Articulos

La transición secular no es inevitable para tu iglesia

“Desde que mi hija entró a la universidad ya no tiene tiempo para la iglesia”, me comparte una madre medio sorprendida por el cambio repentino de su hija, una muchacha que creció involucrada con la iglesia y que ahora rara vez aparece por el lugar.

Un joven adulto me comenta con sinceridad: «La verdad es que no encuentro el sentido de comunidad en la iglesia que ahora encuentro con mis compañeros de trabajo. En la iglesia es como si todo fuera más de lo mismo. Ya no me siento parte de ella como cuando era adolescente». A él solo se le ve por la iglesia algunos domingos al año y de vez en cuando en alguna reunión social con sus amigos cristianos.

La transición secular
Los que tenemos algunas décadas en la iglesia hemos visto de cerca lo que se conoce técnicamente como «la transición secular». Los estudiosos de la religión la definen como un proceso histórico en el que una sociedad (comunidad o familia) pasa de una generación comprometida e influenciada por una religiosidad practicante, a las siguientes, en las que ese compromiso se va debilitando hasta perderse por completo.

Puede que no se pierda cierto sentido de «religiosidad» o «espiritualidad», pero estas serán bastante nebulosas, sin convicciones claras, y se habrá perdido el componente de filiación a alguna iglesia o movimiento religioso en particular. El vínculo se perderá por completo algunas generaciones después y hasta se olvidará que algún antepasado tuvo una vida religiosa significativa.

Solo la predicación fiel del evangelio bajo la unción del Espíritu Santo puede avivar los corazones
El Pew Research Center (Centro de investigación Pew) presentó hace pocos días un informe titulado «Cómo la religión declina alrededor del mundo». En el artículo señalan que la población afiliada a cualquier religión se está desvaneciendo en una gran cantidad de países.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención es el siguiente dato: «Bajó [la afiliación religiosa] más considerablemente en países como Australia (17 puntos), Chile (17), Uruguay (16) y Estados Unidos (13)». Dos de los cuatro países con la caída más alta en afiliación religiosa son de América Latina. Una situación así era inimaginable hace pocos años en una región tan religiosa como la nuestra.

El artículo también señala un estudio en el que los investigadores analizaron más de cien países y territorios, concluyendo que el declive religioso ocurre en tres pasos:

  1. Las personas participan menos en los servicios religiosos.
  2. La importancia de la religión declina en sus vidas personales.
  3. El sentido de pertenencia a la religión se vuelve menos común.

Ellos denominaron a estos pasos como la secuencia PIB, que en español sería PIP: Participación, Importancia y Pertenencia. Los estudiosos consideran esta secuencia como un proceso inevitable de la historia, con diferentes matices y formas dependiendo del lugar.

Mi intención con este artículo es considerar estos pasos, pero no como una secuencia inevitable, sino como un proceso evitable que debe ser analizado, más como una advertencia que como un ultimátum. Con esto espero que las iglesias tomen medidas que impidan que nos dejemos llevar por esos vientos que supuestamente llevan nuestras barcas eclesiales inevitablemente a mares peligrosos e inhóspitos, donde simplemente encallamos y dejaremos de ser iglesia para siempre.

Primer paso: Participación
No quisiera empezar ni desarrollar esta reflexión con meras recomendaciones pragmáticas que solo nos llevan a poner el énfasis en, por ejemplo, «cómo mejorar la participación numérica en las iglesias». Siempre tendemos a pensar desde la superficie y eso nos lleva a buscar soluciones externas que terminan siendo ineficaces y no resuelven el problema desde la raíz.

Las Escrituras nos enseñan que la entrada a la iglesia no es un asunto de interés humano, sino de Dios. En nuestro estado original no tenemos las más mínimas ganas de participar en ninguna iglesia, porque estamos muertos en nuestros delitos y pecados, separados de Dios, incapaces de entender las cosas espirituales y menos de buscar a Dios (Ef 2; Ro 1-3). Una buena publicidad, un buen auditorio, buena música, un predicador dotado o un servicio bien preparado puede atraer multitudes, pero solo la predicación fiel del evangelio bajo la unción del Espíritu Santo puede avivar los corazones y producir el nuevo nacimiento en un hombre o una mujer que se arrepentirá de sus pecados, creerá en Cristo como Salvador y desde entonces actuará con fe al oír la Palabra de Dios (Mt 28; Jn 3; Ro 10). ¡Sin predicación no hay participación!

El discipulado es el motor que enciende los corazones a través de las enseñanzas y el ejemplo.

La participación en la iglesia es obra del Espíritu Santo. Los que son hechos hijos de Dios por voluntad divina tienden sobrenaturalmente a mantenerse unidos a su familia espiritual, porque reconocen y obedecen la convocatoria de Dios a sus filas. En Cristo, somos hechos conciudadanos, familia y morada de Dios (Ef 2:18-22). ¡Sin obra de redención en Cristo no hay participación!

En el libro de Hechos, Lucas nos modela la participación de la iglesia de todos los tiempos al decirnos que no tiene su origen en la tradición o en la costumbre, sino en el creer. Su descripción de la participación activa de la iglesia es muy significativa: “Todos los que habían creído estaban juntos […] Día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares […] alabando a Dios y hallando favor con todo el pueblo” (Hch 2:44, 46-47a).

Lo significativo de esta descripción es que esa maravillosa participación saludable de la iglesia no era el generador de más participación (como algunos suelen creer), sino que, en realidad, Lucas concluye con una frase iluminadora: «Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos» (v. 47b). No perdamos de vista el gran secreto de la participación en la iglesia de todos los tiempos. ¡Sin la convocatoria soberana de Dios no hay participación!

Segundo paso: Importancia
Volvamos a la descripción de la iglesia por parte de Lucas: «Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración» (Hch 2:42).

Esa dedicación continua por aprender era dirigida por los apóstoles y se traducía en una mayor comunión y en una piedad más profunda. Una actividad religiosa nunca se sostendrá solo por la repetición, la costumbre o la tradición, siempre requerirá que los que las practican conozcan la razón de su importancia y sean recordados continuamente del porqué hacen lo que hacen.

Hay una frase de Martyn Lloyd-Jones que da en el blanco con respecto a este tema:
La respuesta al argumento de que la gente en esta era post-cristiana no comprende términos como justificación, santificación y glorificación da lugar a otra pregunta: ¿cuándo los ha comprendido la gente? […] La respuesta es: ¡Nunca! […] Nuestra tarea es enseñar el significado de esos términos. No son ellos los que deciden y determinan lo que se debe predicar y cómo; somos nosotros los que tenemos la revelación, el mensaje, y hemos de hacer que se entienda (La predicación y los predicadores, p. 149).

¡Sin enseñanza no habrá importancia!
Dios nos dota con un nuevo corazón para que, como dijo el profeta, «me conozcan, porque Yo soy el SEÑOR; y ellos serán Mi pueblo y Yo seré su Dios, pues volverán a Mí de todo corazón» (Jer 24:7). Ese corazón está listo para aprender y practicar lo que Dios demanda. Por eso, nuestro Señor Jesucristo dejó establecido que los cristianos mayores estamos llamados a discipular a los menores. El discipulado es el motor que enciende los corazones para que otros puedan descubrir a través de las enseñanzas y el ejemplo, «las virtudes de Aquel que [nos] llamó de las tinieblas a Su luz admirable» (1 P 2:9). ¡Sin discipulado no hay importancia!

Si no se refuerzan las verdades fundamentales, tarde o temprano se tergiversan, se minimizan y luego se olvidan

Solo se puede mantener la importancia de lo que creemos y practicamos si nos recuerdan continuamente las verdades fundamentales de nuestra fe. Muchas iglesias se preocupan por hacer conocer las verdades fundamentales de la fe a los nuevos creyentes, pero luego derivan la gran mayoría del tiempo a desarrollar temas más pragmáticos relacionados con la solución para problemas de la vida diaria.

La consecuencia de ese proceso es más que evidente. Si no se refuerzan las verdades fundamentales, tarde o temprano se tergiversan, se minimizan y luego se olvidan. Nos quedamos con una enseñanza demasiado pragmática, cuya propuesta, lamentablemente, será muchas veces inferior a la de los gurús e influencers contemporáneos que pululan las redes sociales.

El apóstol Pedro, al final de su vida y con una iglesia cristiana que había crecido por doquier, no dudó en reconocer que su ministerio final era el de la memoria, es decir, recordar continuamente las verdades que nos estimulan a permanecer en el Señor:

Por lo tanto, siempre estaré listo para recordarles estas cosas, aunque ustedes ya las saben y han sido confirmadas en la verdad que está presente en ustedes. También considero justo, mientras esté en el cuerpo, estimularlos recordándoles estas cosas, sabiendo que mi separación del cuerpo terrenal es inminente, tal como me lo ha declarado nuestro Señor Jesucristo. Además, yo procuraré con diligencia, que en todo tiempo, después de mi partida, ustedes puedan recordar estas cosas (2 P 1:12-15 énfasis añadido).

Recordar para estimular a los cristianos era una labor que Pedro entendió que debía realizar con diligencia. La palabra «estimular» es clave en su reflexión porque lo que buscaba era mantener despiertos, en funcionamiento, operativos o reactivados a los cristianos en cuanto a las cosas valiosas del cristianismo. El propósito era que ellos no perdieran el sentido de importancia de la fe.

Tengo que enfatizar que, en la medida en que van pasando las generaciones, la transmisión fiel de la verdad es necesaria para mantener la transmisión de la importancia de la fe entre los cristianos. Tanto Pedro como los demás apóstoles buscaron cumplir el propósito de estimular el valor de la fe a través del fortalecimiento de la memoria bíblica. ¡Sin estimular la memoria, la fe simplemente declina!

Tercer paso: Pertenencia
Establecer un sentido de pertenencia o propiedad con respecto a un grupo humano o una cosa es lo que facilita que lo cuidemos y preservemos, porque nos consideramos parte o lo consideramos nuestro. La arqueología siempre desentierra objetos, templos y hasta palacios que fueron valiosos, útiles, preciosos y hasta sagrados para algunas generaciones, pero que luego, por diversas razones y eventos, dejaron de sentirse así por las siguientes. Finalmente, fueron abandonados, cayeron en el olvido y luego quedaron cubiertos por la naturaleza. ¡Sin valoración la pertenencia se pierde!

Mantener nuestra adhesión a la iglesia requiere que permanezcamos en Jesucristo, nuestro Salvador y Señor

Nuevamente nos encontramos con una premisa fundamental. Nuestro sentido de pertenencia no nos pertenece a nosotros, sino al Señor. Pablo señala claramente que deberíamos ser agradecidos por compartir una herencia común producto de nuestra redención, «Porque Él nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de Su Hijo amado, en quien tenemos redención: el perdón de pecados» (Col 1:13-14). Lo que queda en claro es que el mantenimiento del sentido de pertenencia es producto de la gratitud que le tenemos al Señor, porque éramos realmente apátridas y el Señor nos concedió ser injertados y ser parte del olivo del pueblo de Dios (Ro 11:17).

Mantener nuestra adhesión a la iglesia requiere que permanezcamos en Jesucristo, nuestro Salvador, Señor y Redentor. Su llamado es enfático: «Permanezcan en Mí, y yo en ustedes». Pero también la advertencia contraria es sumamente lúcida: «Si alguien no permanece en Mí, es echado fuera como un sarmiento y se seca; y los recogen, los echan al fuego y se queman» (Jn 15:4a, 6). Enseñar, motivar, fomentar y orar para que los cristianos se mantienen firmemente unidos a Cristo es una labor primordial para impedir que el sentido de pertenencia se diluya y, peor aún, sea sustituido por costumbres y actividades religiosas (cp. Jr 2:13).

No hay mejor seguridad de pertenencia que la fortaleza del brazo seguro de Dios, como lo testifica el salmista: «Sin embargo, yo siempre estoy contigo; / Tú me has tomado de la mano derecha» (Sal 73:23). Le pertenecemos al Señor y por eso Jesucristo prometió estar todos los días con nosotros hasta el fin del mundo (Mt 28:20). No podremos alejarnos de Su presencia, estamos seguros bajo Su protección y la promesa de Jesús es múltiple para la iglesia: «Mis ovejas oyen Mi voz; Yo las conozco y me siguen. Yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de Mi mano» (Jn 10:27-28).

Todas estas son realidades espirituales que dependen de Dios y garantizan, no solo nuestra filiación, sino el hecho de que le pertenecemos porque así le ha placido. Esto es lo que debemos hacer prevalecer como verdad entre los cristianos.

La iglesia prevalecerá
Sé que existen muchas aristas para poder tratar este tema de la transición secular. Sin embargo, quisiera que este artículo sirva para establecer las razones fundacionales de por qué la secuencia Participación, Importancia y Pertenencia no depende de la situación o las circunstancias de la iglesia en cualquier cultura o sociedad, sino que depende de la verdad bíblica que permanece para siempre.

Todavía queda como tarea de reflexión para pastores y líderes las formas y prácticas que deben prevalecer en la iglesia contemporánea para que la participación, importancia y pertenencia no sean pasos inevitables para la muerte de la iglesia. En cambio, estas se convertirán en las evidencias de que la iglesia de nuestro tiempo prevalecerá y se encontrará viva y velando hasta el día en que nuestro Señor regrese por segunda vez conforme a Su promesa.

Fuente:
Pastor Pepe Mendoza

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Botón volver arriba