
Guatemala, nación conocida como la Tierra de la Eterna Primavera, atraviesa hoy una de las horas más difíciles de su historia reciente. Los altos índices de criminalidad, violencia y asesinatos están afectando profundamente todos los ámbitos de la vida nacional: el político, social, económico, cultural y turístico. El pueblo vive bajo amenaza constante, sumido en el temor, la incertidumbre y una grave crisis económica que ha provocado la migración masiva de miles de guatemaltecos en busca de seguridad y sustento para sus familias.
La violencia ejercida por pandillas y estructuras criminales —a través de extorsiones, terrorismo psicológico y ataques incluso a edificios gubernamentales— ha sembrado pánico y ha paralizado al país, llevando al Gobierno a decretar estados de sitio, mientras el pueblo permanece indefenso y vulnerable.
Sin embargo, Guatemala le pertenece a Cristo.
La iniquidad y la maldad no pueden ni deben prevalecer.
Esta nación ha sido grandemente bendecida por sus raíces cristianas y por la presencia de múltiples denominaciones evangélicas fundamentadas en el amor y el temor de Dios. No es aceptable que el enemigo de nuestras almas continúe avergonzando, sometiendo y oprimiendo a toda una nación y, en especial, al pueblo cristiano.
Los gigantes de violencia y maldad que se han levantado para destruir Guatemala no triunfarán. Es tiempo de poner un alto, de erradicar de raíz toda obra de tinieblas. Las pandillas no pueden seguir amedrentando, sembrando terror y dominando con impunidad.
Esta tribulación que vive la nación debe llevarnos a una profunda reflexión espiritual: a sensibilizar los corazones, a quitar la dureza, a abandonar el corazón de piedra y volvernos a Dios con todo el corazón. Hoy más que nunca, las iglesias cristianas están llamadas a unirse en oración y clamor, dejando a un lado divisiones, para levantar una sola voz delante del trono de Dios.
No puede ser que las estructuras criminales tengan más poder que las autoridades, ni que una nación entera viva de rodillas ante la violencia. Es urgente buscar ayuda, ejercer justicia y restaurar el orden, pero sobre todo clamar a Dios con sinceridad y humildad, para que Él traiga paz y seguridad a Guatemala.
Oramos para que Dios conceda a los gobernantes sabiduría, honestidad y temor de Dios, libres de ambiciones de poder, corrupción, egoísmo y enriquecimiento ilícito; para que gobiernen con justicia, misericordia, amor al prójimo y verdadero compromiso con el bienestar del pueblo.
Desde Tabernáculo Prensa de Dios, República Dominicana, nos unimos a este clamor y hacemos un llamado a la Iglesia, dentro y fuera de Guatemala, a interceder sin cesar por esta nación amada.
Que Guatemala vuelva a Dios.
Que la paz de Cristo gobierne la nación.
Que toda la honra y toda la gloria sean sólo para Dios.



