Semana Santa

Un Madero, Unos Clavos… y el Amor que Redimió al Mundo

Un madero y unos clavos no habrían tenido mayor significado si no hubiese sido por aquel cuerpo que cargó con los pecados de toda la humanidad.
Hace más de dos mil años, ese sacrificio abrió una nueva oportunidad para el hombre: una reconciliación con su Creador. Santiago 5:10

El antiguo pacto no había logrado perfeccionar al ser humano, pero entonces vino Cristo…
Un cuerpo que, antes de llegar a la cruz, fue azotado, abofeteado y maltratado en todas las formas posibles.
Un cuerpo que derramó su sangre como la mayor muestra de amor por todos nosotros.

Un cuerpo lleno de llagas…
Llagas sanadoras.
Llagas redentoras.

Heridas que vinieron a curar la enfermedad mortal de la humanidad: el pecado, esa maldición que entró desde el huerto del Edén cuando el hombre fue separado de Dios.

Cada gota de sangre pura e inmaculada derramada en aquella cruz no fue en vano.
Allí, en ese madero, se selló el fin de la condena para todo aquel que cree.

Hoy, cuando aceptamos a Cristo en nuestro corazón, morimos en el pecado y comenzamos a vivir para la justicia divina.
Y entonces, ese madero y esos clavos dejan de ser instrumentos de muerte…
para convertirse en el símbolo eterno de vida, gracia y redención.

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