
El corazón del Tabernáculo es mantener LA lámpara encendida delante del Señor.
Ese es mi gozo, ese es mi sustento: vivir conectada a mi Dios, permaneciendo en Su presencia sin importar lo que esté pasando a mi alrededor. Nada ni nadie puede apagar esa llama que Él mismo encendió en mí.
Mi vida depende de esa comunión diaria, de ese aceite fresco que viene del cielo. En Su presencia encuentro fuerzas cuando el cuerpo se cansa, paz cuando la tormenta ruge y dirección cuando el camino parece oscuro. No hay otro Dios como Tú, Jesús, no hay otro nombre que llene mi alma ni otra fuente que sostenga mi espíritu.
Esta es mi victoria: permanecer fiel, permanecer adorando, permanecer encendida.
No acepto, no permito y no permitiré que nadie se interponga entre mi adoración y mi Dios. Mi alabanza no se negocia, mi devoción no se detiene, mi lámpara no se apaga.
Alabaré a mi Señor los 365 días del año, en abundancia y en escasez, en silencio y en celebración, en lágrimas y en gozo. Porque mientras mi lámpara esté encendida, el Tabernáculo permanece vivo… y yo permanezco en Él.