
En la vorágine de la vida actual, muchos buscan desesperadamente el éxito, el reconocimiento y el poder, creyendo que en ellos hallarán plenitud. Sin embargo, esta carrera desenfrenada suele conducir a un profundo vacío existencial, acompañado de inquietud, falta de paz y una falsa sensación de seguridad. Nos hemos apartado de Dios, olvidando que solo en lo sobrenatural de Su presencia reside el verdadero poder y la auténtica gloria.
Recordemos que Adán y Eva vivían en paz, cobertura y comunión perfecta en el Edén, hasta que la desobediencia rompió esa relación. Desde entonces, la humanidad ha intentado llenar ese vacío con dinero, placeres temporales y posiciones sociales, sin lograr jamás una satisfacción duradera.
La Biblia nos recuerda que el alma del hombre es inmortal y que solo al humillarnos ante la presencia de Dios, y aceptar Su amor inefable, podemos experimentar la verdadera plenitud. Allí donde el corazón se rinde, Dios establece su morada.
Como portadores del mensaje de salvación, somos llamados a comprometernos con llevar esta luz a un mundo que camina en tinieblas, recordando que no se trata de fuerza humana, sino del poder transformador del Espíritu de Dios obrando en nosotros.
En la quietud y en la confianza en el Señor encontramos el verdadero refugio. Él es el Pastor fiel que nunca falla, el que restaura el alma y guía por sendas de justicia.
Mateo 28:19–20 nos afirma en este llamado: nos hace evangelistas comprometidos con el mensaje de la salvación del alma del pecador, guiándolo al arrepentimiento y a la conversión, para que nazca un hombre nuevo y una mujer nueva, libres del yugo de la esclavitud del pecado, con un corazón que palpita conforme a la voluntad de Dios y se convierte en morada viva de Su presencia.