
En este tiempo, el Espíritu Santo está llamando a la iglesia a volver al diseño del cielo. No es tiempo de competencia, ni de levantar nombres, ni plataformas personales; es tiempo de restaurar el altar de la unidad.
Dios no está buscando ministerios aislados, sino un cuerpo alineado, sensible a Su voz y comprometido con Su verdad. Porque donde hay unidad, Él envía bendición y vida eterna.
Hoy el llamado no es a señalar, sino a reconciliar. No es dividir, sino edificar. No es imponer, sino servir con humildad.
El Señor sigue diciendo:
“Apacienta a mis ovejas”.
No las tuyas, no las de un sistema, no las de un nombre… las Suyas.
Y esas ovejas están esparcidas, pero no divididas en el corazón de Dios.
Es tiempo de que los pastores se reconozcan como colaboradores, como consiervos, como parte de una misma obra eterna. Porque al final, todos daremos cuenta al mismo Pastor Supremo.
Que se levante una generación que no compita, sino que coopere.
Que no critique, sino que interceda.
Que no divida, sino que sane.
Porque la iglesia no es nuestra…
La iglesia es de Cristo.
Y Él viene por un solo rebaño