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Llamados con Amor, Formados en el Proceso

El llamado de Dios no es apresurado ni superficial…
es un llamado lleno de amor, pero también de diligencia.
Y sobre todo, es un proceso.

Todo comienza con Él.
“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.”

Fuimos escogidos por gracia… no por méritos.
Y si Él nos llamó, también nos formará.

Un servicio que nace del amor
“Yo soy la vid… separados de mí nada podéis hacer.”

Servir a Dios no es una carga,
es el fruto de una relación viva con Él.

Servimos con gozo, con humildad, sin competencia…
y con excelencia, porque Él merece lo mejor.

El propósito: glorificar Su Nombre
La unción no es para engrandecernos… es para servir.
No se trata de nuestra voluntad, sino de la suya.

Fieles a nuestro llamado
El olivo, la higuera y la vid…
todos entendieron su propósito: servir.

Hoy el Reino nos recuerda:
servir es lo que verdaderamente engrandece.

Cuidado con el orgullo
La zarza aparenta, pero no da fruto.
Hiere, impone… pero no cubre.

Nunca olvidemos:
primero somos hijos… luego siervos.

El proceso que forma el fruto
La aceituna es prensada…
la higuera es sacudida…
la uva es pisada…

Así también Dios forma nuestro corazón.
Nada es en vano. Todo tiene propósito.

Conclusión
Permitamos que Dios haga Su obra en nosotros.
Que transforme nuestro corazón…
hasta que nuestro fruto le honre.

No huyamos del proceso.
No resistamos Su formación.

Porque el llamado es por gracia…
pero el proceso nos prepara para Su gloria.

Basado en enseñanzas del Pastor Gonzalo Sanabria
Adaptado para edificación espiritual

Fuente:
TPD

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