
Una noche cualquiera, pero marcada en el espíritu, fue impartida una palabra que trasciende el tiempo. No fue solo un mensaje, fue una semilla sembrada en el corazón.
El Salmo 126-6 nos revela una dimensión profunda del Reino: hay sembradores que avanzan llorando, llevando la semilla. No es debilidad, es entrega. No es derrota, es obediencia en medio del proceso.
Las lágrimas del sembrador representan el peso de la asignación, el amor por la obra y la fe que permanece aun cuando no se ve el fruto. Porque en el Reino, toda siembra hecha en fidelidad tiene una promesa: volverá con gozo.
Hoy el Espíritu nos llama a no detenernos. A seguir sembrando, aún en medio del cansancio, de la prueba o del silencio. Porque la semilla que se suelta en obediencia, nunca cae en tierra estéril delante de Dios.
Como Zaqueo en Lucas 19:4, somos llamados a levantarnos por encima de lo que limita nuestra visión. A buscar con determinación, a posicionarnos para ver a Jesús, sin importar los obstáculos.
Y también se nos advierte en Hebreos 3:7: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.”
Porque un corazón endurecido detiene el proceso, pero un corazón sensible permite que la semilla germine y dé fruto.
Este es un tiempo de:
Sembrar con fe.
Buscar con hambre.
Escuchar con un corazón dispuesto.
El Tabernáculo se levanta como tierra fértil, donde la voz de Dios sigue hablando, donde la semilla es guardada, y donde las lágrimas no son en vano.
Y esta es la certeza que nos sostiene:
El que hoy siembra con lágrimas, mañana regresará con gozo, trayendo su cosecha en sus manos.
Sigue caminando.
Sigue sembrando.
Dios ya ha determinado tu cosecha.