
Me encontraba en una mañana de domingo en la que me tocaba liderar la adoración, en lugar de nuestro pastor Bob Kauflin. Sentía un peso doble: no solo estaba guiando a la congregación, sino que además no era el líder habitual. Me preguntaba si realmente podía llevar a las personas a experimentar la presencia de Dios a través de las canciones como cuando alguien más dirigía.
Fue entonces cuando el Señor me mostró algo liberador: no soy yo, con mi estilo de liderazgo o la calidad de mi voz, quien lleva al pueblo ante el Padre; sino que es Jesús, nuestro verdadero líder de adoración.
El peso que llevamos como líderes
Muchos líderes del ministerio de música cargamos con la idea de que la calidad de la adoración (en este artículo me refiero primordialmente al canto congregacional) depende de nuestro rendimiento. Nos sentimos responsables de que la congregación tenga un encuentro real con Dios, domingo tras domingo. Pero esa carga nunca fue diseñada para que la lleváramos nosotros.
Cristo no está esperando una adoración que lo impresione, sino una adoración que confíe en Él
Bob Kauflin lo dice así: «Solamente la obra de Cristo en la cruz garantiza nuestro completo e inmediato acceso a Dios» (Nuestra adoración importa, p. 77). Pero no es un invento de él. Es algo bíblico: «Porque por medio de Cristo los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2:18). Cuando olvidamos esto, asumimos una responsabilidad que no nos pertenece y terminamos sirviendo con temor, culpa o agotamiento.
La ironía es que, mientras más tratamos de provocar una «experiencia espiritual» en nuestras fuerzas, más ansiedad sentimos por lograrlo. Algunos domingos bajamos de la tarima preguntándonos: «¿Lo logré? ¿Hubo una conexión? ¿Estuvo bien?». Pero eso no es liderazgo espiritual, es ansiedad disfrazada de celo.
Hace poco, en una clase que tengo el privilegio de dictar, un estudiante me preguntó angustiado: «¿Cómo sé que lo que hago domingo tras domingo verdaderamente es suficiente?». Todos los que lideramos la alabanza, en algún punto, lidiamos con esa pregunta. Debemos recordar la respuesta de la Biblia a esta cuestión.
Jesús, nuestro mediador perfecto
La Escritura nos recuerda con claridad quién es el verdadero mediador de la adoración. «[Jesús] es mediador de un nuevo pacto» (He 9:15) y tenemos plena libertad para entrar al lugar santísimo por Su sangre (He 10:19-22). El acceso a Dios no depende de nuestra música, nuestra preparación, ni nuestra elocuencia: depende de la obra terminada de Cristo.
D. A. Carson lo expresó así: «Nuestra adoración sólo es aceptable porque es ofrecida en el nombre de Jesús, no por la calidad de nuestra liturgia ni por la intensidad de nuestras emociones» (Worship by The Book, p. 37).
No necesitas fabricar un momento santo, sino confiar en que Dios se ha acercado a Su pueblo por medio de Cristo y tu rol es señalar hacia Él
Esto no quiere decir que la excelencia no importa. Más bien, significa que nuestra confianza no debe estar en nuestra ejecución, sino en la mediación perfecta de Cristo, quien vive para interceder por nosotros (He 7:25). Cuando entendemos esto, la plataforma deja de ser un escenario de presión y se convierte en un espacio de servicio lleno de descanso.
A menudo, los líderes de alabanza escuchamos frases como: «Esa canción me llevó al trono» o «Tu liderazgo me hizo sentir la presencia de Dios». Aunque entiendo la intención detrás de esas palabras, es importante corregir suavemente esa idea: ni la música ni el líder son mediadores. La música puede emocionar, puede servir de puente, pero no abre el camino. Cristo lo hizo.
Harold Best lo aclara así: «La música no nos reconcilia con Dios. La música no es el evangelio. Solo Jesús es el mediador» (Music Through the Eyes of Faith, p. 47). Por eso, quienes dirigimos la adoración no debemos medir una reunión por cuántas lágrimas hubo o por cuán alta fue la última nota del coro. Más bien, debemos preguntarnos: ¿apuntamos a Cristo? ¿Recordamos su obra? ¿Condujimos al pueblo a confiar en Él?
El pastor Bryan Chapell también nos recuerda que la adoración centrada en el evangelio nunca trata de manipular la presencia de Dios, sino de responder a ella con reverencia y gratitud. «La adoración no es nuestra obra para Dios, sino Su obra en nosotros» (Christ-Centered Worship, p. 85).
Descansa en Él
Como líder de alabanza tal vez has pensado alguna vez: «Si no lo hago bien, la gente no va a adorar», «¿Será que Dios me está usando si no siento que yo y los demás conectamos con las canciones?».
Si te has hecho preguntas de ese estilo, no estás solo. Pero quiero recordarte algo: Cristo no está esperando que sientas algo para llevarte al Padre. Él ya lo hizo. No está esperando que lo hagas perfecto; Él ya fue perfecto para ti. Él no está esperando una adoración que lo impresione, sino una adoración que confíe en Él.
Líder, puedes soltar el peso que no te corresponde. Puedes dejar de intentar ser el salvador del momento. Puedes recordar que Jesús ya lo es. Como escribió Sinclair Ferguson: «En la adoración, no nos presentamos ante Dios con nuestras obras en la mano, sino confiando en Aquel que está a la derecha del Padre, intercediendo por nosotros» (Solo en Cristo, p. 77).
Nuestra identidad como líderes de adoración no se basa en nuestra ejecución, creatividad o impacto. Se basa en Cristo, el verdadero líder de la adoración
No necesitas fabricar un momento santo, sino confiar en que Dios ya se ha acercado a Su pueblo por medio de Cristo, y que tu rol es simplemente señalar hacia Él. Puedes preparar con excelencia, sí. Puedes servir con pasión, sí. Pero lo haces desde la tranquilidad y el descanso, no por la presión.
Esto significa que puedes liderar con un corazón lleno de gozo y gratitud, no con temor. Puedes estar firme incluso cuando las emociones del pueblo fluctúan. Puedes levantar tu voz sabiendo que no es tu canto lo que transforma, sino el evangelio de Cristo que cantas.
Nuestra identidad como líderes de adoración no se basa en nuestra ejecución, creatividad o impacto visible. Se basa en Cristo. Él es el verdadero líder de la adoración de Su iglesia. Él es el que nos lleva al Padre. Y cuando descansamos en eso, servimos con libertad, adoramos con gratitud y guiamos con gozo.
Este descanso es la clave para una adoración centrada en el evangelio. Porque si no descansamos en Cristo, terminamos buscando nuestra seguridad en cómo nos desempeñamos el domingo. Pero si nuestra identidad está firmemente arraigada en Él, entonces no importa si hubo fallas técnicas, cuerdas desafinadas o un error en las letras. Podemos decir con confianza: «Hoy adoramos a Dios, porque Jesús nos llevó ante el Padre».
Y eso es más que suficiente.



