
Mis amados hermanos, ¡qué glorioso panorama se despliega ante nuestros ojos espirituales cuando ascendemos, en humilde contemplación, a ese sagrado Monte de la Transfiguración! Imagínenlo, si pueden: nuestro bendito Señor, no simplemente brillando con luz prestada, sino emanando la gloria increada de Su Divinidad misma, ¡Sus vestiduras deslumbrantemente blancas como la luz misma! Aquí, los antiguos susurros del Siervo de Isaías encuentran su eco atronador e innegable. El profeta habló de uno en quien el alma de Dios se deleitaba, una Luz apacible para las naciones, no un martillo para quebrar, sino una mano para cuidar la caña cascada y avivar el pábilo humeante.
Y he aquí, en la cima de esa montaña, el Padre mismo, con una voz que estremeció los cielos mismos, declaró: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.» ¡Oh, graben estas palabras, queridos amigos! «Mi Hijo amado» habla de Su realeza eterna, Su trono legítimo. Sin embargo, el placer divino está arraigado en el humilde y sufriente camino del Siervo, ¡la misma imagen que Isaías pintó! Aquí está la profunda y hermosa paradoja de nuestro Rey: Su poder supremo no se revela en el poder mundano, sino en el servicio apacible, en el amor sacrificial, en el derramamiento de Su propia sangre preciosa.
Y entonces, el mandamiento, resonando claro por encima del Legislador y del Profeta: «¡Escúchenle!» Moisés y Elías, por grandes que fueran, se desvanecieron, dejando solo a Jesús. Toda autoridad, toda sabiduría, toda verdad salvadora, ahora fluye de Sus labios benditos. No hemos de elegir a nuestro antojo, sino a doblar nuestras rodillas e inclinar nuestros corazones, bebiendo profundamente del manantial de Su Palabra perfecta.
¿Cuál es, entonces, nuestro llamado, nosotros que llevamos Su nombre? ¡A escucharlo a Él, sí, pero también a reflejar Su luz deslumbrante! Así como Él fue la «luz para las naciones», así también nosotros, Sus redimidos, somos llamados a disipar la oscuridad de este mundo caído con Su verdad radiante. No ocultemos nuestra lámpara debajo de un almud, sino que hagamos resplandecer Su justicia apacible, Su compasión restauradora, compartiendo el conocimiento salvador de nuestro Siervo-Rey con cada alma perdida. Y cobren ánimo, santos, pues al abrazar este camino de servicio humilde, incluso a través del sufrimiento, caminamos en el deleite del Padre, sabiendo que nuestra labor nunca es en vano, ¡sino un camino seguro a la gloria eterna!
(Fuente: Una reflexión moderna adaptada del estilo de Charles Spurgeon)



