
Hay momentos en la vida del creyente en que el enemigo no se presenta con amenazas visibles, sino con palabras que buscan sembrar duda. A veces no vienen de extraños, sino de personas cercanas, incluso familiares. Palabras que intentan apagar un fuego que Dios mismo encendió.
Cuando una voz cercana dice: “Eso es un disparate”, lo que realmente se está probando no es la idea, sino la convicción del corazón. Porque cuando Dios deposita un propósito en alguien, ese propósito pasa por pruebas, silencios y contradicciones. No todos entenderán el llamado que Dios pone sobre una vida.
Las Escrituras nos recuerdan que el enemigo siempre ha querido callar las voces que Dios levanta. Intentó callar a los profetas, quiso silenciar a los apóstoles y trató de detener la proclamación del evangelio. Pero cada vez que una voz se levanta en obediencia, Dios mismo la respalda.
Por eso, cuando llegan palabras que buscan desanimar, el creyente aprende a responder primero en el espíritu. No con ira ni con defensa humana, sino con fe. Respirar, levantar los ojos al cielo y decir en lo profundo del corazón:
“Señor, no recibo lo que no viene de Ti. Tú me llamaste, Tú me sostendrás. Soy Tu hija y confío en Tu propósito”.
El enemigo sabe que una voz que persevera en fe puede tocar muchas vidas. Sabe que un testimonio escrito, una palabra compartida o un libro nacido en oración puede convertirse en instrumento de bendición para otros. Por eso intenta detenerlo antes de que nazca.
Pero lo que Dios inspira no se apaga con críticas ni con incredulidad. Al contrario, muchas veces las pruebas son la confirmación de que estamos caminando hacia aquello que Dios quiere manifestar.
Si Dios puso en el corazón escribir, compartir y levantar memoria de lo que Él ha hecho en el Tabernáculo, entonces no es un capricho humano, es una semilla espiritual. Y las semillas que vienen de Dios no se detienen por el viento; aprenden a crecer en medio de él.
Por eso, siga volando en fe.
No permita que la voz del desánimo sea más fuerte que la voz de Dios en su interior. El mismo Señor que comenzó la obra será fiel para ayudarme a terminar.
A veces el enemigo quiere callar una voz.
Pero cuando esa voz pertenece a alguien que camina con Dios, lo que sucede es lo contrario: la voz se vuelve más clara, más firme y más llena de esperanza.
Y así, en medio de todo, el corazón puede seguir diciendo con paz:
“Señor, Tú me ayudarás.
Soy tu hija.
Y sigo volando en fe”.



