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El pegajoso pecado de querer siempre tener la razón

No hay pecado más pegajoso que la justicia propia, y eso es porque la autojusticia surge de nuestra propia sensación de tener la razón. Con los puños cerrados nos aferramos a ella, porque tener la razón está ligado a la visión que tenemos de nosotros mismos.

Lo sé por triste experiencia. Admitir que estoy equivocado —reconocer que las malas acciones no se compensan con buenas intenciones, o que en el calor del conflicto mi esposa o mis hijos pueden tener más razón que yo— sería como clavar una lanza en el corazón de mi autoestima. Así que desvío la atención. Me defiendo. Explico. Me justifico. Necesito demostrar que tengo razón para mantenerme erguido, elevado por encima de mis seres más cercanos. Forcejeo, tratando de mantenerme a flote por encima de las aguas del egoísmo que, de otro modo, me ahogarían.

La justicia propia es la defensa que erigimos para no perder el equilibrio y terminar noqueados. Es nuestro intento de preservar la imagen inmaculada que tenemos de nosotros mismos, de evitar que nuestra autoimagen se haga añicos.

El bagaje de la justicia propia

Uno de los episodios más memorables de la serie Todos quieren a Raymond se centra en una maleta que se encuentra al pie de la escalera. Después de regresar a casa de un viaje, Ray y Debra dan por sentado que el otro acabará subiéndola al piso de arriba. Pasan los días. Nadie mueve la maleta. Tanto el esposo como la esposa comienzan a enfadarse, ensayando todas las razones por las que es justo que el otro lleve la carga, defendiendo su caso ante otros miembros de la familia. Cada vez que ven la maleta, se convencen más de la justicia de su causa y se muestran más determinados a no ceder.

El mejor momento llega al final del episodio, cuando Ray regresa a casa antes de lo previsto de un viaje de negocios y se disculpa por su terquedad. Justo cuando parece que se ha producido la reconciliación, queda claro que la acción de Ray sigue estando motivada egoístamente. Ha vuelto a casa antes de lo previsto como muestra de arrepentimiento, con la intención de impresionar a su esposa con su bondad. Con los labios fruncidos, Debra suspira y luego anuncia que va a mover la maleta: «Seré yo quien la recoja».

La justicia propia es insidiosa y omnipresente, extiende sus tentáculos, nos atrapa y nos ciega 

En un instante, la disputa da un giro. Para Ray es inaceptable que Debra sea la razonable y madura. «¡No, no, no!», exclama. «¡Que quede constancia de que yo la recogí!». Después de todo un episodio dedicado a discutir sobre quién no va a mover la maleta, la pareja ahora se pelea por quién  la va a mover.

A primera vista, la gente se identifica con el episodio porque captura lo absurdo de los conflictos familiares de poca importancia. Pero la razón más profunda por la que destaca es que expone la naturaleza humana. Tanto Ray como Debra sienten la necesidad de salvaguardar la elevada opinión que tienen de sí mismos, de ser moralmente superiores al otro. Ya sea «yo soy mejor persona, así que no debería tener que moverla» o «yo soy mejor persona, así que seré yo quien la mueva», el conflicto se reduce en última instancia a preservar la alta autoestima de cada uno para que no se vea mermada.

Esta pasión por mantener intacta la visión que tenemos de nosotros mismos explica muchas cosas. Esa es la razón por la que nos defendemos como un reflejo natural cuando nos critican. Esa es la razón por la que a las personas de una determinada ideología política les cuesta reconocer cuando la otra parte tiene razón. Esa es la razón por la que excusamos los fracasos de los líderes que admiramos y condenamos sin reservas a aquellos a los que nos oponemos. Esa es la razón por la que, en cuestiones controvertidas, nos apresuramos a adoptar la interpretación que mejor confirma nuestras ideas previas y refuerza la rectitud de los nuestros. Es por eso que muchos de nosotros tenemos dificultades en el matrimonio, no logramos conectar con nuestros hijos o nos enemistamos con personas de la iglesia que no están de acuerdo con nosotros. Hacemos todo lo posible por mantener nuestra superioridad moral, por afianzarnos en una plataforma de superioridad moral.

La justicia propia es insidiosa y omnipresente, extiende sus tentáculos, nos atrapa y nos ciega. A menudo, nuestras motivaciones permanecen ocultas incluso para nosotros mismos. En Confesiones, Agustín observa cómo Dios da un vuelco a las valoraciones humanas del comportamiento: «Tu testimonio condena muchas acciones que reciben elogios humanos», escribe. «Porque a menudo ocurre que la apariencia de un acto contradice lo que el agente tiene en mente».

La santidad y la gracia que nos derriban

La única forma de salir de la trampa de la justicia propia es un encuentro renovado con la santidad y la gracia de Dios.

En primer lugar, está la santidad de Dios. Porque la pureza resplandeciente de la perfección divina trastoca nuestras pretensiones de rectitud. Las personas que se basan en la justicia propia pueden parecer «más santas que todos», pero esa ilusión solo funciona cuando nos comparamos con otros pecadores. A la luz de la santidad de Dios, se despoja cada trapo de justicia.

El encuentro con la verdadera santidad y la verdadera gracia es el primer paso para crecer en la justicia real

Y luego, viene la gracia de Dios. Porque comprender la gracia desde el corazón no deja lugar para la jactancia. La gracia nos derriba de nuestro pedestal, destrozando nuestra autoimagen y destruyendo la fachada de la justicia propia. Pero la gracia no nos deja en pedazos. Nos restaura y nos renueva. Ya no necesitamos aferrarnos a una imagen de nosotros mismos como menos pecadores, más perceptivos o más «correctos» que los demás. Somos libres de aceptar la verdadera imagen de nosotros mismos a la luz de la santidad que revela nuestra necesidad de gracia.

El encuentro con la verdadera santidad y la verdadera gracia es el primer paso para crecer en la justicia real. Sin embargo, el peligro de la contaminación de la justicia propia sigue estando siempre presente. Recuerda: la distancia entre la justicia y la justicia propia es un abismo, pero cruzarlo solo requiere un paso.

Cumplir la ley frente a dar gracia

La justicia propia envenena las relaciones. También lo hacen la actitud defensiva y el instinto de justificarnos. Lo que mantiene vivas las relaciones es lo contrario: la humildad, la confesión, el arrepentimiento. Cuando falles (y fallarás), no desvías la atención ni evades el tema. Dices la verdad. Permites que la imagen cuidadosamente seleccionada de tu «mejor versión» se derrumbe ante otra persona.

Cuando los demás te fallen, te enfrentarás a una elección. Puedes actuar como un guardián de la ley, exigiéndoles un estándar que tú mismo nunca has logrado cumplir. O puedes ser un dador de gracia que perdona libremente, tal como el Padre te ha perdonado a ti. La primera opción refuerza tu orgullo. La segunda lo derriba… y deja espacio para que crezca el amor.

Fuente:
Trevin Wax

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