
En una época donde la ciencia moderna explica muchos aspectos del universo, algunos creyentes —especialmente jóvenes— se preguntan si la fe puede sostenerse frente a los descubrimientos científicos. Sin embargo, el conflicto entre ciencia y fe muchas veces nace de una confusión: esperar que ambas respondan las mismas preguntas.
La ciencia busca explicar cómo funciona el universo. Describe procesos, observa fenómenos y propone teorías como el origen y la expansión del cosmos. Pero hay preguntas que la ciencia no puede responder: ¿por qué existe el universo?, ¿cuál es su propósito?, ¿qué sentido tiene la vida humana?
Ahí es donde la Biblia habla con claridad. El libro de Génesis no fue escrito como un manual científico, sino como una revelación espiritual sobre quién es Dios, quiénes somos nosotros y cuál es el propósito de la creación. Desde sus primeras palabras proclama que el universo no es producto del azar, sino obra de un Dios soberano que crea con orden, propósito y amor.
La Escritura misma declara:
“Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos” (Salmos 33:6).
La creación muestra el poder de Dios, pero es en Jesucristo donde entendemos plenamente el sentido de todo. El Nuevo Testamento afirma que todas las cosas fueron creadas por medio de Él y para Él (Colosenses 1:16-17).
Por eso, los cristianos no necesitamos temer a la ciencia. La ciencia puede describir el universo, pero solo Dios revela su origen y su destino. Cuando cada cosa ocupa su lugar, la fe no se debilita: se fortalece.
Respuesta de Dios:
El conocimiento humano puede ampliar nuestra comprensión del mundo, pero la verdad eterna sigue siendo la misma: Dios es el Creador, Cristo es el centro de la historia y en Él encontramos el verdadero sentido de la vida.
Fuente adaptada de un artículo de Julio Padilla.
