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Discipulemos como Jesús

Quizás leas el término discipulado y de manera inmediata pierdas interés porque piensas que es algo que no tiene nada que ver contigo, pero la realidad es todo lo contrario. Las últimas palabras de Jesús antes de Su ascensión, en el Evangelio de Mateo, fueron:

Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y ¡recuerden! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28:19-20, énfasis añadido).

Jesús nos dejó a todos la tarea del discipulado. Ahora, vale la pena mencionar que el primer llamado de Jesús a hacer discípulos no hace referencia a lo que conocemos como discipular. Un discípulo no es solo aquel a quien yo estoy discipulando, sino todo el que es un seguidor de Jesús. El discipulado no comienza con lo que yo hago, sino con lo que Jesús hizo por nosotros. Así que, para discipular, primero necesitas ser un discípulo de Jesús.

Todo discípulo necesita crecer y aprender cómo pensar, sentir y actuar de la manera en la que Jesús ha enseñado y modelado, y ahí entra nuestra labor unos a otros en el discipulado.

El que llama y quiénes responden
Al hablar de discipulado me refiero a la inversión de nuestras vidas en otros, al enseñarles las verdades de la Palabra para que puedan amar más a Jesús y andar como Él anduvo.

El discipulado es una labor que debemos llevar a cabo bajo dos motivaciones principales. La primera de ellas es el amor. Pero no el amor con el que amo a quien discipulo o con el que esa persona me ama a mí. Si ese fuera el tipo de amor que nos impulsa, sería una motivación centrada en nosotros mismos. En cambio, el amor que nos debe motivar es el amor que Cristo nos ha manifestado y nuestro amor hacia Él. Discipulamos entonces porque Él nos amó primero (1 Jn 4:19). Solo entonces, nosotros le amamos a Él.

Una segunda motivación para el discipulado es la obediencia. El amor hacia Jesús se pone en evidencia al seguir Sus mandamientos (Jn 14:15). Jesús nos encomendó esta tarea, la cual es un llamado para todo creyente, no solo para pastores o misioneros. Todo creyente está llamado a discipular a otros y, al mismo tiempo, necesita seguir aprendiendo a caminar como Jesús. Nos discipulamos unos a otros desde la realidad de nuestra propia necesidad.

¿Cómo discipulamos?
Aprender implica que alguien que sabe más que nosotros nos instruye de alguna manera. En el discipulado cristiano tenemos el ejemplo de Jesús y aprendemos de Él, quien sabe infinitamente más que nosotros. Así, Jesús caracteriza el discipulado cristiano.

1. Jesús nos busca, nosotros también buscamos.
Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse (Fil 2:5-6).

Jesús dejó Su gloria para venir a nosotros.
Muchas veces en el discipulado estamos esperando a que alguien venga y nos diga: «Quiero que me discipules». Aunque eso sucede algunas veces, ¿qué tal si, en lugar de esperar a que alguien venga a nosotros, estamos atentos a las puertas que Dios nos abre, a las personas que nos pone cerca, a la necesidad alrededor nuestro, y entonces nosotros nos acercamos?

El evangelio nos llama a acercarnos mutuamente, a actuar más por amor que por temor al rechazo.

2. Jesús escucha, nosotros escuchamos.
Esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho (1 Jn 5:14-15).

El Dios de los cielos escucha cada una de nuestras oraciones, oye nuestra necesidad, atiende nuestro clamor. Escuchar implica que nos concentramos en lo que nos dicen, nos involucramos y somos afectados por ello. Escuchar es vital en el discipulado. A veces, pensamos que el discipulado se trata de todo lo que yo pueda decir y nos olvidamos de escuchar.

3. Jesús sabe que Él es central, nosotros lo ponemos en el centro.
Designó a doce, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar, y para que tuvieran autoridad de expulsar demonios (Mr 3:14-15).

El primer propósito por el que designó a los doce fue para que estuvieran con Él.

Jesús sabía que, estando con Él, Sus discípulos lo conocerían verdaderamente y eso los iba a capacitar para todo lo demás. Nuestra prioridad en el discipulado es estar con Jesús y llevar a otros a que lo estén también. Esto significa que la Palabra es central en el estudio personal y comunitario, aconsejando para la vida diaria. Así, el discipulado no se trata de nosotros, sino de Jesús.

4. Jesús mira el corazón, nosotros apuntamos al corazón.
Jesús mismo dijo: «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; y el hombre malo, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca» (Lc 6:45).

Conocer genuinamente a alguien requiere ir más allá de lo que está a simple vista y de las conversaciones rutinarias, implica entrar a la esfera del corazón. Entonces, en el discipulado buscamos ir más allá de lo evidente, tratando de meditar en nuestras motivaciones detrás de las acciones.

5. Jesús no ignora el pecado, nosotros tampoco lo ignoramos.
Después de esto Jesús lo halló en el templo y le dijo: «Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor» (Jn 5:14).

Jesús de manera compasiva dejaba ver la realidad del pecado. El discipulado requiere que hablemos la verdad en amor unos con otros (Ef 4:15), no con el propósito de condenar, sino con la intención de restaurar a mi hermano y ayudarle a crecer a la imagen de Cristo.

6. Jesús es personal, nosotros buscamos ser cercanos.
Y estando Él sentado a la mesa en la casa, muchos recaudadores de impuestos y pecadores llegaron y se sentaron a la mesa con Jesús y Sus discípulos (Mt 9:10).

Jesús se sentaba a la mesa con pecadores. Él vino al mundo y compartió rutinas diarias con los que estaban a Su alrededor. En el discipulado no estamos para simplemente cumplir un plan y alcanzar un número de discípulos, estamos para entrar en sus vidas como siervos y amigos.

Por Su autoridad y compañía
La razón por la que podemos ir, hacer discípulos y enseñar lo que Jesús nos ha mandado es justamente por lo que el mismo Jesús dijo al principio y al final de Su encomienda: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra… y ¡recuerden! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28:18, 20).

Podemos discipular porque Aquel que tiene toda autoridad nos llama a hacerlo y porque Aquel de quien enseñamos prometió que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Fuente:
Patricia Namnún

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