
Leí algo hace poco que no pude soltar.
Una mamá escribió: «Ten paciencia. Es tu primera vez siendo madre.»
Y me quedé sonriendo un momento largo porque es completamente cierto. No importa cuántos hijos tengas. No importa cuántos años lleves en esto. Cada día es nuevo. Cada etapa es la primera vez que la vives. Cada hijo te enseña algo que el anterior no te enseñó. Siempre estás siendo madre por primera vez de algo.
Y entonces pensé en todo lo que hacemos con esa primera vez cuando es la de ellos.
Cuando están aprendiendo a caminar, no los regañamos por caerse. Los animamos. Aplaudimos cada paso tambaleante como si fuera la hazaña más grande del mundo. Cuando derraman el agua en la mesa porque sus manitas todavía no tienen la fuerza suficiente, limpiamos sin drama porque entendemos que están aprendiendo. Cuando se les caen los zapatos porque sus dedos todavía no dominan los nudos, nos agachamos y los amarramos de nuevo. Sin impaciencia. Sin juicio. Con esa ternura que sale sola cuando amas a alguien que está en su primera vez.
Tenemos paciencia para la comida nueva que no quieren probar. Para el miedo a la oscuridad que parece no tener fin. Para la rabieta que viene del cansancio y no de la mala intención. Para todas esas cosas pequeñas que desde afuera podrían parecer sin importancia pero que para ellos lo son todo.
Porque entendemos que es su primera vez siendo niños.
Pero luego nos miramos a nosotras.
Y la voz que usamos es completamente diferente.
Nos exigimos haberlo hecho mejor. Nos castigamos por el cansancio como si fuera un defecto de carácter. Esperamos de nosotras mismas lo que no esperaríamos de nadie que está aprendiendo algo por primera vez. Que siempre estemos enteras. Que siempre tengamos la respuesta correcta. Que nunca nos agotemos. Que nunca fallemos. Que seamos perfectas en un rol que nadie jamás ha dominado del todo.
Y cargamos ese peso en silencio porque de alguna manera sentimos que reconocerlo sería admitir que no somos suficientes.
Pero quiero decirte algo hoy.
Tú también estás en tu primera vez.
Primera vez siendo madre de este hijo en esta etapa. Primera vez navegando lo que estás viviendo hoy. Primera vez enfrentando esto que nadie te preparó para enfrentar. Y mereces la misma misericordia que tan naturalmente, tan bellamente, les das a ellos.
No porque seas perfecta. Sino porque la misericordia no es para los que no la necesitan.
«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana.» Lamentaciones 3:22-23
Nuevas cada mañana. No porque ayer lo hiciste perfectamente. Sino porque Dios sabe que las necesitas cada día. Y las da igual.
En el primer capítulo de Una Madre de Rodillas escribí una oración que todavía me acompaña: «Ayúdanos a rechazar el perfeccionismo y a reconocer que tu poder se perfecciona en medio de nuestra debilidad.» Porque hay algo que aprendí en todos estos años: Dios no está buscando madres perfectas. Está buscando madres que confíen en Él con su imperfección. Que se levanten cada mañana no porque lo tienen todo resuelto sino porque saben en quién han creído. El título del primer capítulo lo dice todo: Madres débiles en manos de un Dios fuerte. No madres fuertes. Madres débiles. Y eso también eres tú hoy.
Sé exactamente cómo se siente exigirte lo que no le exigirías a nadie más. Y hoy no quiero dejarte ir sin orar juntas.
Padre, hoy vengo por esta madre que tiene paciencia infinita para los primeros pasos de sus hijos pero que no se da ni una gota de esa misma paciencia a sí misma. Recuérdale hoy que ella también está en su primera vez. Que el mismo amor con el que celebra cada avance de ellos es el amor con el que tú celebras cada paso de ella. Que su cansancio no la descalifica. Que su imperfección no la aleja de ti. Que tus misericordias son nuevas también para ella esta mañana. Y ayúdala a rechazar el perfeccionismo, porque tu poder no se perfecciona en su fortaleza. Se perfecciona en su debilidad. En el nombre de Jesús, amén.
Si hoy algo de esto resonó en tu corazón, quiero que sepas que este libro fue escrito pensando en ti. No en la madre que ya lo tiene todo resuelto. En la madre real, cansada, que da todo lo que tiene y todavía se pregunta si fue suficiente. En la madre que le regala misericordia a todos menos a sí misma. En la madre que hoy necesita que alguien le recuerde que ella también merece ternura. Eso eres tú. Y para ti fue escrito esto: unamadrederodillas.com
También eres madre por primera vez hoy. Y eso merece toda la ternura del mundo.
con amor y oraciones,



