
Me encantan los libros y las librerías. Las visito siempre que tengo oportunidad. Cuando llegó a una, inevitablemente me dirijo a la sección de libros cristianos si se trata de una librería a la que podemos llamar «secular». Pero una y otra vez me encuentro con dos escenarios tristes.
Por una parte, la sección de libros cristianos incluye títulos que en verdad no corresponden a esa sección. Me refiero a los llamados libros de autoayuda o mejoramiento personal. Seguro que los has visto. Son libros que prometen enseñarnos cómo trabajar en nuestro carácter, superar nuestros problemas, cómo alcanzar metas y sueños, cómo vivir la mejor vida, tener éxito, etc. Si los hojeas, verás que pueden contener algunos pasajes de la Biblia y supongo que por esa razón terminan clasificados como libros de vida cristiana. Pero ¿lo son realmente?
El otro escenario triste es que no encuentro Biblias. Cero. Nada.
¿Por qué hay tantos libros de autoayuda? Porque se venden. Porque las personas buscan cambiar, aunque lo hagan por los motivos y medios equivocados. La realidad es que vivimos en un mundo en el que los «árboles torcidos» anhelan enderezar sus troncos, haciendo uso del conocido refrán.
Todos nacimos torcidos
En el principio hubo un jardín perfecto, un lugar donde no había árboles torcidos o defectuosos, ni literal y figurativamente. Todo era bueno en gran manera (Gén 1:31). Era así porque Dios lo hizo todo. Cada flor, cada animal en el cielo o en la tierra, cada árbol grande o pequeño, todo era hermoso. Y la corona de esta creación perfecta fue el ser humano hecho a imagen y semejanza de Dios (Gn 1:27). Sin embargo, en un día fatídico, la desobediencia y la duda parecieron mejores ante los ojos de aquellas dos primeras personas. Escucharon la voz del engañador disfrazado de serpiente y lo que antes había sido perfecto, dejó de serlo (ver Gn 3).
Cristo no vino para mejorarnos; vino a morir por nosotros porque era la única solución para nuestro pecado. Él vino para hacernos nuevos
Desde entonces, tú y yo —y cada ser humano que ha caminado o que caminará por este planeta— nace torcido. Solo que la Biblia le llama de otra manera: todos nacemos con un corazón pecaminoso. Esa es la gran torcedura, el problema que no tiene solución por nuestra cuenta: «por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios» (Ro 3:23). Esa es la mala noticia. ¡Pero qué bueno que la historia no termina ahí!
Así como Dios salió en busca de Adán y Eva el día de su desobediencia (Gn 3:9), también lo hizo con nosotros. Él vino al rescate de este mundo torcido, vino a salvar a criaturas incapaces de hacerlo por sí mismas, incapaces de enderezar sus propias «torceduras». Lo hizo a través de Su propio Hijo, Jesucristo: «Pero Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5:8).
Esta es una verdad grandiosa y quisiera que no pasaras por alto esta frase: «siendo aún pecadores». ¿Te das cuenta? Cristo murió por nosotros cuando todavía nos dominaba el pecado, cuando todavía nuestras vidas eran troncos torcidos. Su salvación es por pura gracia, un regalo inmerecido por el que nunca podremos pagar, así como tampoco lo podremos ganar (Ef 2:8-9).
El único mensaje que en verdad nos cambia
Recibimos la salvación como regalo, pero la buena noticia no termina ahí. Te adelanto, la respuesta para el cambio no está en los estantes de autoayuda de tu librería más cercana.
En cada creyente Dios inicia un proceso de cambio, metamorfosis o transformación. Un proceso en el que Dios, por medio de Su Espíritu que hace habitar en el creyente, obrará para que la imagen distorsionada por el pecado sea restaurada.
Ese proceso, al que los teólogos llaman santificación, tiene como meta hacernos cada vez más como Cristo (Ro 8:29). El Espíritu Santo es el agente transformador y la herramienta que Dios usa para cambiar nuestro corazón es la Palabra de Dios. ¡El libro que no encontramos en muchas librerías, lamentablemente!
La Palabra de Dios, Su revelación escrita, tiene el poder de transformar nuestras vidas, incluyendo nuestro carácter; ellas sacan a relieve todo aquello que solo Dios puede hacer nuevo, como muy bien nos recuerda el autor de Hebreos: «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón» (He 4:12).
Pero, aunque hace todo esto, la Biblia no es un manual de autoayuda. La palabra autoayuda implica que uno mismo resuelve el problema, ¡pero nuestro problema sólo encuentra solución en lo que Cristo hizo en la cruz! Por eso la Biblia contiene una historia donde el centro es Cristo y no nosotros. Ahí está el mensaje transformador de las Escrituras, en el evangelio.
El evangelio es Cristo. El evangelio es una buena noticia para los pecadores, los cuales no pueden hacer nada por sí mismos. Cristo no vino para mejorarnos; vino a morir por nosotros porque esta era la única solución para el problema del pecado que nos separa de Dios. El evangelio es la mejor noticia que podamos recibir porque sin Cristo estamos muertos, pero con Él venimos a la vida (Ef 2:1, 4). Cristo no vino para recomendarnos, ni para ponernos un parche que nos haga lucir mejor. Él vino para hacernos nuevos (2 Co 5:17).
Cuidado con lo que lees
En los libros de mejoramiento personal, ¿quién ocupa el centro? El ser humano. Todo se trata de nosotros y Dios —en el mejor de los casos— se convierte en el coach, en el asesor personal. Pero el evangelio no es una receta para el mejoramiento personal. Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios con esta mentalidad no solo no hemos entendido el verdadero propósito de sus páginas, sino que estamos viviendo un falso evangelio. El evangelio del yo.
Si tú y yo podemos mejorarnos a nosotros mismos, ¿para qué necesitamos a Cristo y Su sacrificio? Si la vida se trata de «ser mi mejor versión», entonces la vida se trata de mí y nada más. Dios ha quedado fuera de la ecuación porque me he puesto en el centro. Es el evangelio falso que lamentablemente no solo se publica en muchos libros, sino que se predica en demasiados púlpitos.
Lo trágico de esto es que, aunque tal vez modifiquemos una conducta, cultivemos mejores habilidades para organizarnos, alcancemos ciertas metas o desarrollemos algunos hábitos, el corazón seguirá igual. Por eso te advertía que no encontraríamos la respuesta al cambio en el anaquel de la autoayuda. La respuesta está en las páginas de nuestra Biblia.
Oremos por discernimiento, por un deseo continuo de ir a la Escritura y por ojos que puedan ver la verdad del evangelio, entenderla y atesorar. Este es el único libro que con sus palabras puede enderezar en el corazón lo que el pecado torció.



