
Hoy el Espíritu del Señor nos llama a reflexionar y a responder. Cristo, nuestro Rey eterno, no está distante ni indiferente; Él gobierna desde los cielos, pero también desciende para habitar en los corazones rendidos. Hay historias que hemos tratado de escribir con nuestras propias fuerzas y capítulos que hemos querido cerrar sin permitir que Dios entre.
Pero hoy el Señor nos recuerda que Él está a la puerta y llama. No para juzgar, sino para restaurar. No para condenar, sino para sanar. Él quiere entrar en nuestra historia, tomar lo que está roto, lo que duele, lo que aún no entendemos, y transformarlo conforme a Su perfecta voluntad.
Cuando dejamos que Dios entre en nuestra historia, nada queda igual. Su presencia trae luz donde hubo oscuridad, descanso donde hubo cansancio y esperanza donde parecía no haber salida. Cada experiencia, incluso las más difíciles, adquiere sentido cuando es puesta en Sus manos.
Dios no borra nuestra historia, la redime. Él no ignora el dolor, lo sana. Él no desperdicia ninguna lágrima, sino que la convierte en semilla de propósito eterno. Al rendirle el control, nuestra vida deja de ser una sucesión de eventos y se convierte en un testimonio vivo de Su gracia y fidelidad.
Hoy es el día de abrir el corazón, de rendir la historia completa del pasado, el presente y el futuro y permitir que Él sea el Autor y Consumador de nuestra fe. Al adorarle, declaramos que confiamos en Su gobierno y que creemos que Su plan es perfecto, aun cuando no lo entendamos todo.
Cuando rendimos nuestra historia a Dios, nada se desperdicia. Él transforma las heridas en testimonio, el dolor en propósito y la espera en promesa cumplida. Dejemos que Dios entre, gobierne y escriba el final conforme a Su perfecta voluntad.
Hoy abrimos la puerta, hoy rendimos la historia, y hoy declaramos que Dios es el Autor y Consumador de nuestra fe.