
La madrugada del 24 de diciembre,mientras dormía, escuché una voz suave llamándome por mi nombre. No fue una vez, sino tres veces. Esa voz, tan tierna y firme a la vez, me despertó. Sentí una urgencia en mi corazón, una inquietud espiritual que no podía ignorar. Me levanté de inmediato y comencé a clamar y orar, buscando la presencia del Señor y Su propósito en ese momento.
Más tarde, ya entrada la mañana, volvió a suceder algo sobrenatural. Mientras dormía nuevamente, fui trasladado en espíritu a un lugar celestial. Mis ojos se fijaron en el cielo, un cielo tan hermoso y lleno de majestad que me dejó extasiada. De repente, una preciosa luna apareció ante mí, brillando con una belleza indescriptible. Pero, en un instante, esa luna se apartó, y pude ver al Señor Jesús con lágrimas en sus ojos.
Allí estaba Él, llorando. Desde esa distancia celestial, me habló con palabras que penetraron mi alma: “Hija, estoy muy triste. Siento la tristeza por la depravación de muchos de mis hijos. Luego, Su presencia se desvaneció, dejándome con una carga espiritual profunda y un mensaje que no puedo guardar para mí misma.
El Dolor del Señor y Su Llamado Urgente
El mensaje que recibí no es solo una exhortación, sino también una expresión del amor y la compasión de Cristo por la humanidad, especialmente por las mujeres. En su corazón, Jesús lleva el dolor de ver cómo muchas han sido alejadas de Su diseño divino, engañadas por las corrientes de este mundo y heridas por el pecado y la desesperanza. Su tristeza refleja su profundo deseo de restaurar, sanar y redimir a todos sus hijos.
Este mensaje es un llamado a la Iglesia y a la Nación a levantarse con valentía en este tiempo crucial. El Señor no habla con condenación, sino con un llamado urgente a regresar a Él y a ser instrumentos de transformación en la vida de las mujeres y en nuestra sociedad. El fin de este año nos ofrece la oportunidad de reflexionar y responder a este llamado celestial.
Para la Iglesia y la Nación. Un Refugio y Una Luz
Jesús nos invita a ser un refugio para aquellos que están heridos y perdidos, especialmente para las mujeres que han sido marcadas por la desesperanza. Como Iglesia, debemos actuar con amor y compasión, proclamando la verdad que trae libertad y guiando a las almas hacia el corazón de Cristo. Este mensaje nos desafía a examinar nuestras vidas, a alinear nuestros caminos con la voluntad de Dios y a interceder con fervor por una restauración profunda en nuestra tierra.
El Señor nos recuerda que no podemos ser indiferentes ante la depravación y la separación que afectan a tantos. En Él hay esperanza, hay sanidad y un nuevo comienzo. Este es el tiempo de unirnos como una nación bajo Su soberanía, clamando por un avivamiento que transforma corazones y vidas.
Una Invitación a la Oración y el Ayuno
Para cerrar este año, les invito a unirse en oración y ayuno, clamando al Señor por un avivamiento en los corazones. Que el Espíritu Santo ilumine las mentes y rompa las cadenas de la oscuridad que atan a muchos. Que el perfume de la gracia de Dios llene nuestras vidas y las de aquellos que están alejados de Su luz.
Jesús está cerca, llorando por Su pueblo, pero también extendiendo Su mano con amor y misericordia para restaurar todo lo que se ha perdido. Recibamos este mensaje del cielo con humildad y obedezcamos Su llamado con valentía. Un Mensaje del Cielo para el Fin de Año. Cristo Viene Pronto!!!