
Tenemos que adoptar una ética de dar constantemente, no solamente cuando queremos que Dios haga algo a nuestro favor. Debemos dar más bien porque esa ha venido a ser nuestra naturaleza misma. Que Dios me haya convertido en un dador alegre, no una persona que da solamente cuando hay una necesidad, o cuando le conviene, o cuando quiere sacar algo de Dios. Dar y compartir debe ser algo que se desprenda en una forma natural de nosotros.
A través de los años, el pasaje de Eclesiastés 11:1 y 2 ha venido a definir mucho de mi práctica ministerial: “Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra”. La Biblia nos aconseja a ser diligentes, y siempre invertir visionariamente, con miras hacia el futuro, no sólo pensando en lo inmediato.
Siempre hay un llamado en la Biblia a no ser escaso y a “repartir a 7 y a 8”. Yo creo que el ministro, la iglesia, siempre tiene que estar sembrando en gente, siempre tiene que estar sembrando en proyectos e iniciativas de todo tipo. Siempre tiene que ponerse en zonas de incomodidad y dar y sembrar gracia en la comunidad, y despreocuparse, porque cuando menos espere muchas de esas semillas volverán en forma de bendición y provecho, en las maneras más maravillosas y más bendecidas.
Esa debe ser también nuestra conducta personal. Jesús ejemplifica ese principio, en una manera máxima. El escritor de Filipenses, Capítulo 2 dice, “Haya pues, en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús”. Dios nos llama a adoptar la misma actitud y comportamiento que hubo en Cristo Jesús, “el cual siendo igual a Dios, no tomó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, se saqueó a sí mismo, y asumió forma de hombre y fue a la muerte, y no cualquier muerte, sino muerte de cruz.
El Señor fue generoso. Se dio por nosotros. Se hizo hombre, y no solamente hombre, sino un hombre pobre; y no solamente hombre pobre, sino un hombre perseguido; y no solamente perseguido, sino un hombres asesinado; y no solamente asesinado, sino torturado. Todo por nosotros, por darnos vida, por obedecer el llamado del Padre a constituirse en mediador y reconciliador entre Dios y los hombres.
¡Y qué maravilloso que el relato no se queda ahí! Sino que dice “…. por lo cual Dios lo levantó, lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla que está en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra.”
Todo comenzó dando. Dice, “Por lo cual Dios”… Porque Él se dio, porque Él dio generosamente, porque se incomodó, porque se despojó, porque hizo algo loco que nadie puede entender racionalmente—por esa razón Dios lo levantó hasta lo sumo. Su exaltación fue inclusive más grande que su rebajamiento. Su enriquecimiento fue mucho mayor que su empobrecimiento auto inducido. El rebajarse en obediencia al Padre y por amor a los demás lo puso en posición para ser exaltado hasta lo sumo.
Esa misma dinámica se cumple en todo ser humano que adopta la actitud y el comportamiento de Jesús en su vida. Si tú vives como una persona que se da y que da siempre, tú también vas a experimentar en tu vida esa bendición de Dios que te va a ir levantando poco a poco. Va a levantar a tus hijos, tu economía; va a levantar tu mente, tus emociones; va levantar tu matrimonio, tu iglesia. Va a levantar tu ciudad.
Eso es increíble, es un misterio. En última instancia, se trata del misterio de la cruz. En la cruz, el instrumento más feo, más terrible, más cruel que se haya inventado el hombre para torturar a un ser humano, la cosa más tétrica que existe, de ese símbolo siniestro, brotó la vida. Al subirse el Señor a la cruz y despojarse a sí mismo y sentir el pecado, Él que nunca lo sintió en su ser, al ser desangrado, y estar imposibilitado de moverse, desde esa posición de impotencia total, dice la Biblia que despojó a los principados y a las potestades. El poder de Dios estaba como nunca manifestado en la impotencia de ese sacrificio. Y eso pasa cuando nosotros nos robamos a nosotros mismos, cuando crucificamos el egoísmo que es lo natural de la carne.
La auto preservación es el instinto más poderoso que hay en el individuo. Cuando uno viola el instinto biológico más poderoso de todos, que es el instinto de auto preservarse y mantener su comodidad, mantener su permanencia, su supervivencia, sus prerrogativas, cuando uno se alza en contra de ese principio carnal, terrenal, diabólico del egoísmo, uno está entrando, entonces en la zona de lo divino, donde Dios puede hacer milagros en nuestra vida.
Al subirnos a la cruz por medio de un acto de despojo personal y de preferencia de los demás, uno está, en ese momento, entrando en la misma dinámica que practicó Cristo Jesús, y un beneficio similar entonces se va a cumplir en nuestra vida. Porque así como Él también fue levantado por auto despojarse, así también nosotros seremos levantados por despojarnos a nosotros mismos en provecho de otros. Si perdemos nuestra vida en imitación de Jesucristo, la ganaremos como él la ganó.