
En este tiempo, el Espíritu Santo nos llama a examinar la condición de nuestra mirada espiritual. No todo lo que se ve con los ojos naturales se discierne correctamente con el corazón. Hay miradas que parecen luz, pero están contaminadas por comparación, juicio y envidia; y cuando el ojo se enferma, todo el ser entra en oscuridad.
La envidia es una de las tinieblas más sutiles que opera en el alma. Nace cuando observamos el favor de Dios sobre otros y permitimos que el corazón se llene de inconformidad. Lo que no se rinde al Señor se convierte en amargura, y la amargura, si no se sana, termina afectando relaciones, ministerios y destinos.
La Escritura nos advierte que este espíritu no es nuevo. “Y sus hermanos le tenían envidia” (Génesis 37:11). José no hizo nada para merecer el odio; simplemente caminaba bajo un propósito que otros no podían comprender. Así sucede aún hoy: cuando no sanamos nuestra mirada, terminamos resistiendo la obra de Dios en los demás.
Hoy el Señor nos llama a romper con toda envidia y soltar toda amargura, a limpiar el ojo espiritual para volver a ver con gratitud, con amor y con discernimiento. Dios está levantando un pueblo con mirada sana, capaz de celebrar la gracia ajena sin resentimiento y de custodiar el favor recibido con humildad.
Que el Espíritu Santo sane nuestra visión interior, para que la luz de Cristo vuelva a brillar en nosotros y de nuestro corazón brote amor, paz y unidad, conforme a Su voluntad.
“Un corazón alineado con Dios ve con luz; un corazón herido distorsiona la visión


