
La fe es más que una simple creencia; es una fuerza viva que nos impulsa a actuar y a confiar en que Dios cumplirá Sus promesas, aun cuando las circunstancias parezcan adversas.
La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”(Hebreos 11-1).
Cuando te miras a ti mismo a través de los ojos de la fe, comienzas a verte como Dios te ve: amado, escogido y diseñado con un propósito eterno. Esa revelación sana el alma y fortalece el corazón para avanzar sin temor.
La fe nos enseña a esperar con paciencia, confiando en que Dios sigue teniendo el control. Aunque el tiempo parezca un enemigo, la fe nos recuerda que “todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios” (Romanos 8:28).
Cada paso de fe es un acto de amor hacia Dios y hacia nosotros mismos, porque reconocemos cuánto valemos para Él: tanto, que entregó Su amor eterno, a Su Hijo y a Su Espíritu para guiarnos.
La fe siempre produce resultados, porque descansa en un Dios fiel que nunca falla. La fe no solo crece, camina.