda claro la razón por la que necesitamos vivir una vida cristocéntrica, presta atención a las palabras de Pablo a los Colosenses:

«Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios»(Col. 3:3).

Nuestra unión con Cristo es la razón para decir junto con Pablo: «Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil. 1:21). Ciertamente, la frase «unión con Cristo» no está en la Biblia, pero el concepto está explicado de diversas formas y de manera repetitiva. La expresión «en Cristo» aparece más de 90 veces en el Nuevo Testamento, sin contar las frases «en Él» y «en quien», usadas para referirse a Cristo.

Si estamos en Cristo, esto implica que:
No podemos continuar tratando de escribir nuestra propia historia.
No podemos seguir trillando nuestro propio camino;
No podemos embarcarnos en proyectos que Dios no haya aprobado previamente.

La realidad es que Sus bendiciones se encuentran en el camino de la obediencia y requieren una renuncia incondicional de toda nuestra vida personal para abrazar Su vida de manera igualmente incondicional.

Fuente:

Fuente:
Dr Miguel Núñez

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