
Apocalipsis 3:18–19 forma parte de la carta del Señor a la iglesia de Laodicea, una congregación que fue confrontada por su condición espiritual tibia y conformista. No era una iglesia perseguida ni carente de recursos, sino una iglesia acomodada, autosuficiente en lo natural, pero pobre en lo espiritual.
En medio de esa exhortación, el Señor presenta tres consejos llenos de gracia, que revelan el camino hacia la restauración:
“Yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico; y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.” (Ap. 3:18)
El oro refinado en fuego representa una fe genuina, purificada por medio de las pruebas. Es una fe que no se apoya en la comodidad ni en lo visible, sino que ha sido fortalecida en el proceso, eliminando las impurezas del orgullo, la autosuficiencia y la indiferencia espiritual.
Las vestiduras blancas simbolizan la justicia y la pureza que solo provienen de Cristo. No se trata de una justicia propia, sino de la obra redentora del Señor que cubre nuestra desnudez espiritual y nos restaura delante de Dios.
El colirio para los ojos señala la necesidad urgente de una visión espiritual clara. Es un llamado a pedir discernimiento, a ver como Dios ve, a despertar del engaño espiritual y reconocer nuestra verdadera condición delante de Él.
Luego, en el versículo 19, el Señor revela el corazón detrás de la corrección:
“Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.”
Aquí no hay rechazo, hay amor. La disciplina divina no es señal de abandono, sino de pertenencia. Es una invitación urgente al arrepentimiento, a retomar la pasión, el celo y la intimidad con Dios.
La apatía espiritual es uno de los mayores peligros para la Iglesia, porque adormece la fe y apaga la sensibilidad espiritual. Este pasaje nos recuerda que aún tenemos una elección: responder voluntariamente al llamado del Señor o enfrentar Su corrección amorosa.
Iglesia, todavía estamos a tiempo.
Es tiempo de despertar, de volver al fuego, de buscar al Señor con un corazón rendido y sensible.