
Amados amigos, reunamos nuestros pensamientos esta mañana en torno a una verdad tan profunda, que sustenta los cimientos mismos de nuestra fe: ¡la Palabra de Dios viva y dinámica! No es meramente tinta sobre pergamino, queridos, sino el mismísimo aliento del Todopoderoso, una fuerza que da vida a las promesas y ordena el caos.
Consideremos al salmista, postrado, con su alma como un vaso de anhelo. Clamó por liberación, para que el amor constante de Dios – un amor que nunca cesa, nunca se rinde, es inquebrantable, y eterno – interviniera. Su esperanza no era un deseo frágil, sino un ancla echada en la inquebrantable fiabilidad de la solemne declaración de Dios. Él sabía que el juramento pronunciado por Dios era el estándar objetivo, un vínculo divino que garantiza su integridad. ¿Acaso nuestro propio corazón no hace eco de esta confianza cuando oramos, anclando nuestras peticiones en Su carácter revelado?
Pero entonces, ¡la Palabra divina entró al mismo tiempo! ¡Oh, qué maravilla! En Capernaum, los testigos presenciales vieron a esta misma Palabra hecha carne, mandando obediencia inmediata y absoluta de las fuerzas de la oscuridad. No una mera sugerencia, sino una autoridad inherente y moral que redefinió la realidad. ¡La palabra de Jesús no solo transmite información; reconfigura activamente la creación! La rápida expulsión de los espíritus malignos fue una prueba tangible de que la esperanza ancestral se había convertido en una realidad presente y dominante en la Persona de Cristo Jesús.
¿Qué significa esto para nosotros, entonces? Significa que nuestro Señor posee toda autoridad y poder, haciendo que sus declaraciones sean innegablemente efectivas en nuestras vidas hoy. Esa verdad eterna, el *Logos*, se vuelve poderosamente activa y transformadora en nuestras circunstancias actuales, ¡un *Rhema* hablado por el Espíritu mismo! Desde la súplica del salmista hasta el mandato soberano de Jesús, vemos cómo se despliega la salvación —no sólo el rescate de enemigos físicos, sino una profunda liberación espiritual de la oscuridad, una «doble cura» que nos libera de la pena del pecado y de su propio poder.
¡Así que, mantengámonos firmes! Esta Palabra, inspirada por el Espíritu Santo, es nuestra defensa última y poderosa arma ofensiva en cada batalla espiritual. No es en la autonomía de esta Palabra, sino en la obediencia gozosa a ella, donde encontramos la verdadera libertad. Vivamos en esta realidad, confiando en la promesa eterna, experimentando la autoridad presente, y anticipando el glorioso cumplimiento, ¡pues nuestro Dios siempre habla, Su Palabra siempre salva, y Su Poder continuamente restaura todas las cosas!
(Fuente: Una reflexión moderna adaptada del estilo de Charles Spurgeon



