
En estos tiempos, donde muchas cosas han sido redefinidas dentro de la iglesia, es necesario volver al diseño original de Dios. El altar no es un escenario, ni la adoración es un medio para atraer multitudes. El altar es un lugar santo, apartado, donde el hombre se encuentra con la presencia de Dios y donde el cielo toca la tierra.
La adoración no nació como una estrategia evangelística, sino como una respuesta del corazón redimido. Es el lenguaje de los que han sido transformados, de los que reconocen la grandeza de Dios y se rinden ante Su gloria. Cuando la adoración se convierte en un método para atraer personas, corre el riesgo de perder su esencia: la entrega genuina y la reverencia.
No fuimos llamados a entretener, sino a ministrar al Señor. La iglesia no está diseñada para producir espectáculos, sino para levantar un altar vivo donde Dios habite. Porque cuando Dios habita, entonces sí, las vidas son tocadas, los corazones son confrontados y los perdidos son alcanzados… pero como resultado de Su presencia, no de una estrategia humana.
El verdadero evangelismo no sustituye la adoración, ni la adoración sustituye la predicación. Cada cosa tiene su lugar en el Reino. La predicación anuncia, la adoración honra, y ambas deben fluir bajo la dirección del Espíritu Santo.
Es tiempo de examinar nuestros altares. ¿Estamos buscando la aprobación del hombre o la manifestación de la gloria de Dios? ¿Estamos cantando para impresionar o para rendirnos?
Cuando el altar vuelve a ser altar, la adoración vuelve a ser adoración… y entonces el fuego desciende otra vez.