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El desafío de la santidad. Consagración a Dios y Separación del pecado

Santidad no es sólo estar consagrado para el servicio a Dios, sino también significa desviarnos de todo lo que no es santo, en obediencia, y huir por consiguiente de la tentación y del pecado al que estaremos siempre expuestos

en el proceso de crecimiento espiritual. El cristiano debe santificarse, es decir consagrarse, pero esto no basta. Él necesita también que tal consagración llevé implícita una conducta irreprensible, testimonial, de amador de las cosas de Dios, que evite las pasiones de la carne y se someta enteramente a Él.

Pablo exhortaba a Timoteo a que ejercitara una vida cristiana divorciada de todo lo que no era santo: “Si alguien se mantiene limpio, llegará a ser un vaso noble, santificado, útil para el Señor y preparado para toda obra buena” (2 Ti 2:21).

La santidad del cristiano es la voluntad de Dios. El anhelo de Dios es que podamos expresar la vida de Cristo a través de la nuestra. Es una obra exclusiva del Espíritu Santo al nacer de nuevo, al hacernos una nueva creación cuyo pasado quedó crucificado en la cruz de Cristo. La santidad del cristiano que por obra y gracia de Dios irrumpe a una nueva vida en Cristo, es uno de los muchos milagros que Dios hace en el creyente. Somos llamados a ella. Practicarla nos permitirá vivir una vida sosegada y segura sin los temores que sobrevienen cuando dejamos de enfocarnos en Dios y nos prestamos a bailar en la comparsa desenfrenada del mundo. A través de Ezequiel Dios profetizó que nos daría un nuevo corazón y nos infundiría un espíritu nuevo (Ez. 36:26 a). Nuestra mente limitada no es capaz de comprender el misterio del nacimiento espiritual. Que el Espíritu del Dios Altísimo cohabite en nuestro ser, nos compromete a “hacer lo santo”, a enfocar nuestra conducta hacia la santidad de Dios, a tener como meta el parecernos más a Cristo.

Sí, la biblia afirma que ya somos santos pero tal separación para el servicio a Dios no es para vivir en una bola de cristal y mirar como el mundo se derrumba a nuestro alrededor mostrando indulgencia y conformidad indolente sin tomar partido en el asunto. La comunidad cristiana que entiende la santidad como el desafío de tratar de parecerse más a Cristo mientras confronta con responsabilidad las iniquidades del mundo, equipado con un arsenal de justicia y de amor por los demás, será siempre bendecida. La santidad es como tener un itinerario, una meta, un desafío que conduce irremediablemente a los pies de Cristo al mostrarnos abiertos y solidarios a los demás en nuestra manera de servir a Dios y al prójimo.

La Palabra dice que la santidad es algo que se busca y se practica, no es que ya seamos santos y se acabó. La condición de santos –separados, consagrados o santificados para Dios – no tiene validez si la expresión de nuestro caminar cristiano es contrario a la voluntad de Dios en nuestra relación con Él y con los otros. La humildad, el amor, la entrega a la causa del otro, la huida permanente del pecado, son, entre otras, virtudes cristianas que magnifican a Dios y nos santifican. En el proceso de madurez, el cristiano debe santificarse sumergido en el mundo, no a espaldas de él, siendo un agente de paz y de concordia, brindándose al ejercicio de la virtud, olvidándose de sí mismo (menguando) para que Dios crezca en su interior y se haga visible por nuestro testimonio.

La Palabra dice que “…somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). Este verso nos enseña que la dimensión de la santidad no es cosa de juegos porque pasarla por alto es irrespetar la cruz y la muerte y resurrección de Cristo. Santidad es amor fraternal, si no es sólo apariencia y vanidad. Se trata de “serlo, no parecerlo”. El Señor nos recuerda: “En cuanto al amor fraternal… Dios mismo les ha enseñado a amarse unos a otros…No obstante, hermanos, les animamos a amarse aún más, a procurar vivir en paz con todos, a ocuparse de sus propias responsabilidades y a trabajar con sus propias manos. Así les he mandado, para que por su modo de vivir se ganen el respeto de los que no son creyentes, y no tengan que depender de nadie” (1 Tesalonicenses 4:10-12).

¡Dios te bendiga!

Fuente:
Faustino de Jesús Zamora Vargas

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