
Cuando oyes casualmente conversaciones que tocan temas espirituales, a menudo escucharás dos palabras: «Para mí». Aparecen tan pronto como la discusión se centra en afirmaciones sobre la verdad y la falsedad: «Para mí, Dios existe, y creer en Dios me parece lo correcto». O bien: «En mi experiencia, para mí, Jesús es el mejor camino hacia Dios». La introducción de esas dos palabras personaliza y relativiza lo que se está diciendo.
No es necesariamente incorrecto personalizar y relativizar un tema. Cuando se pregunta qué ropa debe llevar alguien o qué dirección tomar en la sala de juntas, decir «para mí» indica que estoy compartiendo una opinión subjetiva. En algunas situaciones, eso es aceptable: las consecuencias de que mi opinión sea aceptada o rechazada son mínimas.
Pero cuando la conversación se centra en la existencia de Dios, las afirmaciones de Cristo o la verdad del evangelio, añadir «para mí» puede ser problemático. Cuando entramos en el ámbito de la verdad y la falsedad, la ortodoxia y la herejía, el pecado y la justicia, no estamos simplemente haciendo una afirmación que es cierta para nosotros; estamos diciendo algo real sobre el mundo. Esas dos palabras, pronunciadas de forma incorrecta en el momento inadecuado, suavizan una afirmación de verdad y la convierten en una mera cuestión de creencia personal.
No sorprende que hoy en día la gente celebre la importancia de «decir» o «vivir» su verdad. Cuando alguien dice «necesito decir mi verdad», lo que quiere decir es: «necesito hablar con sinceridad sobre lo que he experimentado». Y eso es algo bueno. Pero en cuestiones relacionadas con la religión y la espiritualidad, cuando rodeamos la palabra «verdad» con adjetivos como «mi» y «tu» y nunca llegamos a afirmar una verdad, nos alejamos del imperativo bíblico de predicar el evangelio como una verdad objetiva y accesible al público. Insinuamos que nuestra perspectiva es solo una de las muchas opciones viables.
Quiero examinar más de cerca esta evolución y su desafío para la misión cristiana en Occidente. Cuando hablamos de Jesús o compartimos el evangelio, la mayoría de la gente hoy en día dará por sentado que estamos hablando de una fe privada y personalizada, como si les estuviéramos pidiendo que adoptaran el mismo pasatiempo. Solo estoy diciendo «mi» verdad o compartiendo la identidad religiosa que funciona «para mí».
Sin embargo, el verdadero evangelismo va más allá, ya que anuncia las buenas nuevas que no pueden reducirse a una preferencia personal o a una espiritualidad privada, sino que confronta al oyente con una elección, y esa confrontación presenta un desafío a la hora de compartir el evangelio.
Cómo llegamos aquí: la influencia de la Ilustración
Para comprender cómo hemos llegado hasta aquí, debemos hacer un recuento histórico que nos lleve hasta la Ilustración. Esta tradición filosófica consideraba a la razón humana como el pináculo de la historia y la implementación de la ciencia y la tecnología como un acelerador hacia un futuro mejor. Immanuel Kant (1724-1804) definió el proyecto de la Ilustración en un párrafo citado con frecuencia:
La Ilustración es la salida del hombre de su inmadurez autoimpuesta […], la incapacidad de usar el propio entendimiento sin la guía de otro. […] ¡Atrévete a saber! (Sapere aude). «Ten el valor de usar tu propio entendimiento» es, por lo tanto, el lema de la Ilustración.
Según Kant, el problema de la humanidad es la ignorancia dependiente, la incapacidad de usar el entendimiento sin la guía de otra persona. Observa, entonces, que su solución es el pensamiento independiente: «Atrévete a usar tu propio entendimiento». El camino de la ignorancia dependiente es cobarde; el camino del pensamiento independiente es valiente.
El verdadero evangelismo anuncia las buenas nuevas que no pueden reducirse a una preferencia personal o a una espiritualidad privada
Es imposible en un solo ensayo evaluar plenamente la influencia de la Ilustración en nuestra sociedad. Y no debemos pasar por alto los numerosos beneficios que nos ha aportado esta búsqueda del conocimiento. Pero es una mezcla heterogénea. Consideremos cómo estos tres aspectos del pensamiento ilustrado han influido profundamente en nuestra sociedad y, por extensión, cómo han afectado la forma en que llevamos a cabo nuestra misión.
1. La razón humana sustituyó a la revelación como el fundamento de la moral universal.
Los pensadores de la Ilustración buscaron una forma de adoptar y promover una vida moral que no dependiera de una realidad trascendente más allá del mundo actual. ¿Existe alguna forma de establecer una sociedad moral basada en la razón, aparte de la revelación divina? ¿Puede ese camino ser la base de una civilización universal?
Vemos el fruto del pensamiento ilustrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948. Si leemos el preámbulo y luego los artículos —que forman una declaración de la dignidad intrínseca de la humanidad como base de los derechos humanos—, vemos una visión moral establecida como normativa para todas las civilizaciones, pero sin ninguna referencia a Dios o a un poder superior. Es un magnífico ejemplo del pensamiento de la Ilustración: la búsqueda apasionada de un estándar moral universal basado en la razón humana autónoma (la razón independiente de Dios), no en la revelación divina. ¿Quién necesita a Dios? Podemos tener éxito, ser morales, felices, realizados, virtuosos y (rellene el espacio en blanco) sin Él.
2. La religión se consideraba un obstáculo para crecer en conocimiento.
Si tratamos de establecer la moralidad y el conocimiento aparte de la revelación divina, vamos a mirar con recelo las creencias religiosas tradicionales. Es posible que sigamos apreciando el cristianismo por algunas de sus enseñanzas morales, pero debemos cuestionar la dependencia de la sociedad de la religión, la cual se redefine como una superstición y un mito insidiosos. El erudito de la Ilustración Peter Gay escribe:
El mito solo podía entenderse con compasión después de haber sido completamente conquistado, pero en el transcurso de su conquista había que enfrentarlo como al enemigo […]. La Ilustración tuvo que tratar la religión como superstición y como error para poder reconocerse a sí misma.
En los entornos seculares actuales, una presunción común es que estamos en el camino hacia mayores alturas del conocimiento humano, y recorrer este camino requiere que nos alejemos de las religiones del pasado y de cualquier dependencia de la revelación sobrenatural.
Esto no significa que la Ilustración progrese a medida que la religión declina o viceversa. Charles Taylor argumenta que la secularidad no llegó como resultado de la erosión constante de la fe religiosa; en cambio, podríamos definir la secularidad como una sociedad en la que la fe dejó de ser axiomática. Lo que cambió no es que las personas ya no crean, sino que una gran parte de ellas considera que la incredulidad es una opción legítima.
Una vez que la fe deja de ser axiomática, la razón y la ciencia suelen acudir rápidamente como árbitros (supuestamente) objetivos en todo tipo de disputas, lo que da lugar a una división entre los hechos y los valores. Los valores son subjetivos y la moralidad es una invención. En cambio, la ciencia es objetiva y los hechos son indiscutibles.
El cristianismo se reduce a creencias y valores privados, el cual puede florecer como una subcultura para las personas que desean participar en ese tipo de cosas, pero no tiene fundamento para hablar de lo que está sucediendo en las otras esferas de la vida humana. La religión se reduce a un asunto privado y personal, íntimo e importante, pero no algo que pueda salir a la luz pública. Puede ser «verdadera» en el sentido de que me da sentido y propósito —«verdadera para mí»—, pero no es «verdadera» en el sentido objetivo: la verdad sobre nuestro mundo.
3. La utilidad y el dominio se convirtieron en el nuevo telos de la humanidad.
Una tercera característica del pensamiento de la Ilustración implica un cambio en los fundamentos de la teoría moral que deja a la humanidad sin un telos, es decir, un fin o objetivo común.
En el pasado, la gente creía que la naturaleza tenía un propósito y que un estudio más profundo nos ayudaría a descubrir no solo las leyes científicas, sino también las morales. Pero una vez que quedó claro que la moralidad no podía «demostrarse» en el mismo sentido que los experimentos científicos, la sociedad perdió el sentido de su propósito. Cada uno debe descubrir el significado por sí mismo. Somos libres: del pasado, de las supersticiones, de la religión, de las enseñanzas morales obsoletas, de la formación de comunidades, de cualquier cosa que nos inhiba. Pero ¿para qué somos libres? ¿En qué nos convertiremos? No hay una respuesta clara.
¿Qué le sucede a la religión cuando la sociedad pierde el sentido de para qué sirve la humanidad? Las personas comienzan a ver su fe no en términos de su veracidad general, sino en términos de su funcionalidad o de los efectos que tiene en sus vidas. Si el propósito de la religión es mejorar tu vida, y no decirte la verdad sobre nuestro mundo, entonces puedes juzgar una religión en función de su utilidad.
Si el propósito de la religión es mejorar tu vida, entonces puedes juzgar una religión en función de su utilidad
Esta idea de utilidad va de la mano con los intentos de la sociedad moderna de dominar el mundo y hacerlo «controlable». Esa es la palabra empleada por el filósofo alemán Hartmut Rosa, quien cree que esta esperanza y deseo de hacer que el mundo sea controlable es «la fuerza cultural propulsora» de la vida moderna. Seguimos un camino particular para poner el mundo bajo nuestro control:
- Hacer que el mundo sea visible, es decir, hacerlo conocible, ampliar nuestro conocimiento de lo que existe
- Hacerlo físicamente alcanzable o accesible
- Hacerlo manejable
- Hacerlo útil, ponerlo a nuestro servicio […], convertirlo en un instrumento para nuestros propios fines
El problema, tal y como lo ve Rosa, es que una vez que intentamos hacer que el mundo sea controlable a todos los niveles (accesible, manejable y útil), empezamos a verlo como una serie de objetos que debemos conocer, alcanzar, conquistar, dominar o explotar, y este control mata la maravilla del mundo. Nos lleva a experimentar lo que Max Weber denominó «desencanto». La experiencia de sentirnos vivos, de encontrarnos verdaderamente con el mundo (lo que Rosa llama «resonancia»), se nos escapa. El mundo se convierte en algo muerto sobre lo que actuamos, no en algo que pueda llamarnos la atención o llevarnos a ese sentimiento de asombro y admiración.
Esta tendencia hacia el dominio y el control afecta no solo nuestra forma de ver el mundo, sino también la manera en que vemos la fe religiosa. Comenzamos a juzgar a la religión en función de su utilidad, de nuestra capacidad de presionarla para que sirva a nuestros propósitos.
Navegando por el desafío de la religión privatizada
¿Qué significa todo esto para la iglesia actual? Un análisis del panorama nos llevará a reconocer varios factores que deben influir en nuestra misión y evangelización.
1. Ofrecemos un encuentro real con un Dios real.
La respuesta a nuestro mundo desencantado no es una iglesia desencantada. Desgraciadamente, este fue el enfoque del liberalismo teológico en los siglos XIX y XX. Al reducir las Escrituras a algo menos que la revelación divina de Dios y aplanar la Biblia hasta convertirla en un mero registro de la experiencia humana de lo divino, el liberalismo despojó a la iglesia de su poder.
Richard Niebuhr resumió de manera famosa el resultado: «Un Dios sin ira llevó a hombres sin pecado a un reino sin juicio a través de los ministerios de un Cristo sin cruz».
Pero para no criticar a los teólogos liberales, debemos señalar el giro pragmático que experimentaron muchos evangélicos conservadores en el siglo pasado, en el que se restó importancia a lo sobrenatural en favor de lo que parecía más práctico, dando la impresión de un Dios manejable y predecible que nos reafirma en nuestros deseos más profundos, nos ofrece una pizca de trascendencia y bendice todos nuestros esfuerzos. En algunos casos, el evangelio se instrumentalizó con fines políticos. Las iglesias que aún se aferraban a la enseñanza ortodoxa sobre Dios y Su revelación se asemejaban poco más que a asociaciones voluntarias para el activismo social, ya fueran guerreros culturales de la derecha o recaderos de la izquierda.
En contraste con estos enfoques, la iglesia debe recordar que lo que ofrecemos al mundo, más que cualquier otra cosa, no es un programa para una vida mejor, buenos consejos para obtener ganancias económicas, un enfoque saludable para la crianza de los hijos, un ancla moral para el mundo o un plan socialmente activo para hacer del mundo un lugar mejor o erradicar la injusticia. Los cristianos pueden participar en todos estos esfuerzos y más, pero el único elemento no negociable es este: la iglesia ofrece un encuentro real con un Dios real. Nuestro propósito no es compartir algo que funciona para nosotros, sino convocar al mundo a adorar al único Dios verdadero y vivo.
En el centro de la fe cristiana no está la experiencia personal, sino la revelación divina. Dios se ha dado a conocer en el mundo. Sin embargo, debido a que esta revelación es real, se manifiesta en poderosas experiencias personales, por las cuales nos encontramos a nosotros mismos al perdernos a nosotros mismos en la adoración a Dios.
Nuestro propósito no es compartir algo que funciona para nosotros, sino convocar al mundo a adorar al único Dios verdadero y vivo
No podemos adorar verdaderamente a un dios que siempre afirma nuestros deseos y aprueba nuestras acciones; un dios así es equivalente a un conocido adulador que no hace más que halagar y congraciarse y, por lo tanto, no tiene ningún valor real. Pero el Dios verdadero, el Dios que vemos en las Escrituras, ha irrumpido en nuestro mundo y se ha extendido en una relación real. Este es el Dios que debemos presentar al mundo.
Christopher Watkin ha dicho que el mito de la modernidad es el mito de que no hay mitos. La idea del desencanto es en sí misma un encanto. Por lo tanto, el mundo desencantado necesita una iglesia que pueda ser un profeta, no solo un capellán de una cultura en declive: una iglesia llena de confianza en que Dios es real y se ha revelado a Sí mismo. Una iglesia que desenmascara el intento de encontrar la plenitud solo en fuentes inmanentes en lugar de en las trascendentes. Una iglesia que se preocupa por las Escrituras y la doctrina porque hemos encontrado al Dios verdadero y vivo, y queremos adorarlo correctamente. El objetivo principal de la iglesia no es la funcionalidad, sino la adoración.
2. «Lo que funciona» será a menudo nuestro punto de partida, pero no puede ser nuestro punto final.
¿Cómo procedemos cuando la mayoría de las personas en nuestra sociedad no se preguntan si una religión determinada es «verdadera», sino si «funciona» o se siente «correcta» o «buena» para ellas?
En primer lugar, no debería sorprendernos. Hace ochenta años, C. S. Lewis notó este cambio hacia el pragmatismo:
Al dar conferencias a audiencias populares, me ha resultado casi imposible hacerles comprender que recomendaba el cristianismo porque pensaba que sus afirmaciones eran objetivamente verdaderas. Simplemente no les interesa la cuestión de la verdad o la falsedad. Solo quieren saber si será reconfortante, «inspirador» o socialmente útil.
Lo que era verdad en la época de Lewis es aún más cierto hoy en día. La pregunta de «qué funciona» probablemente será nuestro punto de partida, simplemente porque esa es la naturaleza del terreno en este campo misionero. La mayoría de nuestras conversaciones iniciales con los no cristianos no serán para demostrar la existencia de Dios, sino más bien para hablar de cómo les va en la vida, discutir si la visión cristiana de la vida es funcional o ayudarles a ver que la influencia general del cristianismo en la sociedad es positiva, no negativa.
Sin embargo, este punto de partida no debe convertirse en nuestro objetivo final. Debemos ir más profundo. Como argumentó Lewis, si solo hablamos del cristianismo en el plano de «lo que funciona» y nunca llegamos al tema de la «verdad», dejamos al cristianismo sin distinción, relegándolo al ámbito de los «buenos consejos» para una vida moral. Él escribió:
Una de las grandes dificultades es mantener en la mente de la audiencia el tema de la Verdad. Ellos siempre piensan que estás recomendando el cristianismo no porque sea verdadero, sino porque es bueno. Y en la discusión, intentarán escapar del tema en todo momento […]. Tienes que obligarlos a volver, una y otra vez, al punto real […], que el cristianismo es una afirmación que, si es falsa, no tiene ninguna importancia, y si es verdadera, tiene una importancia infinita. Lo único que no puede ser es moderadamente importante.
Por supuesto, Lewis afirmaría que el cristianismo no solo es verdadero, sino que también es bueno, hermoso y «funciona». Le habría encantado encontrarse con personas en cualquier punto de su comprensión espiritual. Si al principio tiene más sentido hablar de la belleza o la bondad del cristianismo, entonces, por supuesto, tengamos esa conversación. Empecemos por lo que funciona. Pero no nos detengamos ahí.
Podemos discutir sobre cómo funciona el cristianismo como estilo de vida o su efecto en la sociedad y la cultura, y evaluar su legado. Pero retrasar perpetuamente la pregunta sobre la «verdad» es mentir sobre la realidad. El hecho de que algo funcione no significa que sea verdadero o bueno. Cuando sea el momento adecuado, hay que insistir en la pregunta clara y candente: ¿Quién es Jesucristo?
3. Debemos recuperar el evangelismo como un acto audaz de subversión.
Aquí es donde comienza la aventura. Incluso si empezamos con la pregunta de qué funciona, en algún momento tendremos que llamar a alguien a cruzar de la muerte a la vida, a jurar lealtad a Dios, a arrepentirse del pecado y confiar en Cristo, a renunciar al Maligno y a todas sus obras. Y eso es casi inconcebible en una sociedad pluralista que relega la religión al ámbito de los valores y las preferencias.
El evangelismo real es osado por dos razones. Primero: la proclamación real y sincera del evangelio se atreve a decir lo que no se debe decir: al discutir las afirmaciones de Cristo, no estamos hablando de mi verdad y tu verdad. No; estamos hablando de un anuncio público que es verdadero para todo el mundo.
La proclamación real y sincera del evangelio se atreve a decir lo que no se debe decir
Este anuncio es poderosamente subversivo porque derriba con un hacha el gran ídolo de nuestros días: una concepción pluralista que nos permite pensar en Jesús como nuestro Señor y Salvador personal, o como el Rey de nuestros corazones, o como alguien que nos ayuda en la vida, mientras nos prohíbe afirmar que Su señorío es objetivamente verdadero para todas las personas, en todos los lugares y en todos los tiempos. Con razón da miedo. Con razón nos sentimos tentados a cualificar nuestras afirmaciones con el prefacio aceptable «para mí».
En segundo lugar, las formas robustas de evangelismo son osadas porque plantean otra afirmación ofensiva: que tú y yo estamos implicados en el asesinato del Hijo de Dios, que nuestros pecados están en la lista de acusaciones y que solo Él tiene la llave para liberarnos de nuestra prisión de culpa y vergüenza. Todos somos pecadores y no alcanzamos la gloria de Dios (Ro 3:23). Encontrarse cara a cara con esa realidad es subversivo en un mundo en el que a todo el mundo le gusta pensar en sí mismo como un héroe.
Se necesitará valor si queremos recuperar la subversión del evangelismo que Dios tenía en Su propósito. Hay algo aventurero en proclamar el reino de Dios, porque no estamos en el ámbito de mi verdad y tu verdad. Jesús es el legítimo Rey de reyes y la Biblia cuenta la verdadera historia del mundo.
La tarea de la iglesia es superar el miedo y decir la verdad con amor, encarnando la naturaleza escandalosa de nuestra proclamación con una expresión sorprendente de auténtica atención. Dios dio a los primeros cristianos la fortaleza para predicar el evangelio completo frente a la persecución.
Les dio a los cristianos de la era soviética, como mi suegro, la determinación para decir la verdad incluso bajo la amenaza de la fuerza física o el ostracismo social. Incluso ahora, les da a los cristianos del mundo árabe la resiliencia para dar testimonio, aunque el sufrimiento sea su porción. El pastor de la iglesia en casa china, Wang Yi, arrestado en diciembre de 2018 y que todavía hoy se encuentra en prisión, le dijo a su iglesia:
Ponte a prueba para ver si estás loco por el evangelio. Cuando te amenazan de muerte por el evangelio, descubres para quién vives realmente. Cuando te enfrentas al riesgo de perder tu trabajo, sabes para quién trabajas realmente. Cuando puedes perder tu fortuna y tu posición por el evangelio, descubres si estás loco por el dinero o loco por el evangelio.
Aunque en Occidente no nos enfrentamos a la amenaza de una persecución inminente, dar testimonio siempre implica un costo. La historia de Jesús se centra en la cruz, lo que significa que nuestra fidelidad adoptará una forma cruciforme. Cuando decimos que queremos ser las manos y los pies de Jesús, debemos recordar lo que les sucedió a las manos y los pies de Jesús. Experimentaremos chispas, fricciones y disonancias, pero también confiamos en que Él nos dará el valor para exaltar Su nombre, sin importar quién se nos oponga.
Si renunciamos a la verdad pública del evangelio, conformándonos con los límites pluralistas de una fe personalizada y privatizada, perderemos la aventura de la evangelización y el corazón del cristianismo. ¿Vivir mi verdad? No. Con Jesús, declaramos: «El reino de Dios se ha acercado. Arrepiéntanse y crean en las buenas nuevas».



