
Hace poco aprendí algo sobre la natación competitiva que llamó mi atención. Los entrenadores insisten una y otra vez en una regla que puede parecer simple, pero que lo cambia todo: «No mires al nadador del carril de al lado; mantente en tu propio carril».
En esta disciplina, un pequeño giro de la cabeza tiene consecuencias enormes. Cuando el nadador desvía la mirada para ver cómo va su competidor, su cuerpo pierde la alineación perfecta que necesita para avanzar con velocidad. Ese movimiento mínimo altera la respiración, aumenta la resistencia del agua y rompe el ritmo. En cuestión de segundos, el nadador que estaba avanzando bien puede terminar perdiendo la carrera, no porque le faltara habilidad, sino porque dejó de mirar la meta para mirar al de al lado.
En nuestra vida espiritual, la comparación funciona parecido. Basta con enfocarnos en el «carril» de otro —su llamado, sus oportunidades, su historia o su alcance— para que nuestro propio paso pierda fuerza y dirección. El corazón se distrae, perdemos el enfoque y el gozo en lo que hacemos se desvanece. En medio de la comparación, en vez de correr la carrera que Dios nos dio, vivimos pendientes de la carrera que Dios le dio a alguien más.
La meta de los “nadadores” cristianos
La tentación de la comparación espiritual no es nueva. El evangelio de Juan nos cuenta cómo también le ocurrió a Pedro.
Después de la resurrección, Jesús se apareció a Sus discípulos junto al mar de Galilea y allí restauró públicamente a Pedro, quien lo había negado tres veces. Jesús le da la oportunidad de que afirme tres veces su amor por Él y, en cada respuesta de Pedro, Jesús afirma su llamado: «Apacienta Mis ovejas» (Jn 21:1-18). Entonces, el Señor anuncia a Pedro cómo glorificaría a Dios en su muerte (v. 18-19).
Jesús quiere primero nuestro corazón, no nuestras actividades
El llamado de Pedro está confirmado, Jesús le dice: «Sígueme» (v. 19), pero apenas comienza a caminar tras el Señor, mira hacia atrás y ve a Juan (v. 20). En lugar de concentrarse en su propio llamado recién reafirmado, pregunta: «Señor, ¿y este, qué?» (v. 21). Pedro hace lo que todos tenemos la tentación de hacer: comparar su historia con la de alguien más.
La respuesta de Jesús va a la raíz del problema: «Si quiero que él quede hasta que Yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme» (v. 22). Jesús no reprende la preocupación de Pedro por Juan, sino la tendencia a distraerse del llamado personal por mirar el camino de otro, recordándole que la historia de cada discípulo es soberanamente diseñada, y que la comparación desvía el corazón del foco principal: seguir a Cristo.
Un problema de enfoque
La comparación espiritual revela un corazón que centra su servicio o crecimiento en sí mismo y no en Jesús. Cada vez que comparamos nuestro llamado, el crecimiento de nuestro ministerio o el tipo de servicio que hacemos con el que otro hace y terminamos llenos de envidia o resentimiento, estamos evidenciando que, al final, nuestro enfoque está en nosotros y no en Jesús.
Cuando nuestro servicio se centra más en nosotros que en Jesús, perdemos de vista el verdadero objetivo: Dios mismo. Podemos estar ocupados haciendo cosas «para Él», pero aun así mantener un corazón frío y orgulloso hacia Él. Ese tipo de servicio deja intacto nuestro ego, pero este sale a la luz cuando reaccionamos con celos, resentimientos o críticas hacia quienes sirven a nuestro lado.
El pecado de la comparación espiritual no se vence con fuerza de voluntad, sino con un corazón que reconoce su pecado y se acerca a Jesús en arrepentimiento
El problema no es cuánto hacemos, sino para quién realmente lo hacemos. Jesús quiere primero nuestro corazón, no nuestras actividades. Solo cuando buscamos a Dios realmente, nuestro servicio deja de ser una plataforma para nosotros y se convierte en adoración genuina a Él.
Además de lo anterior, la comparación espiritual también deja de lado la realidad de que Dios es soberano sobre cada una de nuestras vidas e historias: Él abre puertas, da oportunidades a cada quien, provee el crecimiento, entreteje nuestras historias y nos da tareas de servicio conforme a Su sabiduría y planes perfectos.
Dejando atrás la comparación
Dado que la comparación espiritual es un problema del corazón, dejarla no se logra con mera fuerza de voluntad, sino con un corazón que reconoce su pecado y se acerca a Jesús en arrepentimiento (Pr 28:13). Entonces, solo con el poder de Su Espíritu comenzamos a dar pasos para dirigir nuestro corazón en una dirección contraria a la comparación, recordando verdades fundamentales.
Recordemos ser agradecidos
La gratitud es un antídoto contra los celos. Cada vez que veamos a alguien siendo usado por Dios, en lugar de medir nuestra vida con la suya, agradezcamos a Dios por esa persona y por las formas en que Él la usa. Esto transforma nuestros corazones, porque nos recuerda que, lejos de ser nuestra competencia, toda obra buena en la vida de otros es de Dios y para el avance de Su reino, no el nuestro.
Recordemos nuestro llamado
La frase de Jesús a Pedro, «¿A ti qué? Tú, sígueme», corta la comparación de raíz. No se trata del camino de Juan ni del camino de otros, sino del camino que Cristo ha trazado para cada una de nuestras vidas.
Cuando la tentación de la comparación toca a mi puerta, busco recordarle a mi alma esta respuesta de Jesús. Lo que Dios quiera hacer con la vida del otro no es mi competencia en términos de comparación. Mi llamado es seguirle y mantener los ojos en el carril en el que Él me ha puesto.
Recordemos nuestra identidad
El valor de Pedro no estaba en su servicio o en el de Juan; estaba en que Jesús lo amaba y lo había llamado. Nuestro valor tampoco está en cuántas personas discipulamos, cuántas invitaciones recibimos o cuán visible es nuestro ministerio.
Nuestro valor está en Cristo, no en nuestra labor. Aquello que hacemos puede cambiar; ministerios se levantan y caen, nuestro impacto varía con el tiempo, pero nuestra identidad jamás cambia porque está anclada en Jesús, quien «es el mismo ayer y hoy y por los siglos» (He 13:8), y en Su obra completa a nuestro favor, por la cual «por una ofrenda Él ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados» (He 10:14). Así que, pon tus ojos en Jesús, mientras lo sigues por el carril que ha diseñado para ti.



